Rituales de fin de año

Según como despidas el año así te irá en el siguiente, se suele decir en mi tierra y es que, para nosotros, que somos devotos de la suerte, cualquier detalle nimio puede cambiar el curso de nuestro bienestar en el año que está por venir.

Recuerdo que en casa desde el 26 hasta el 31 de diciembre de lo único que se hablaba era de los planes para fin de año. Empezando por la pinta (atuendo) que debía ser de colores estridentes: nada de sobriedad para ese día. Es pavosísimo cerrarse de negro para despedir el año, decía mi abuela. La mayoría iba de estreno, pero si no alcanzaba el presupuesto, una chiva funcionaba, esto es, una prenda de vestir prestada o alquilada. El asunto era lucir diferente. La pantaleta amarilla no podía faltar, era la garantía para la prosperidad en el año venidero.

A las 11:30 de la noche del 31, se sintonizaba Radio Rumbos, la emisora más guapachosa de la época, para esperar el cañonazo. A esa hora el locutor recitaba Las uvas del tiempo, poema de Andrés Eloy Blanco, “Madre: esta noche se nos muere un año. En esta ciudad grande, todos están de fiesta…”. Lo escuchábamos de pie como si de un himno se tratara, cada quien entrelazado entre padres y hermanos. Cuando terminaba y se anunciaban a los patrocinadores, enseguida venía la gaita “¿Qué te pasa viejo año, qué te pasa? Que ya tienes tus maletas preparadas. Dime si es que te han botado de la casa. Porque estás viejo porque no sirves pa´nada…” y ese era momento de descorchar la champaña. Los siguientes minutos nos manteníamos formando un semicírculo, bailando, con un billete empuñado en la mano que sostenía la copa y las doce uvas en la otra hasta escuchar la canción: “Faltan cinco pa´las 12:00, el año va a terminar, me voy corriendo a mi casa a abrazar a mi mamá…”. En ese instante, ojos humedecidos, esperábamos otro clásico de fin de año: “Ay, yo no olvido al año viejo porque me ha dejado cosas muy buenas. Me dejó una chiva, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra…” y nos preparábamos para el conteo.

Con cada campanada, una uva y un deseo. Las solteras, al ritmo de las campanas, subíamos y bajábamos de algún taburete o mueble para que el nuevo año trajera a la conquista. Un año salté veinticuatro veces para concentrar la energía y apareciera el candidato correcto, que no conocí sino muchos, pero muchos años más tarde. “Feliz Año, Venezuela”, anunciaba el locutor y todos nos esmorecíamos en llanto; con el himno nacional de fondo venían los abrazos. Alguna vez pregunté: ¿Por qué lloramos?, alguien respondió: porque estamos juntos. Hoy, con seguridad, lloramos nuestras ausencias.

Después de las doce, cada quien tomaba una maleta y salía por toda la cuadra para que el Año Nuevo trajera viajes y aventuras. Este era el momento de saludar a los vecinos que andaban también dándole la vuelta a la manzana, maleta en mano. Más tarde, fuegos artificiales y la cena en familia con el plato típico para la época: hallaca, ensalada de gallina, pan de jamón y pernil.

Corallys Cordero

Integrante del Certificado de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Toronto

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