Recuerdo de los privilegios que viajaron conmigo

Hace unos años, yo vivía cerca de la esquina de Broadview Ave. y Gerrard St. East en el este de Toronto, en un barrio donde vivía una gran cantidad de gente de origen chino.
Un día, estaba saliendo de mi casa cuando de repente una camioneta de color negro se paró frente ae mi. El chofer era un hombre blanco, de más o menos treinta años.
Él me preguntó si yo conocía a un par de personas que supuestamente vivían por ese lugar. Citó sus nombres, que ahora ya no recuerdo.
Yo le contesté que apenas había llegado a vivir a ese barrio, y que no conocía a sas personas mencionadas. De inmediato, él me contradijo.
“Usted debería conocerlas,” dijo él. “Son canadienses.”
“Ay, señor,” le respondí. “Todos por aquí son canadienses.”
Sacudió la cabeza. “No,” me dijo. “No lo son.”

Poco tiempo después del homocidio brutal de George Floyd, un hombre afro-americano en la ciudad norteamericana de Minneapolis, muchísima gente está analizando nuevamente la naturaleza y la prevalencia del racismo en sus vecindades y además en sus propios corazones.
Claro que existe por lo menos un toque de racismo por todas partes, en los Estados Unidos y también en Canadá, sin mencionar una larga lista de otros países — países donde el aire contiene no solo nitrógeno (78.09 por ciento) y oxígeno (20.95 por ciento), sino también un porcentaje inegable de prejuicio racista.

De hecho, el racismo es como un virus.
Es imposible escapar por completo porque existe en el aire que respiramos. A veces un cierto nivel de racismo puede parecer aleatorio y casi inofensivo, pero no lo es. Casi siempre causa una infección aúnque sus víctimas en ciertas circunstancias puedan parecer asintomátics.

Un ejemplo. Hace unos años, conocí a un hombre blanco del tercer edad que era conocido por un apodo que tenía que ver — supongo yo — con la apariencia de sus ojos. Todo el mundo lo conocía como “chink”, un término muy ofensivo para las personas asiáticas. Quizás el propósito de ese apodo podía parecer inocente, pero sus consecuencias seguramente no lo eran. Representaban una legitimización de un sentimiento racista.

Siendo un hombre blanco, yo vivo en un mundo aparte del mundo donde vive la gente de color. Donde vivo yo es un mundo de ventajas incontables, ventajas que se pueden rechazar — o aceptar.

Viví algunos años en Zimbabwe, en el sur de África, justo al norte de Sud-África. Eso fue durante la época de apartheid en Sud-África, y no había relaciones diplomáticas entre Zimbabwe y su vecino del sur o al menos no formalmente. A pesar de eso, existía un puesto comercial de Sud-África en Harare, la capital de Zimbabwe, un puesto que actuaba en muchos aspectos como si fuera una embajada.

Una vez, fui a ese puesto para solicitar una visa para Sud-África. Sucedió que había una cola enorme en los alrededores del puesto, una cola de cientos de personas, todas de color negro.
De repente, se me cruzó un pensamiento quizás inocente o quizás infectado por una especie de racismo inconsciente. Esta cola — pensé— no tiene nada que ver conmigo.
Entonces, entré el edificio y subí hasta el primer piso, donde me encontré con un diplomático sud-africano — un hombre blanco — que me preguntó que quería.
“Quiero solicitar una visa,” le dije.

Él empezó a informarme que la cola que había abajo… — pero hizo una pausa y me dijo que a pesar de las reglas él estaba dispuesto a tramitar mi solicitud en ese momento, y así lo hizo.

Estoy seguro que ningún solicitante negro en las mismas circunstancias hubiera recibido un tratamiento semejante, pero yo lo recibí por una simple razón — el color de mi piel. Además y después de todo, parece que tuve razón acerca de la larga cola en el exterior del puesto sud-africano. De hecho, no tenía nada que ver conmigo, porque yo vivía y vivo en el mundo de los blancos, un mundo lleno de ventajas visibles e invisibles.

El escritor norteamericano Paul Theroux una vez escribió lo siguiente: “La percepción de que uno es blanco en un país negro y respetado por eso, es el punto de no retorno en la carrera de un expatriado. Puede olvidarlo o puede capitalizarlo. La mayoría elije la segunda opción.”

Unos años atrás, le cerveza más popular en México se llamaba Superior, cuya consigna era “La Rubia que Todos Quieren.”

No sé porqué somos los blancos los que recibimos casi todas las ventajas de la vida, pero así es — un beneficio que es parte del aire que respiramos.
Hasta que cambiemos.

Oakland Ross Escritor y periodista canadiense que en su calidad de corresponsal del Toronto Star y el Globe and Mail, tuvo la oportunidad de conocer en profundidad escenarios de conflicto en Latinoamérica, África y el Medio Oriente.