Hablemos de la menstruación

“Seamos realistas: todas las personas se han beneficiado de la menstruación. De lo contrario, no estarías vivo para leer esto”. Es una buena frase para comenzar esta columna. La frase no es mía, es de la doctora Jen Gunter, obstetra y ginecóloga y autora del libro titulado Sangre: la ciencia, la medicina y la mitología de la menstruación.

Como dice ella, el cuerpo de las mujeres se adapta y se prepara para un posible embarazo de manera repetida, una y otra vez, y luego sangra durante varios días unas 400 veces a lo largo de la vida. Es una maravilla si lo pensamos bien, y por eso no es extraño que haya una especie de oda a la reproducción. Sin embargo, desde los griegos, pasando por varias religiones e incluso hoy, el sangrado menstrual sigue siendo visto como sucio y vergonzoso, “cosa de mujeres”.

Acabo de leer su ensayo en The Globe and Mail y he estado dándole vueltas al tema desde entonces, en buena parte porque justo ahora en Guatemala, se está proponiendo una Ley para el fomento de la salud menstrual digna. Varios vociferan porque no entienden que se trata de un asunto que requiere de la atención urgente de los Estados. La situación es tan alarmante en América Latina que expertos, fundaciones, activistas, colectivos, así como la Organización Mundial de la Salud (OMS) han pedido que la menstruación sea reconocida como un asunto prioritario en la salud y los derechos humanos y no únicamente como un “asunto de higiene”.

Lo terrible es que poco o nada se habla de la menstruación. Hay una suerte de vergüenza e ignorancia que impiden hablar libremente de algo que no es menor y que tiene un enorme impacto en la vida de millones de niñas, adolescentes y adultas en todo el mundo.  Según el Fondo de Naciones Unidas para la Población (UNFPA por sus siglas en ingles) cada día menstrúan en el mundo 800 millones de personas entre 15 y 49 años y, a pesar de ello, 500 millones de ellas carecen de acceso a productos menstruales y a instalaciones adecuadas para la salud menstrual.

Son ellas las que pagan el costo de la menstruación, un costo que no se limita al impacto de la vergüenza sino también al dolor y el sufrimiento que la acompañan, al riesgo de enfermedades e infecciones, y a la falta de información sobre el ciclo menstrual. Según UNICEF, una niña puede faltar entre 1 a 5 días a la escuela cada mes como consecuencia de la menstruacion, lo que perjudica enormemente su aprendizaje y su rendimiento académico y aumenta las posibilidades de abandono escolar. En muchos países de la región las niñas apenas completan la primaria.

Están además las barreras económicas que limitan el acceso a toallas sanitarias, tampones, copas menstruales, y a medicamentos, cuando estos se requieren. Según Plan Américas, el precio de un paquete de toallas higiénicas equivale a un almuerzo de 3 dólares o a un cuaderno. Al no poder costear estos productos, millones de mujeres en América Latina no tienen más remedio que recurrir a trapos, papel, periódicos, cartón, productos de higiene usados y otros insumos antihigiénicos.

Esta es la realidad de millones de mujeres y es lo que la Caja de Compensación Familiar de Antioquia (COMFAMA) denomina pobreza menstrual: la falta de acceso a productos sanitarios, educación para la higiene menstrual, baños, lavado de manos y gestión de residuos, que obstaculiza la garantía de los derechos fundamentales de mujeres, niñas y personas menstruantes en todo el mundo.

Pese a lo urgente que resulta el tema, solo 9 de 31 países de la región consideran como productos de primera necesidad los de higiene menstrual.   El estudio del Centro de Estudios Estratégicos de Relaciones Internacionales destaca que es Colombia el primer país de América Latina en eliminar el impuesto del valor agregado (IVA) del 16% de los productos de higiene menstrual, seguido por México en 2022.  Pero aún hay enormes desafíos y una deuda gigantesca que se le debe a las niñas, adolescentes y mujeres.  Requiere entender que menstruar con dignidad no es un privilegio, es un derecho.