Leyendas de mi tierra

«¡No estudien, y prendan velas a ver si así van a pasar!», solía decir mi abuela con sarcasmo cada vez que mis primas y yo iluminábamos una estampita de María Francia antes de salir a presentar una prueba.

Era una costumbre más fuerte que nosotras, al punto de regresarnos de la puerta del edificio a prender la vela si es que se nos había olvidado hacerlo la noche antes del examen. El origen de esta devoción, hoy lo creo, fue la curiosidad. Se decía, entre los alumnos, que María Francia había sido una joven caraqueña, brillante estudiante de derecho, obligada por sus padres a casarse con un hombre a quien no amaba. El día de su boda o de su graduación (las versiones eran contradictorias respecto al evento) murió de una picadura de culebra mientras estaba en el patio de su casa, arreglando un ramo de flores según unos; bañándose en una tina, según otros.  

         Semejante historia de desdicha despertó la curiosidad en nosotras así que, en la primera oportunidad que pudimos escapar del férreo control de la abuela, nos fuimos al Cementerio del Sur de Caracas a visitar la tumba de María Francia. La imagen de aquel día aún la tengo vívida en la memoria, dentro de una capilla, justo encima de la fosa, estaba la estatua de una mujer sentada y a un lado, en una placa antiquísima, el diseño grabado de olivos y ramas con una serpiente enrollada. Alrededor del monumento se veían las ofrendas: medallas de graduación, togas, birretes, uniformes escolares y hasta velos de novia formaban un gran tapiz que se extendía por toda la acera. No eran menos los testimonios según los cuales María Francia intercedía ante Dios por los éxitos estudiantiles y amorosos de sus creyentes.

 Desde aquella visita, a mis doce, empecé a encomendarme a la santa cuando tenía un examen y, por si acaso, estudiaba.