La barca

Ocho navegantes zarparon hacia aguas profundas. En una barca cóncava y de un solo motor, surcaron los mares en un océano destinado sólo para embarcaciones de gran calado.

Entre estos aventureros viajaban ingenieros de la prosa, economistas del lenguaje, contadores de palabras, psicólogos de la escritura, defensores del verbo, soñadores de historias, cineastas de ilusiones y artesanos del idioma. Todos compartían el mismo objetivo: pescar la musa, vestir de blanco y negro sus ideas. Se organizaron para el viaje, soltaron amarras y partieron con una sola red de pesca. No era cualquier red, ni cuadrada ni rectangular, era redonda y de ella pendían ocho eslabones. Uno para cada pescador de sueños.

Al inicio navegaron en aguas tranquilas. Aquellas para las cuales estaba diseñado el bote. Se levantaban muy temprano y lanzaban la red. Cada uno, sosteniendo su eslabón, aguardaba paciente hasta que el peso de la malla les indicaba, a todos, que la pesca había sido buena. Recogían la almadraba de tiro y se sentaban en la playa a escoger los pescados; ponían los buenos en canastos y desechaban los malos; luego entonces disfrutaban del banquete. Al caer la tarde, ya exhaustos, guardaban sus implementos y descansaban. Compartían historias y ajustaban puntuaciones.

Aunque no se atrevían a confesarlo, cada navegante aventurero temía el momento de adentrarse en aguas profundas.

Un amanecer, mientras todos contemplaban el rosado pálido que teñía la madrugada en el cielo, el motor les habló. Les dijo que ya era tiempo de navegar más lejos, que solo tenían que ajustar las velas y dejarse guiar por el viento. Los navegantes quedaron pasmados cuando escucharon al motor, por un momento creyeron que estaban delirando de tanto cansancio. Pero luego comprendieron que el motor los había acompañado en todo el trayecto, era testigo de sus anhelos, no podía estar equivocado. Así que, pasaron el día entre conjeturas sobre pro y contras de seguir navegando hacia ese océano de posibilidades infinitas. «Y si la fuerza de las olas rompe nuestra barca», dijeron unos; «y si los maderos no soportan el golpe en cada caída», reflexionaron otros; «y si lo intentamos», dijeron todos.

Y fue así como zarparon: con miedo, con dudas, hasta con escalofríos, pero unidos sin soltar la red.

Llegaron a la orilla de la playa de una isla sin igual, donde todo era resplandor, inspiración y poesía. Llegaron gordos de palabras, llenos de escritura, plenos de metáforas y urgidos de seguir compartiendo la red. Aprendieron a pescar la musa.     

Hicieron de esa isla el sitio de encuentro para compartir ficciones. Le pusieron un nombre: TECE, que contenía un código compartido. Al fin y al cabo, todos alguna vez habían soñado palabras mientras andaban con los pies hundidos en nieve.

Corallys Cordero

Integrante del Certificado de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Toronto

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