Un día extraordinario que no se habrá de reptir nunca

Hace ya 35 años, trabajaba como jefe de buró en Montreal, para el diario The Globe and Mail, con oficina en la rue Ste-Catherine en pleno centro de esa linda ciudad.

Fue un viernes, en el mes de agosto, cuando me pasó algo que nunca — pero nunca — me ha vuelto de pasar en mi vida. Algo que nunca me va a volver a pasar jamás en lo que queda de mi breve residencia en la tierra.
Durante una tarde calurosísima de verano, recibí una llamada telefónica de un tal Jack McIver, el jefe de redacción de una revista de viajes publicada en ese entonces por The Globe and Mail. Se trata de una revista llamada Destinations.

Aunque todavía era verano en Canadá, Jack ya estaba pensando en la edición del invierno siguiente, y quería una nota extensa acerca del tema “esquiar sobre nieve”, un deporte que yo he practicado desde niño. Jack y yo nos tomamos un tiempo durante el fin de la semana para pensar separadamente más a fondo acerca de la idea.

El lunes, llegamos a un acuerdo sobre un tema específico.

Tarea asignada: Esquiar en el Hemisferio Sur.

Pocos días después, salí de Canadá para pasar las siguientes seis semanas explorando las pistass de esquí de cinco países: Bolivia, Chile, Argentina, Nueva Zelanda, y Australia.

Quizás parezca que esta columna tratará de este hermoso deporte invernal, y así es, pero más allá de eso quiero pintar una imagen muy concreta del próximo desafío que enfrentará la humanidad después de la coronavirus. Por supuesto hablo del cambio climático.

Sería muy dificil hoy en día imaginar un viaje periodístico como éste que hice tantos años atrás, que incluía cinco paises — tan ambisioso, tan costoso. Seguramente, era tiempos distintos.

El viaje empezó en Bolivia, en La Paz, esa ciudad de mucha altitud y poco oxígeno, donde alquilé un vehículo con tracción en las cuatro ruedas, para subir a los altos de la cordillera real. Mi destino específico fue un glaciar que se llama Chacaltaya donde estaba el centro de esquí más alto del mundo y quizás el más antiguo de América del Sur.

La vista era increíble — la superficie morena del altiplano, la sábana azul del Lago Titicaca, las montañas de granito, cubiertas de nieve.

Había una pista nevada y delgada al principio, pero eventualmente tuve que abandonar mi vehículo y subir el resto del camino a pie, con mi mochila y me equipo de esquí.

Finalmente, llegué a la estación, que consistía de una cabina rústica y un elevador muy básico — un cable metálico, una cantidad de postes de madera, y un motor Ford V-6.

El Club Andino Boliviano fue fundado en 1939, y cuatro años después sus audaces socios habían construído ese complejo humilde pero divertido y único. Las pistas naturales estaban abiertas todos los meses del año, porque el glaciar masivo era un fenómeno de la naturaleza, un río de nieve y hielo con aproximadamente 18.000 años de existencia ininterrumpida.

Algunos otros aventureros llegaron poco después de mi, incluyendo dos británicos, un suizo, y una australiana. Había dos empleados del centro de esquí — un tal Guillermo Calderón y un joven cuyo nombre no me acuerdo. Arrancaron el motor Ford, y cada uno de nosotros usó un gancho de metal, madera, y cuerda para poder subir por medio del cable — una operación compleja pero con interesantes resultados.

En la cima, la vista resultó aún más impresionante, pero la cantidad de oxígeno en el aire era aún menor. Pasé un par de horas subiendo y bajando hasta que empecé a sufrir de insuficiencia de oxígeno, un estado conocido en español como “soroche” y caracterizado por un fuerte dolor de cabeza. Ya era hora de bajar.

Llegué sin problemas a mi vehículo y seguí descendiendo hasta que llegué a La Paz, casi finalizando uno de los días más memorables de mi vida.
Dos días después salí de Bolivia rumbo a Portillo, quizás el centro de esquí más célebre de Chile, y así continué con mi largo viaje.

Si pudiera repetir esa experencia boliviana otra vez, lo haría al tiro — como dicen los chilenos — pero ya no es posible de ninguna forma por una razón muy simple y deprimente.

El glaciar ya no existe. He visto fotos del escenario actual, y son muy, pero muy, impactantes.

Según el sitio de web snow-forecast.com, los científicos predijeron en 2005 que el glaciar de Chacaltaya iba a desaparecer en 2015. De hecho, desapareció en 2009, y nunca va a volver.

Por mi parte, tengo al menos mis memorias de un día de agosto de hace 35 años cuando el planeta todavía era un lugar diferente en comparación con el planeta que vemos ahora; el planeta que se encamina a desaparecer.

Oakland Ross Escritor y periodista canadiense que en su calidad de corresponsal del Toronto Star y el Globe and Mail, tuvo la oportunidad de conocer en profundidad escenarios de conflicto en Latinoamérica, África y el Medio Oriente.