Gente que sabe qué es una emergencia crítica

OAKLAND ROSS

Hay una diferencia bastante significativa entre los canadienses que nacieron aquí y los muchos nuevos canadienses que llegaron desde otras partes del mundo.

Se puede resumir esta diferencia en una sola palabra.
Guerra.

De los canadienses por nacimiento, hay muy pocos que han conocido la verdadera realidad de una guerra, mientras que entre los canadienses por migración probabemente hay pocos que no.

Bienvenido al nuevo mundo, donde todos los seres humanos — incluyendo todos los canadienses — estamos aprendiendo lo que significa “guerra” por medio de la lucha contra el Covid-19. Es una realidad a la vez terriblamente nueva … y terriblamente familiar.
Cuando se trata de la comunidad latina, el significado de la palabra “guerra” es ya demasiado familar. Salvadoreños, guatemaltecos, nicaraguenses, ya saben el significado de la palabra “guerra” como consecuencia de los conflictos de los años ’70 y ’80.

Más recientemente, en el caso de El Salvador, Guatemala, y Honduras, hay mucha gente que conoce muy bien la llamada “guerra contra las drogas”.

Los colombianos conocen la realidad de la guerra. Los venezolanos, también. Y los peruanos. Los mexicanos por su parte, seguramente entienden el significado de esta palabra y su dura realidad.

No hay muchos argentinos que no recuerden el doloroso impacto de la palabra guerra cuando se menciona su conflicto con Gran Bretaña por las Islas Malvinas en el año 1982. A su vez, hay muchos argentinos, y chilenos, y uruguayos, y brasileños, y paraguayos que están muy al tanto de sus luchas contra las dictaduras de tiempos anteriores — luchas que fueron una clase especial de “guerra.”

No sé, pero sospecho que la repuesta de esta comunidad y otras comunidades de imigrantes a la amenaza de Cobid-19 sea quizás más firme si la comparamos con la de los canadienses por nacimiento.

Por mi parte, por ser periodista, he tenido la suerte — buena o mala — de haber cubierto una variedad de guerras en diferentes partes del mundo, sobre todo en América Latina pero también en África y en el Medio-Oriente. He aprendido unas de las lecciones — a veces contradictorias — de la guerra.

A pesar de sus horribles consecuencias, un conflicto bélico puede dar a la vida cotidiana una nueva intensidad. Cualquier evento “normal” — es decir, “normal” en tiempos de paz — podría asumir un caracter fuerte y extraordinario durante un tiempo de guerra. Hablo de bodas, fiestas, cumpleaños, concursos de belleza, y no sé que más.

Claro que en la guerra actual — la guerra contra un virus — no se pueden montar eventos como esos, sino que es necesario hacerlo en forma cibernética, pero el impacto es semejante. A pesar de sus tristezas y su crueldad, una guerra puede dar una nueva intensidad a la vida, como si todos los días fueran los últimos — porque así podría ser.

Hace varios años, cubrí la guerra en Israel entre las Fuerzas de Defensa Israelíes y el grupo extremista Hezbollah. Pasé bastante tiempo en Haifa, una linda ciudad israelí en el norte del país, cerca a la frontera con Líbano.

Cada día había dos o tres ataques de cohetes lanzados desde el Líbano, y algo interesante me llamó la atención. Cuando sonaba la alarma en Haifa, advertiendo un nuevo ataque, más o menos el 80 por ciento de la gente actuaba con calma y disciplina. O entraban en uno de los refugios antiaéreos que había dentro de esa ciudad o buscaba proteción en un edificio fortificado, sin pánico, sin demasiada prisa. Mientras tanto, uno 10 porciento de la gente entraba en pánico, gritando, llorando, sin poder caminar si no recibían ayuda. Otro 10 por ciento no reaccionaba de ninguna forma.

Continuaban tomando sus cafés y leyendo sus diarios, como si no les pasara nada.

Ahora en Toronto es casi igual. Uno 80 por ciento de la población obedece las recomendaciones acerca del distanciamiento físico y el auto-aislamiento, mientras un 10 por ciento entra en una especie de pánico, acumulando papel higiénico, por ejemplo. ¿Y los demás? Ignoran las reglas. Actuan como si no pasara nada. Se reunan en los parques a pesar de las cintas de seguridad.

No sé. No he hecho ningún sondeo, pero creo que la gran mayoría de latino-canadienses se encuentran dentro del 80 por ciento — quizás por su previa experiencia con la palabra “guerra.”

Oakland Ross Escritor y periodista canadiense que en su calidad de corresponsal del Toronto Star y el Globe and Mail, tuvo la oportunidad de conocer en profundidad escenarios de conflicto en Latinoamérica, África y el Medio Oriente.