Donald Trump, Joe Biden, Estados Unidos y el futuro de América Latina

La Habana.- La constante aplicación de políticas intervencionistas desde Estados Unidos hacia América Latina sigue siendo el principal obstáculo en las relaciones entre la potencia del norte y los países del sur, que se agudiza con la revitalización de la Doctrina Monroe, expuesta en 1823, y que casi 200 años después, resurge en Washington como estrategia de política exterior.

Los tiempos cambiaron, y los argumentos esgrimidos por el expresidente estadounidense James Monroe (1817-1825) contra sus antiguos enemigos europeos lo llevó a enarbolar la consigna “América para los americanos”, pero en el siglo XXI cambia el escenario –no las pretensiones- y se justifica en el enfrentamiento al terrorismo, la supuesta injerencia rusa en la política latinoamericana y el despegue económico de China, entre otros “argumentos” para justificar la intromisión de la Casa Blanca en las formas de gobierno de sus vecinos.

A lo interno, la Doctrina Monroe también recompone sus objetivos y en vez de enfrentar a colonialistas y traficantes de esclavos del Viejo Continente en el siglo XIX, ahora la emprende contra los movimientos sociales, el activismo de izquierda, los intentos regionales de integración, y los gobiernos que no pretenden cumplir los mandatos de Estados Unidos.

De la aplicación de estas políticas intervencionistas no se libran ni demócratas ni republicanos, y sus principales armas están en la división de los grupos sociales, la judicialización política contra los gobernantes menos complacientes, y una campaña ideológica feroz contra cualquier atisbo de socialismo o comunismo, que incluso hoy presenciamos en el ruedo electoral doméstico de Estados Unidos.

Para los más recalcitrantes y desobedientes –Cuba, Venezuela y Nicaragua- Washington reserva las sanciones, el acorralamiento económico y financiero, y sobre todo la demonización de sus políticas de corte social.

Como un acto de extremada arrogancia, hace apenas unos días Estados Unidos impulsó la candidatura y definitiva aprobación de uno de sus funcionarios al frente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), una jugada política que fue duramente criticada por expertos de América Latina y Europa.

Con la “elección” como nuevo presidente del BID de Mauricio Claver-Carone, un estadounidense de origen cubano, y que fungió como asesor del presidente de EEUU, Donald Trump, para temas del Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional, la Casa Blanca rompe por primera vez un acuerdo internacional adoptado hace más de 60 años, y hecha por tierra el balance en el control financiero del mundo.

Hasta el momento, Europa controlaba el Fondo Monetario Internacional (FMI), EEUU al Banco Mundial, y América Latina el BID, opción que esta vez se le niega por imposición de Washington.

Con Claver-Carone a la cabeza del BID, la Casa Blanca tendrá un instrumento más para tomar ventaja contra sus enemigos económicos y políticos –Rusia, China y Europa-, y podrá decidir quién merece o no en Latinoamérica ayuda financiera para el desarrollo de futuros planes de colaboración, que desde ahora serán fichas de cambio según las pretensiones estadounidenses.

Con Donald Trump al frente de la administración norteamericana, se abrieron más las distancias para encontrar cualquier opción de diálogo justo y respetuoso entre el norte y el sur, y se arreció el enfrentamiento contra países y gobiernos que buscaron defender su soberanía.

De cara a las elecciones de noviembre próximo, sólo queda la esperanza de un cambio en la silla imperial, y confiar en que, si resultan vencedores los demócratas con Joe Biden a la cabeza, se ponga fin a la pretensión de reimponer la doctrina Monroe, y se establezca una política de buena vecindad.

El próximo 3 de noviembre, sabremos a qué atenernos.