Una visita a la estética

Después de convencer a mi hijo, de ocho años, de aceptar un corte de cabello tras cinco meses negándose, por recomendación de una conocida hice una cita en una estética a cuarenta minutos de mi casa. El viaje valía el esfuerzo; la peluquera tenía buena reputación. Lo recogí a la salida de la escuela y emprendimos el camino. Con algunos minutos de avance entramos al local. La dueña, una mujer de unos sesenta años, de tez morena y baja estatura, nos recibió con una sonrisa. Su acento me invitó a preguntarle si hablaba español, de inmediato cambiamos el diálogo a nuestra lengua materna.

Mientras le lavaba el cabello me preguntó si el niño hablaba español y si ya había visitado México. Después de responderle afirmativamente y contarle pequeños detalles, le pregunté a mi turno cuánto tiempo tenía ella en Canadá. Dijo que había llegado cuarenta años atrás. ¡Toda una vida! Nuestra conversación continuó, así como su trabajo en el cabello de mi hijo. Ahora, con el niño sentado frente al espejo, la dama comenzó a pasar con destreza las tijeras por el largo cabello de su cliente. Me contó que había dejado su país escapando de los horrores de la guerra. No pude evitar sentir una opresión en el pecho. Con curiosidad y cierta inocencia, le pregunté cuándo había sido la última vez que había estado en su país. Nunca, me respondió. No, ya no tenía familia allí, me dijo. La guerra se los había llevado.

Intercambiamos sobre nuestras diferencias: yo me había ido de mi país en un afán aventurero con deseos de descubrir más allá de sus fronteras, pero tenía gente, familia, amigos que me esperaban con los brazos abiertos a cada regreso. Ella en cambio se había ido para sobrevivir, y no tenía nada ni nadie porque regresar.

El corte de cabello terminó, con un cliente satisfecho y una mamá aliviada. Al despedirnos, no pude evitar mirar a esa mujer con infinita admiración  por tanto valor y entereza para emigrar a un país lejano, empezar desde cero, sin ni siquiera hablar la lengua y sacar adelante a su familia. De la mano de mi niño rumbo a nuestro auto tampoco pude evitar contar y agradecer mis bendiciones.

1 COMENTARIO

Comments are closed.