Choque cultural

En tres lugares he vivido desde que llegué a Canadá. En un apartamento de renta ubicado en la avenida Glen Erin de Mississauga, de aquel espacio me queda poco. No logro recordarme allí haciendo una vida, apenas el sillón vinotinto viene a mi memoria, ese que aún mantengo en mi cuarto, pero que entonces estaba en la sala. Allí pasaba toda la tarde con las lecciones de inglés aprendidas en la mañana. Cuando mi cerebro ardía de tanto conjugar verbos extranjeros veía “Caso Cerrado”; sí, un programa de televisión me acompañó en aquella época, como también lo hizo la nieve y el viento. Nieve y viento, nieve y viento, eso sí lo recuerdo. Un kilómetro blanco caminaba cada día para buscar a mi hija en el colegio. Nieve y viento, nieve y viento. “¿Por qué caminas cabeza gacha?”, le pregunté un día. “Para que no se me meta la nieve en los ojos”, respondió mi pequeña y fue cuando reparé en mis lentes escarchados. Recuerdo también a la ardilla que vivía en las ramas del pino que daban al balcón; la muy impertinente entraba a mi sala cada vez que dejaba una rendija abierta.

           De la avenida Formentera en Mississauga lo recuerdo todo: una estancia más grande, con acabados modernos, aunque la edificación, de larga data cincuenta años a más, hizo que no olvidara a la ardilla de Glen Erin ya que era como vivir en una rama. En verano el calor era insoportable y en invierno, la vetusta calefacción si acaso amainaba el frío. El lago Aquitaine quedaba cerca de casa, así que comencé a recorrerlo a diario. Encontré en la naturaleza el espacio para conversar con Dios. Le hablaba de cuando estaba en Venezuela a punto de emigrar: “Ya no quiero hacer más sentencias, quiero batir tortas”, le dije a una entrañable amiga cuando le daba razones de mi decisión. “Quiero sentarme cada tarde con una copa de vino a contemplar el ocaso sin tener que preocuparme por los problemas del país”. Pues bien, en el apartamento de Formentera todo eso fue posible. Me compré una batidora y un kit para hornear bizcochos. Me senté cada día a contemplar el atardecer con una copa de vino, aunque nunca dejé de preocuparme por los problemas del país. También me reencontré con los libros, que siempre me han acompañado, pero que en los momentos más aciagos me ha dado por ignorarlos.

           Como bañados en agua de rosas llegamos a Lloyd Landing en Milton, la casa que compramos cuando recién cumplíamos cinco años de haber llegado a Canadá. La negociación exigió romper el cordón umbilical que nos quedaba con el único bien en Venezuela. También coincidió con un hecho impensable para mí en otro tiempo: una nueva ciudadanía. Esto me confrontó con muchas de mis creencias y me hizo recordar la primera lectura en inglés que logré entender cuando estudiaba en Sheridan College: “Culture Shock”, el proceso de adaptación a una nueva cultura tras mudarse de ciudad o país. Este periplo, los expertos lo dividen en etapas que van desde la luna de miel con el nuevo lugar, pasando por sentimientos de hostilidad, depresión y ansiedad hasta llegar a la aceptación y luego al ajuste. Toma de dos a cinco o hasta diez años dependiendo de muchos factores, en especial de la percepción y la expectativa de cada quien. Después de ocho años de haber llegado a Canadá, hoy veo mi ajuste y cuando miro atrás reconozco cada etapa y puedo dar fe de las estadísticas.

Corallys Cordero
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Integrante del Certificado de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Toronto