TIFF 2025: Entrevista a Alejandro Amenábar. El cineasta español lleva a Miguel de Cervantes a la gran pantalla

La 50.ª edición del Festival Internacional de Cine de Toronto concluyó hace unos días, y todavía resuenan los ecos de ese vendaval de películas e integrantes de la industria cinematográfica internacional que se adueñaron de la ciudad entre el 4 y el 15 de septiembre. Entre esos ecos queda esta entrevista con Alejandro Amenábar, cineasta chileno-español cuya carrera comenzó con películas independientes como Tesis (1996) y Abre los ojos (1997), que se destacaron por su originalidad, su manejo del cine de género y por contar con actores españoles que, en aquel momento, ya despuntaban como talentos prometedores: Penélope Cruz, Ana Torrent, Eduardo Noriega y Fele Martínez.

Más tarde, Amenábar alcanzó reconocimiento internacional con Mar adentro (2004), que le valió el Oscar a la mejor película extranjera por su conmovedora exploración del derecho a una muerte digna y la consagratoria actuación de Javier Bardem. También trabajó con estrellas de Hollywood en Los otros (2001), junto a Nicole Kidman, y Ágora (2009), con Rachel Weisz, consolidando su capacidad para narrar historias universales a través de grandes producciones, sin perder su mirada personal.

Amenábar regresó a Toronto para el estreno mundial de El cautivo, una película que indaga en un período poco conocido de la vida de Miguel de Cervantes. La cinta combina épica y exploración del arte de narrar, mostrando al legendario escritor desde una perspectiva íntima y humana, más allá del mito literario.

¿De dónde surge la idea de El cautivo? ¿Por qué trabajar sobre la figura de Cervantes de esta manera y en este contexto?

-La idea surge de mi productor, Fernando Bovaira, con el que llevo trabajando muchos años. Él me habló en concreto de un período de la vida de Cervantes muy desconocido para mucha gente, que parece casi una novela de Alejandro Dumas porque reúne muchos golpes de efecto o giros de guion y parece prácticamente una historia de aventuras.

Entonces me adentré en la documentación, en un proceso que me ha llevado ocho años, habiendo hecho en medio una película y una serie. Lo que más me interesó fue no solo la parte de peripecia, de aventura, sino poder explorar el ser humano. Porque cuando hablas de Cervantes, hablas de uno de los escritores más importantes de la historia, podría ser Shakespeare. Me planteaba quién es el ser humano que está detrás de la ejecución de esa obra maestra. Encontrar el alma de Cervantes es para mí lo más apasionante y lo que me ha conectado tan personalmente con esta película.

-El proceso de escritura llevó ocho años, lo cual debió de ser muy complejo. ¿Cómo lograste conjugar todas las capas que tiene la película: las ideas, los temas, la identidad, la transmisión de historias, la búsqueda de la libertad a través del arte, hasta el colonialismo y la conquista, para poder armar todo esto?

-En realidad, todo cobró sentido cuando cambié el formato. Originalmente, hace ocho años, lo planteamos (Alejandro Hernández, que escribió conmigo el argumento, y yo) como una serie de televisión. Ahora la serie es el formato imperante, o de moda. Eso quedó ahí dormido porque sentí que, de alguna manera, estábamos echándole agua al buen vino, intentando alargar la historia hasta varios episodios.

Hace dos años retomé el proyecto y decidí ajustarlo a un largometraje. Ahí todo empezó a fluir y funcionó, literalmente, como un vino que ha madurado durante ocho años. Me permitió condensar todo lo que mencionás: las diferentes capas, el juego entre la ficción y la realidad, la exploración de dos culturas, la reflexión sobre la libertad narrativa, intelectual y sexual. Todo encajó como un puzle, y sentí que la película se había quedado con la fibra, desechando la grasa. Había quedado lo esencial para contar la historia.

¿Y qué hay de vos en el Miguel de El cautivo? Por ejemplo, cuando dice “quiero que la gente de mi tierra me lea”, ¿es algo que Alejandro Amenábar siente o sintió en algún momento, o forma parte de tu proceso creativo? ¿Te identificás con el personaje que creaste?

-Es un poco osado compararse o intentar establecer una conexión cuando hablamos de uno de los mejores contadores de historias de todos los tiempos. Pero es verdad que yo, por encima de todo, soy espectador y contador, y esta película inevitablemente me iba remitiendo al arte de contar historias.

Se fue convirtiendo en un homenaje a la narración y, en ese sentido, especular sobre cuáles son los mecanismos que buscamos los creadores para conectar con el espectador me conectaba muchísimo con Cervantes. Miguel confesaba que desde niño lo que más le gustaba era la farándula, asistir a las plazas donde se hacían grandes representaciones, unido a su afición a la lectura. Ese hecho de congregar la atención en torno a una historia es algo muy cinematográfico y tiene que ver con la experiencia cinematográfica que sigo reivindicando.

Por lo tanto, sí me conecta con Cervantes. Mis películas no suelen ser autobiográficas porque yo, consciente o inconscientemente, huyo de mi propia realidad. Pero siempre busco identificarme con aspectos de los personajes, ya sean masculinos o femeninos. Hay algo mío en Hypatia de Ágora, en Miguel de Unamuno de Mientras dure la guerra. Y en esta película, hay mucho mío en Cervantes.

-En cuanto a la identidad, ¿te sentís reflejado en el conflicto interno del personaje entre quedarse en tierras foráneas, donde tiene tantas oportunidades, o volver para ser leído en su país?

-De hecho, mi propia naturaleza viene de madre española que emigró en la posguerra de Franco a Chile, vivió 20 años allí y conoció a mi padre. Nací yo con mi hermano y, al año y medio, decidieron volver 15 días antes del golpe de Estado de Pinochet. Mi vida está marcada por esa mezcla de culturas.

Esto ya lo exploré en mi anterior trabajo, la miniserie La fortuna. Pisar terreno americano formó parte de mi realidad. Hubo un momento en el que tuve que plantearme, como creador, si abrazaba lo que llaman embrace the system, es decir, el sistema de Hollywood, o si seguía mi camino en España. No había pensado en esa conexión con Cervantes, pero efectivamente está ahí.

¿Y qué encontraste en Julio Peña para encarnar a un personaje tan icónico como Cervantes? ¿Cómo fue el trabajo con él?

-Julio Peña fue una de las decisiones de casting más atinadas que he tenido. Cuando la gente leía el guion, lo primero que preguntaba era: ¿quién va a ser Cervantes? ¿Quién será ese ser empático, inteligente, ambicioso, frágil y, a la vez, alguien en quien puedas creer como futuro genio de la literatura?

Julio fue uno de los tantísimos jóvenes actores que exploramos. Estuvo meses involucrado en el proyecto. En un momento dado, lo descarté porque pensé que no era nuestro Cervantes, pero decidimos darnos una última oportunidad y fue catárquico. Hubo un momento en que él me dijo: “Estamos trabajando con la losa del mito literario. Parece que tenemos miedo de hacer esto o lo otro porque no va a ser verosímil, porque este era Cervantes. Pero este señor es un ser humano. Voy a interpretar al ser humano y vamos a ver qué surge desde ahí.”

Ahí fue cuando empezó a coger confianza en sí mismo, que es justo lo que hace Cervantes en la película como contador de historias, y su interpretación comenzó a fluir.

(*) Vanesa Berenstein es encargada de programación del Festival de Cine Latinoamericano de Toronto (LATAFF) y curadora del área de cine de Inspirad@s.

Vanesa Berenstein
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Encargada de Programación del Festival de Cine Latinoamericano de Toronto (LATAFF)

Investigadora en MAP Centre for Urban Health Solutions, St. Michael's Hospital, Unity Health Toronto