En la edición 2025 del Toronto International Film Festival hubo una película que llegó en silencio, sin efectos especiales ni celebridades, sin grandilocuencias, una de esas gemas escondidas que da felicidad descubrir y que dejó una impresión profunda en quienes tuvieron la oportunidad de verla.
Así fue Blue Heron, de Sophy Romvari, una película que conectó tanto con la crítica, que la reconoció con el Premio Discovery a la mejor opera prima canadiense, como con el público. Aborda temas profundos y universales como la memoria, las dinámicas familiares y la experiencia de la migración y la adaptación a un nuevo país, incluyendo el sistema de salud.
Ambientada a fines de los años noventa, Blue Heron sigue a Sasha, una niña de ocho años, y a su familia inmigrante húngara en su llegada a un nuevo hogar en Vancouver Island. Este nuevo comienzo pronto se ve atravesado por el comportamiento cada vez más desconcertante de Jeremy, el hijo mayor. Contada desde la mirada de Sasha, la película acompaña un verano en el que intenta entender lo que sucede en su entorno más cercano, mientras sus padres hacen lo posible por ayudar a su hijo. Dividida en dos partes, que corresponden a distintas etapas en la vida de la protagonista, primero en la infancia y luego en la adultez, la película propone una mirada sensible sobre la experiencia familiar y sobre cómo la memoria se resignifica con el tiempo.

En conversación con Correo Canadiense, la cineasta reflexiona sobre su primer largometraje y el proceso detrás de la película.
– ¿Cómo y por qué te convertiste en cineasta?
-Creo que, en muchos sentidos, esta película trata un poco de eso, de cómo me convertí en cineasta y por qué. Y creo que, al crecer en el entorno en el que crecí, con mis padres, ambos con una sensibilidad artística y dando mucha prioridad al arte en mi familia, siempre estuve rodeada de cámaras, de arte, de pintura y de música. Mis padres realmente creían en el arte. En ese sentido, no fue una sorpresa. Pero creo que el cine vino del deseo de documentar el mundo que me rodea, porque así era mi padre cuando yo estaba creciendo, y creo que siempre tuve mucha curiosidad por entender por qué pasan las cosas, cómo pasan, y utilizo el cine para intentar comprender mis propias experiencias y también, en lo posible, las de los demás.
– ¿Cuál es el origen de Blue Heron? ¿Por qué decidiste contar esta historia?
-El origen es simplemente autobiográfico. Es una historia basada en la experiencia de mi propia familia. Está ficcionalizada, es una película con guion, pero muy ligada a lo que yo viví. Además, hay temas en ella que he venido explorando en mis cortometrajes durante muchos años.
– ¿Cómo abordaste la construcción de la estructura de la película, en particular la decisión de comenzar desde la perspectiva de Sasha como niña y luego pasar a su etapa adulta, ya como cineasta que investiga?
-Creo que me interesaba mostrar ambas cosas: cómo esta dinámica familiar te afecta cuando eres niña y cómo sigue afectándote en la adultez, cómo moldea quién eres y cómo lo que te sucede en la infancia forma parte de la persona en la que te conviertes. Sentía que esta era la mejor manera de dar cuenta de esa experiencia. Para mí, la película es quizá un ‘coming of age’ no convencional, porque ese momento de maduración ocurre más bien en la adolescencia temprana, cuando empiezas a entender quién eres y qué es lo que te ha formado. Por eso quería mostrar esa experiencia desconcertante de ser niña y, casi de un momento a otro, encontrarte en la adultez, intentando darle sentido a las cosas.
– La película retrata a una familia que atraviesa una crisis de salud mental de uno de sus hijos mientras intenta asentarse en un nuevo país sin una red de apoyo, sin familia extendida cerca. En ese contexto, ¿cómo abordaste la manera de mostrar su recorrido por el sistema de salud mental en Canadá, en busca de un diagnóstico, de una comprensión o de un tratamiento, manteniendo al mismo tiempo ese nivel de sutileza en la forma de contar la historia?
-Creo que para mí era importante que la película no culpara a nadie, ni al hermano, ni a los padres, ni siquiera a los trabajadores sociales. Creo que intentaba representar un ámbito que, en mi opinión, tiene muy buenas intenciones, pero que a menudo se enfrenta a muchas limitaciones por parte del gobierno, del sistema y también de la sociedad, porque, en el fondo, no sabemos qué hacer en estas situaciones. Y realmente quería mostrar, de la mejor manera posible, que incluso hoy, cuando se habla más abiertamente de la salud mental, todavía no sabemos bien cómo apoyar a las familias que atraviesan estas crisis. También quería mostrar a una familia que está haciendo todo lo que puede, pero que al mismo tiempo siente que se la juzga. Y esa es una experiencia que creo que viven muchas familias, y especialmente las familias inmigrantes.
-Quisiera preguntarte por el trabajo con el sonido y la fotografía, que están muy cuidados. ¿Cómo ha sido tu experiencia trabajando con estos elementos?
-Trabajé con personas muy talentosas. Maya Bankovic es una directora de fotografía canadiense muy reconocida, con quien desarrollé una colaboración creativa muy cercana. Queríamos que la película se sintiera muy natural, casi como un documental. Pero, al mismo tiempo, todo es muy intencional. Para mí era importante que la película se sintiera como una película casera, aunque eso es muy difícil de lograr. Así que trabajamos mucho para construir esa atmósfera naturalista. Y creo que el sonido es muy importante para crear esa sensación de nostalgia: el sonido de la cortadora de césped, los niños jugando, el riego del jardín.
– ¿Esperas que la película genere conversaciones en las familias, en las comunidades o incluso en el ámbito de la salud pública? Y, de ser así, ¿qué tipo de conversaciones?
-Creo que, sobre todo, espero que las personas que vean la película se abran a lo que propone. Y, si tienen experiencias personales similares, ojalá pueda ofrecerles cierta sensación de consuelo, de no sentirse solas en lo que están viviendo. Por lo que he podido ver hasta ahora, parece que la película está resonando con personas muy distintas, de diferentes partes del mundo, que han atravesado experiencias similares. Así que sí siento que tiene el potencial de hacer que la gente se sienta menos sola.
Vanesa Berenstein
Encargada de Programación del Festival de Cine Latinoamericano de Toronto (LATAFF)
Investigadora en MAP Centre for Urban Health Solutions, St. Michael's Hospital, Unity Health Toronto










