Lo nuevo del cine brasileño: O Último Azul

Entrevista a su director, el cineasta Gabriel Mascaro, a propósito del estreno del filme en cines

Una avioneta publicitaria surca el cielo pernambucano en el plano que abre O Último Azul, una de las películas más celebradas del floreciente cine brasileño. El cartel que flamea detrás promete que “el futuro es para todos”. Cuando Tereza (Denise Weinberg) regresa a su humilde hogar después de una jornada extenuante en una curtiembre de piel de caimán, la esperan unos jóvenes funcionarios del gobierno. En sus chalecos llevan estampado el mismo eslogan: es el nombre con que el Estado ha bautizado el programa que establece que al cumplir 75 años, cada persona deberá abandonar su vida y trasladarse a una comunidad para adultos mayores. El gobierno necesita que los jóvenes trabajen sin preocuparse por sus mayores. “Sabotear la productividad nacional es un crimen”, le dice el empleado público. Pero Tereza tiene deseos pendientes y estos son el motor de un viaje que transforma el film en un road trip singular: aquí no hay carreteras sino los afluentes del Amazonas, no hay autos sino botes que se abren paso entre una vegetación exuberante.

O Último Azul obtuvo el Oso de Plata en la 75ª edición del Festival de Berlín, en 2025, el mismo galardón que en 1998 se había llevado Central do Brasil, de Walter Salles. No es un logro casual: una obra plena de climas, de paisajes que no son meramente decorativos, sino que aportan al relato, sostenida por actuaciones notables, es una muestra más de que el cine brasileño atraviesa uno de sus mejores momentos. Sus películas combinan calidad y capacidad de llegar al público, y son reconocidas por igual por la crítica y los espectadores, tanto en Brasil como en el resto del mundo.

 Cómo nació O Último Azul? ¿Por qué decidiste contar esta historia y por qué de esta manera?

 La película surgió cuando mi abuela empezó a pintar después de que mi abuelo murió. Fue algo muy inspirador porque en nuestra familia no había ninguna tradición artística. Ver a alguien encontrar un nuevo sentido para su vida a esa edad me marcó profundamente, y me fui obsesionando con la idea de hacer una película sobre ese sentimiento.

Cuando empecé a investigar, me di cuenta de que las películas con protagonistas mayores son bastante escasas. Y cuando existen, los conflictos casi siempre giran en torno a la muerte, a alguna enfermedad terminal, a la nostalgia por algo que ya pasó. A mí me entusiasmaba la idea de hacer una película sobre el presente. El desafío era encontrar la manera de lograrlo, porque si uno piensa en los géneros cinematográficos: el coming of age, la distopía, el road movie, ninguno suele admitir a los mayores como sujetos que experimentan algo nuevo. Como sociedad queremos verlos domesticados, en casa. Entonces era muy contraintuitivo hacer una película que les permitiera desear. Esa fue la idea central, encontrar una forma de contar la historia de una mujer mayor que pudiera soñar y encontrar un sentido para su vida.

 ¿Acompañaste la película en algunas de sus presentaciones? ¿Has notado diferencias entre las reacciones de los espectadores en Europa y en Brasil, por ejemplo?

 Sí. No es algo generalizado, pero a veces hay espectadores que se sorprenden con el mundo que construye la película y me preguntan si es real que eso ocurre en Brasil. No es lo general, pero a veces hay un par de personas genuinamente curiosas al respecto. Y eso me alegra mucho, porque significa que la construcción del mundo en la película resulta creíble. Que la gente cree en lo que está viendo.

 Supongo que eso es lo inquietante: que podamos pensar que algo así podría llegar a ocurrir…

 Es que ni siquiera mi respuesta alcanza, porque cuando digo “no, no es real”, el solo hecho de que pueda serlo vuelve a la película todavía más urgente. Es una distopía muy particular, yo diría una distopía tropical, fantástica, sí, pero anclada en dinámicas sociales muy reconocibles, en gobiernos populistas, en lógicas de control. Y que todo eso pueda volverse real debería ponernos en alerta.

 Los paisajes y las locaciones funcionan casi como personajes. ¿Cómo influye el entorno natural en la narrativa?

 Sí, era muy importante ver esos ríos sinuosos y extraordinarios como un personaje que puede esconder a Tereza de la sociedad, pero también permitirle encontrarse a sí misma en una nueva dirección. La película tiene una atmósfera casi distópica, pero es una película muy utópica, apasionada por la vida, que nos inspira a vivir. Y me alegra haber podido lograr ese sentimiento, ese estado de viaje, de fantasía, de reflexión política que el Amazonas provoca.

 ¿Cómo elegiste a tus actrices, especialmente a las que interpretan a Tereza y Roberta, y cómo fue trabajar con ellas?

 Las dos son increíbles. Lo curioso es que cuando escribo el guión, en general no pienso en actores o actrices concretas. Pero luego tuve un gran desafío en el casting, porque esta generación de mujeres en la industria estuvo muy presionada a realizarse procedimientos para ocultar su edad. Tuve que salir del mercado audiovisual y fue así como encontré a Denise Weinberg, la protagonista, en el mundo del teatro. Es una gran actriz teatral y fue un hallazgo extraordinario. Con Roberta, tampoco encontraba a nadie, así que extendí la búsqueda a América Latina y finalmente la encontré en La Habana, Cuba. Se llama Miriam Socarrás, y fue algo muy especial porque viajó hasta el Amazonas y aprendió a manejar una de esas embarcaciones grandes. Cuando estábamos filmando podía ver el orgullo en sus ojos y fue muy hermoso. La experiencia misma de hacer la película en ese contexto fue muy poderosa para ellas. Y era muy hermoso ver cómo eso se traducía en su actuación, en esa pasión por redescubrir la vida.

 Quisiera pedirte una reflexión sobre el gran momento que atraviesa el cine brasileño.

Cuando pensamos en el boom del cine brasileño hay que mirar hacia atrás, unos veinte años. El primer mandato de Lula fue un momento muy especial porque creó condiciones para que distintas regiones del país pudieran hacer películas. La industria estaba muy concentrada en San Pablo y Río, con una manera muy industrializada de pensar el cine. En el noreste teníamos una tradición artística diferente, más ligada al experimentalismo, y eso empezó a florecer. En Recife, en el estado de Pernambuco, por ejemplo, se desarrolló un tipo de producción muy particular. Yo soy de la misma ciudad que Kleber Mendonça Filho. Y ahora estamos cosechando esos frutos. Creo que es una combinación de todo. Hace algunos años vimos a Lucrecia Martel, a Lisandro Alonso desde Argentina, vimos El abrazo de la serpiente desde Colombia. Distintos cines latinoamericanos siendo reconocidos internacionalmente. Creo que este es un momento muy especial para Brasil pero también para América Latina, y hay que mantener esa energía. A veces los países pierden las políticas públicas que incentivan la cultura, como le pasó a Brasil con Bolsonaro o como le está pasando a Argentina con Milei. Pero al mismo tiempo es muy especial ver que hoy tenemos a Lula, un presidente que está orgulloso de la cultura brasileña y la celebra. Es un gran momento para hacer películas.

Vanesa Berenstein
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Encargada de Programación del Festival de Cine Latinoamericano de Toronto (LATAFF)

Investigadora en MAP Centre for Urban Health Solutions, St. Michael's Hospital, Unity Health Toronto

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