Víctimas en el sur y víctimas en el norte

Hay un chiste que describe la realidad común que une ambos lados de la frontera entre los Estados Unidos de América y los Estados Unidos Mexicanos.
Pregunta: Cuál es la diferencia entre el Estado mexicano de Chihuahua y el Estado americano de Texas?
Respuesta: Texas tiene los Dallas Cowboys.
En otras palabras, no hay diferencia entre estos dos territorios -o, mejor dicho, hay y no hay.

Es cierto que las condiciones económicas de las dos zonas son muy diferentes, pero es igualmente cierto que ambos lados de la frontera dependen de la misma economía. Es cierto también que la gente de los dos lados es la misma gente, todos participando en una cultura común que representa la interdependencia de una complicada realidad fronteriza, mezclando influencias yanquis y latinas.

En ambos lados de la frontera -en la ciudad americana de El Paso y en la ciudad mexicana de Juárez- vive gente que puede rastrear sus raices latinas no por décadas sino por siglos. Escuchan la misma combinación de música, una mezcla de “country and western” y norteña. De hecho, Texas fue una parte de México mucho antes de su anexación por los EEUU en 1847. Durante la ocupación francesa en el siglo 19, el presidente legítimo de México, Benito Juárez, se instaló con su gobierno fugitivo justo en el lado sur de la frontera, en el pueblo que ahora se llama Juárez en su honor (conocido en aquel tiempo como El Paso del Norte).

Ahora los hombres de ambos lados de la frontera se visten casi igual, en pantalones denim con grandes hebillas, botas de vaquero, y sombreros “Ten Gallon” (o “tan galán” según una versión del origen de esa frase). Los del lado mexicano piensan más en dolares que en pesos. La gente de ambos lados habla un dialecto común, una forma de Spanglish que mezcla inglés y español. En muchos casos, la gente de un lado tiene familiares en el otro, y los residentes del otro lado tiene trabajo en este lado. Son dos facetas de una realidad común, una realidad verdaderamente latino-americana.

Hace pocos días, cuando un tirador mató a 22 seres humanos en un Walmart de El Paso, Texas, dejando heridos a 24 más, no estaba atacando solamente a los mexicanos, como dijo a la policía. Estaba atacando y matando a miembros de esta realidad fronteriza, esta fusión de dos mundos. Por sus acciones, el tirador también introdujo otro elemento de la vida fronteriza que antes existía basicamente en solo un lado — la violencia extrema.

Hasta hace muy poco, la ciudad mexicana de Juárez era uno de los lugares más sangrientos del mundo; mientras tanto El Paso, su pareja americana, se mantenía bastante pacífica. Ahora, Juárez es mucho menos violenta en comparación con su pasado reciente, pero con esta matanza de Walmart, El Paso está compartiendo otro elemento de  esta realidad fronteriza: la violencia extrema.

Hace unos pocos años visité Juárez, cuando la taza de homicidios ya había bajado en cierta medida, pero todavía conservaba una cultura fronteriza que celebra la violencia con un vocabulario que incluye palabras como “encajuelado” (un cadaver descubierto en la cajuela de un coche) además de un estilo de música llamado “narcocorridos,” con letras a veces muy gráficas.

Claro que hay muchísima violencia narcotraficante en México, pero no todo es como parece. Puede parecer que estos venenos psicotrópicos son un vicio mandado por México a los EEUU (y a Canadá), pero la verdad es lo contario. Las drogas son un vicio demandado por los EEUU (y por Canadá).

No son los latino-americanos los villanos de esta historia. Son las víctimas. Son las víctimas del lado sur de la frontera, y ahora -con 22 fallecidos inocentes- son las víctimas del lado norte. Son las víctimas cada vez.

Oakland Ross Escritor y periodista canadiense que en su calidad de corresponsal del Toronto Star y el Globe and Mail, tuvo la oportunidad de conocer en profundidad escenarios de conflicto en Latinoamérica, África y el Medio Oriente.