Si Mussolini dijo “O yo o el caos”, Trump es una oferta de dos por uno: “Yo y el caos”

“Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana desde sueños agitados, se encontró transformado adentro de su cama en un insecto gigante.”

Así empieza el cuento quizás más famoso escrito por Franz Kafka, quien nació en 1883 en lo que ahora es la república checa. El cuento surrealista se llama “La Metamorfosis” y trata de un tal Gregor Samsa quien sufre la mala sorpresa de haber sido alterado durante una noche en una forma monstruosa.

Desde este principio perturbado, el cuento sigue los intentos de Samsa para equilibrar su nueva y horrible forma con su deseo de continuar gozando su vida normal, lo que es obviamente imposible y que quizás podría servir como una metáfora para la condición humana de este planeta amenazado.

Hace ya cuatro años, y de manera comparable, la ciudadanía de Estados Unidos se acostó una noche en el mes de enero, y cuando se despertó descubrió que había sido transformada en un gran insecto con pelo naranja, un trasero grande y fuertes tendencias autocráticas.

En otras palabras, los estadounidenses —y quizás la población del mundo entero— han vivido desde 2017 como un ser atrapado en un cuerpo monstruoso que no le agrada, pero del que no ha podido escapar. Es decir, somos todos Gregor Samsa ahora.

A la misma vez y como mucha gente, yo pensaba que la dificilísima época de Trump hubiera llegado a su fin con la elección presidencial este mes cuando Joe Biden ganó a Trump por una diferencia decisiva. Pero no. El cuerpo de Trump —con su gran cabeza y su tórax inmenso, para no mencionar sus seis piernas y sus dos pares de alas transparentes— sigue persiguiendo a toda una nación grande y poderosa.

Claro que la versión actual de Trump parece casi invisible, escondido adentro de la Casa Blanca durante la gran mayoría del tiempo, saliendo solamente para jugar otra ronda de golf, subiendo y bajando de su carrito para poder golpear la pelota —un asunto bastante difícil con tantas piernas.

Cuando no está jugando golf, Trump se queda en su laberinto, la llamada Oficina Oval, trazando una victoria electoral que parece imposible por no decir ilegal, desesperado, e inútil.

Pero no le importa nada de eso. No le importa que su rechazo de reconocer su derrota ha amenazado la seguridad nacional de su país y ha perjudicado la lucha contra el coronavirus, con la gran probabilidad de haber causado muchos muertos innecesarios.

Es un prisionero, Donald Trump, un ser encarcelado en su propio ego —o sea, en el cuerpo de un artrópodo gigante— y en cierta forma estamos todos encarcelados ahí con él. Una situación sofocante que continuará siempre cuando Trump no reconoce que su tiempo en el poder ya se ha acabado.

Por el momento, hay un circo virtual en sus alrededores, manejado —más o menos— por su abogado Rudy Giuliani y destacando una serie de sicofantes y payasos casi increíbles como, por ejemplo, Sydney Powell, una abogada que ha inventado un retrato de conspiración involucrando un elenco fantástico de personajes y elementos incluyendo Cuba, China, Venezuela, el ya fallecido Hugo Chávez, algoritmos secretos, sistemas de computadoras siniestras tan graves que Powell ha llamado a la completa reversión del resultado de la elección presidencial.

Hay un dicho notorio que ha servido a líderes autoritarios desde Benito Mussolini hasta Rodrigo Duterte: “O yo o el caos”. En el caso de Donald Trump, hay una oferta de dos por uno: “Yo y el caos”.

Con Trump, el caos está garantizado, el plato predilecto de todos los días. Como muchos, yo pensaba que él iba a retroceder del escenario político de su país después de su derrota contra Biden. Pero ahora parece que no. Al fin de la cuenta, sí va a salir de la Casa Blanca, tal vez voluntariamente, tal vez no. Pero no va a desaparecer.

Como un insecto gigante, parece que Trump va a continuar persiguiendo el cuerpo político de su país, y del mundo entero, hasta probablemente 2024 cuando quizás va a volver en su forma de insecto, con sus múltiples piernas y alas, para llenarnos de pesadillas de nuevo.

Ojalá que no sea así. Ojalá que mude su cuerpo de insecto, monte su carrito de golf, ofrezca un saludo de despedida, y nunca pase por estas regiones de nuevo.

Ciao, peinado.

Oakland Ross Escritor y periodista canadiense que en su calidad de corresponsal del Toronto Star y el Globe and Mail, tuvo la oportunidad de conocer en profundidad escenarios de conflicto en Latinoamérica, África y el Medio Oriente.