Elogio a la belleza

El  tallo verde del tulipán augura esperanza porque exhibe el renacer, a cada instante, de la existencia; los pétalos, en cambio, son una remembranza a lo efímero de la belleza. Delicados, tan delicados que se los lleva el viento apenas maduran. Corola ovalada, de aparente uniformidad que guarda en su interior pinceladas de distintas tonalidades que parecen hechas por un artista. Naranja intenso, rojo vivo hasta violeta se forma, a manera de vetas, en el interior de cada pétalo. Colores que solo pueden admirarse una vez que ha florecido lo suficiente para dejar descubiertos los pistilos. Suaves filamentos con bolitas negras que crean la ilusión de un futuro retoño. Pero en realidad, el responsable de todo este jolgorio no está a la vista de los ojos poco atentos. Es un bulbo, redondo como un saquito, enterrado en la tierra muchos, pero muchos meses antes para que, después del invierno, el tulipán nos recuerde el milagro de la vida y su ciclo; o quizá, más bien, al inexorable tiempo que condena la existencia: transformándola. Como el tulipán, que después de que el viento arrastra sus pétalos, solo queda el desorden de las hojas, ya marchitas, en franca expresión de decadencia.