Estamos hechos de los lugares que habitamos. Las ciudades son nuestro hogar extendido. Las calles son zaguanes; las plazas, patios; y los parques, el ático íntimo de la infancia.

En el tapiz de mi vida, Caracas tejió tres tiempos: niñez, adolescencia y primeros años laborales. La llevo tatuada en mi alma de mil colores espléndidos. Luego, me mudé a Lechería y allí viví dieciocho años. En aquella ciudad en ciernes encontré mentores, aliados y amigos. Asumí retos profesionales y puse a prueba mi templanza. Atravesé el umbral y encaré los conflictos propios de la existencia. Lechería fue mi templo a cielo abierto.

 Ahora vivo en una ciudad en la que a menudo cae algo del cielo: agua, granizo o nieve; me gusta imaginar que del mismo modo caen bendiciones en mi vida. Paso horas frente a la ventana contemplando el acontecer de la naturaleza. Forma parte del  Greater Toronto Area (GTA), el área metropolitana de mayor densidad poblacional en Canadá, que incluye a la ciudad de Toronto y a las municipalidades de las regiones de Durham, Halton, Peel y York en Ontario. Yo estoy en Halton. Es una ciudad amable, pensada para que los niños disfruten en verano. En primavera es una fiesta y en otoño un espectáculo de colores. Hay una locura colectiva por las flores, que se contagia apenas despunta mayo y se mantiene hasta septiembre. En invierno, los pinos permanecen indemnes.

 La primera vez que transité por la autopista 401, una suerte de déjà vu me hizo sentir que me desplazaba por la Francisco Fajardo de Caracas. Desde entonces, cada vez que voy por ella, no pongo atención a la señalización en inglés y se me antoja imaginar que estoy en Caracas hasta que los edificios altos y el lago Ontario me recuerdan que habito mi nueva casa.