Naomi Osaka le planta cara al tenis y la depresión

La decisión de la tenista Naomi Osaka de retirarse del Roland Garros podría interpretarse como una victoria, por paradójico que suene, porque ha abierto un debate necesario sobre salud mental y deporte de alto rendimiento.

Y quizás, ojalá, ayude a que veamos de una buena vez a estas estrellas como seres humanos…

Osaka, número dos del ranking mundial, anunció su decisión de abandonar el Grand Slam galo, después de que sus organizadores amenazaran con expulsarla por su renuencia a hablar con la prensa. La estrella de 23 años alegó que necesitaba “proteger su salud mental”, tras sufrir recurrentes episodios depresivos desde 2018.

Nada indicaba que hubiera algún problema. En su primer desafío sobre la pista de arcilla del Phillip Chatrier parisino, Osaka derrotó a la rumana Patricia Maria Tig, pero recibió una multa de 15.000 dólares por no acudir a la rueda de prensa tras el partido. Ante esta situación, la jugadora se retiró del torneo y del deporte, por tiempo indefinido.

“Me voy a retirar un cierto tiempo de las pistas, pero, en el momento preciso, quiero realmente trabajar con el circuito para debatir los medios para mejorar las cosas para los jugadores, la prensa y los aficionados”, afirmó Osaka en una carta difundida por redes sociales, en la que negó que pretendiera crear un problema.

La ganadora de cuatro Grand Slams (el US Open de 2018 y 2020, y el Abierto de Australia en 2019 y 2021) se define como una persona introvertida, que suele acudir a los torneos con auriculares para atenuar su ansiedad social. Se disculpó con la prensa que cubre el tenis, pero ratificó que se siente incómoda hablando en público.

Razones le sobran para el trauma. Hija de haitiano y japonesa, Osaka ha sentido racismo, pues la familia de su madre consideraba vergonzosa la relación con un negro. Cuando su abuelo materno aceptó finalmente conocerla, tampoco vio con buenos ojos su pasión por el tenis, por considerarlo “un pasatiempo”.

Para colmo, su primer gran triunfo siempre vendrá aparejado al escándalo -o rabieta- que montó la legendaria Serena Williams contra el árbitro en la final del US Open de 2018, y que afectó mucho a la joven ganadora.

Aquella noche, y pese a ganar con inobjetablemente parciales de 6-2 y 6-4, Osaka recibió el trofeo entre un coro de abucheos. Sin contener las lágrimas, y pese al abrazo de Serena, la flamante campeona dijo: “Siento que haya tenido que terminar así”.

Sin embargo, ha lidiado con esos problemas, los encara con determinación y no duda en alzar la voz por ciertas reivindicaciones sociales, como el movimiento Black Lives Matter, e incluso amenazó con abandonar un certamen en Nueva York en protesta por el asesinato del afroamericano Jacob Blake a manos de la policía.

Mientras la comunidad deportiva expresa su respaldo a Osaka, los organizadores de los llamados Cuatro Grandes (Abierto de Australia, Roland Garros, Wimbledon y US Open) han reculado y manifestaron un deseo de comprometerse más con la salud mental de los jugadores, sometidos a dosis mayúsculas de presión.

El fenómeno no es nuevo. Leyendas como los multicampeones olímpicos de natación Ian Thorpe y Michael Phelps, los exfutbolistas Andrés Iniesta y Paul Gascoigne y el ciclista Tom Dumoulin han sufrido depresión, un fenómeno más frecuente de lo que muchos quieren admitir, y que muchas veces termina en tragedia.