¿Lucha contra las drogas o lucha contra la violencia?

Mexican drug trafficker Joaquin Guzman Loera aka "el Chapo Guzman", is escorted by marines as he is presented to the press on February 22, 2014 in Mexico City. The Sinaloa cartel leader - the most wanted by US and Mexican anti-drug agencies - was arrested early this morning by Mexican marines at a resort in Mazatlan, northern Mexico. AFP PHOTO/RONALDO SCHEMIDT

Una vez que las fuerzas federales de seguridad entregan un prisionero -hasta ese momento bajo su control- a las manos de una organización criminal, sin ninguna compensación salvo un cese del fuego, es claro que algo no está funcionanda como se debe.

En otras palabras, los acontecimientos en la ciudad mexicana de Culiacán durante el transcurso de este mes tuvieron muchas semejanzas con lo que pasa en un territorio feudal, controlado por jefes militares, y muy poco con una sociedad moderna, con leyes y derechos, dirigida por un liderazgo legítimo y democrático.

Hora tras hora, narco-combatientes del cartel de Sinaloa desencadenaron un enfrentamiento con armas pesadas. Causaron incendios. Destruyeron coches. Y aterrorizaron a los humildes ciudadanos de esa ciudad situada en la parte oriental de México. Por lo menos ocho personas murieron en el conflicto, una tasa sorprendamente baja cuando se toma en cuenta la ferocidad de los enfrentamientos de ese día.

Estos extraordinarios hechos dejaron muy claro quién controla las herramientas del poder en este rincón del Estado mexicano, que no es el Gobierno Federal del Presidente Andrés Manuel López Obrador. 

Gobierna el cartel mismo — el notorio cartel de Sinaloa — cuyo ex-lider está actualmente encarcelado en los EEUU. Se trata de Joaquín Guzmán Lorea, mejor conocido como “El Chapo.” El disparador inicial de la batalla de Culiacán fue la captura de uno de sus hijos, un tal Ovidio Guzmán López.

Las tropas mexicanas cumplieron esa misión -por un rato. Pero la repuesta armada de los combatientes del cartel fue tan violenta y fatal que las tropas del Estado se quedaron sin ninguna opción salvo devolver su cautivo y retirarse del campo de batalla.

Los resultados deprimentes de ese día muestran que de las tres estrategias que se podrían imponer en la lucha contra las drogas, la de “mano dura” es la peor. Es la estrategia impulsada por los EEUU, y ha resultado en alrededor de 250,000 muertos en los últimos doce años, sin ninguna victoria aparte de unos “trofeos” simbólicos — la captura de varios líderes de los carteles, como fue el caso de El Chapo.

Pero se dice que la naturaleza aborrece el vacío. La captura de esos “cerebros” o “kingpins” por lo general ha dejado una ausencia en el liderazgo de la cúpula de los carteles, resultando casi siempre en una nueva lucha de poder. Es decir, aún más violencia y aún más crueldad.

La segunda estrategia – la de AMLO- es promover programas sociales y educativos para dar más esperanza y más empleo a los jóvenes. Es una buena idea, pero no es una solución a corto plazo y quizás no es una solución en absoluto. Como dicen muchos muchachos pobres en México (individuos que ahora forman un suministro inagotable de reclutas para las pandillas de drogas): “Mejor diez años como guerrero que cuarenta años como buey.”

En fin, nos quedamos con la tercera posible estrategia a seguir en la guerra contra las drogas: la estrategia universitaria. Es un secreto muy abierto que en los campos universitarios de América del Norte hay mucho uso de drogas ilícitas, pero no hay violencia.

¿Como se explica eso? Bueno, parecería que hay un entendimiento entre la policía y los narcotraficantes: que la venta de drogas puede continuar siempre y cuando no haya derramamiento de sangre. No es una solución al problema de las drogas, pero puede ser una solución al problema de violencia, que es el problema más grave. 
Es quizás contradictorio, pero es posible que la mejor manera de luchar contras las drogas consista no en luchar contra las drogas sino en luchar contra la violencia. Según varios expertos con quienes he conversado en tiempos recientes, esa estrategia fue practicada por el Partido Revolucionario Institucional en años pasados, cuando tenía poder absoluto en México.

También es muy semejante a la llamada Pax Mafiosa, el sistema informal que reina en el sur de Italia, donde la Cosa Nostra sigue siendo muy poderosa. Los criminales siguen cometiendo delitos, pero el gobierno no interviene mientras no haya violencia.

En Italia, este tratado informal ya no es muy popular, y quizás es un anacronismo. Pero México no es Italia,
o no todavía. Para México, una
repuesta de esta naturaleza podría ser la mejor estrategia que se pueda implementar.

Oakland Ross es un periodista y autor canadiense que ha trabajado para el Globe and Mail y el Toronto Star. tiene una gran experiencia en asuntos latinoamericanos. Ha sido corresponsal en varios países de la región, en especial en El Salvador y Perú. Es autor de ..... Ver esto con cada uno de los colaboradores.