Descansa en paz, Donald Trump

Claro que el actual presidente de Estados Unidos aún está vivo, pero después de su derrota electoral hace unos días es al menos posible pensar en su retiro eventual del escenario político, posible, aunque no seguro.

Sin lugar de dudas, la perspectiva de una Casa Blanca sin un Donald Trump adentro tiene un gran impacto para el mundo entero, pero especialmente para dos países vecinos: México y Canadá. Cada uno de estos dos países tiene un dicho propio que exprime la inmensa importancia de sus relaciones con los yanquis.

En el caso de México fue un tal Porfirio Díaz, ex dictador, que alguna vez dijo: “Pobre México, tan lejos del cielo, tan cerca a Estados Unidos”.

En el caso canadiense, fue un ex primer ministro, Pierre Trudeau, que una vez observó a una audiencia de estadounidenses: “Vivir a su lado es en cierta forma como dormir con un elefante. No importa cuán simpática y calmada sea la bestia —si podría llamarse así— se es afectado por cada contracción y gruñido”.

A pesar de compartir muchísimo en común —el mismo continente, una historia interconectada, una cultura compartida, una lengua común (en el caso de los angloparlantes)— Canadá y Estados Unidos tienen relaciones bastante delicadas gracias a las enormes diferencias en población, riqueza y poder.

Tomando en cuenta las incontables similitudes entre los canadienses y los estadounidenses es quizás un poco sorprendente que las relaciones entre estos dos países no avanzan como barcos gemelos “con el viento en popa en un mar de leche”, una frase memorable escrita en otro contexto por Sor Juana Inés de la Cruz hace varios siglos.

Aun en los mejores tiempos no ha sido siempre así, en parte como resultado de estas mismas similitudes. Para un anglo-canadiense viajando en Europa o Latinoamérica, por ejemplo, es una experiencia casi diaria ser confundido con un estadounidense. Una confusión que quizás alimenta una cierta ambivalencia por parte de los canadienses, un deseo de distinguirse de sus vecinos al sur.

Repito: en los mejores tiempos.

Tomando en cuenta el actual presidente de EEUU, los últimos cuatro años no han sido de los mejores. Lejos de eso, el resultado en Canadá ha sido una serie de emociones poco familiares hacia los yanquis, incluyendo piedad, confusión, superioridad, desilusión y hasta temor, causado por la personalidad autócrata de Donald Trump y su mal manejo de la pandemia del coronavirus.

Claro que Canadá tiene sus trumpistas también, nadie más fiel —para no decir sicofante— que Conrad Black, el ex-preso en una prisión americana, quien ha sido uno de los apologistas más vocales en favor de Trump, casi en la misma compañía donde se encuentran Sean Hannity, Tucker Carlson y Laura Ingraham de la televisora Fox en Estados Unidos.

Pero hombres como Black parecen ser una pequeña minoría en Canadá, donde el gobierno de Justin Trudeau no ha tenido ninguna opción aparte de obedecer la regla fundamental en sus relaciones con el gobierno de EEUU. Como un ratón atlético atrapado en una cama junto con un elefante americano: tenga mucho cuidado y muévase rápido.

A pesar de momentos muy difíciles —la negociación del nuevo tratado “NAFTA” o la cumbre del G7 en Quebec en 2018 cuando Trump y sus secuaces atacaron a Justin Trudeau—parece que los enlaces entre estos dos países han sobrevivido y ahora son capaces de restaurarse hasta cierto punto.

La elección de Joe Biden como el nuevo presidente estadounidense es más que todo un alivio fuerte para Canadá, pero no es una cura completa. El saber que unos setenta millones de ciudadanos americanos acaban de votar en favor de Donald Trump —¡otra vez!— es una amenaza no solamente para EEUU pero para Canadá también.

En el peor de los casos, podría ser que Trump ha sido nada más una advertencia de las aún más peligrosas circunstancias en que ese complicado país aún podría caer.

O, como escribió el poeta anglo-irlandés William Butler Yeats hace un siglo en su poema La Segunda Venida:

¿Y qué tosca bestia, llegada su hora al fin,

Se arrastra hacia Belén para nacer?

Oakland Ross Escritor y periodista canadiense que en su calidad de corresponsal del Toronto Star y el Globe and Mail, tuvo la oportunidad de conocer en profundidad escenarios de conflicto en Latinoamérica, África y el Medio Oriente.

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