Tras los pasos de la memoria

La claridad empieza a colarse por entre las cortinas, cuyo espesor no será suficiente para detener su avance. Poco a poco la habitación se ilumina anunciando una tibia mañana de invierno. Las campanas de la iglesia, a unas cuantas cuadras, repican insistentes. Es hora de comenzar el día. Abro los ojos y miro a mi alrededor. No es mi habitación, mas la conozco, la he conocido desde mi infancia, desde siempre. Una sonrisa se dibuja en mi cara y me deslizo por entre las sábanas intentando no despertar a mi hijo y a mi marido que duermen agotados después de tantas horas de viaje.

Salgo de la habitación. Al lado está la recámara principal, donde duerme mi tía, la dueña y señora de la casa; cruzo el pasillo que lleva hacia la escalera. Bajo los escalones y por mis pies descalzos se monta el frío de las lozas del piso. La puerta del cuarto a un lado del recibidor de la entrada sigue cerrada. Sus ocupantes aún duermen. Camino hasta la cocina donde mi primo prepara café y me ofrece uno. Me siento a su lado a disfrutar de la calma matutina, antes de que la casa se llene de algarabía, cuando anfitriones e invitados se despierten. Qué fortuna poder estar de nuevo en esta casa, en el pueblo que me vio crecer y del que me fui siendo una jovencita en busca de una aventura. Sorbo mi café y su calor se expande en mi pecho, así como ese sentimiento de felicidad que me embarga por estar de regreso y en familia, aunque sea por poco tiempo.

Observo con atención. Varias cosas han cambiado, la cocina ya no es exactamente la misma. Los muebles son nuevos, la pintura mudó de un verde pálido a un amarillo intenso. La pequeña televisión en blanco y negro que antes recitaba las noticias ahora es una pantalla plana con colores brillantes. Y a pesar de tantos cambios, respiro hondo y mi memoria reconoce el espacio.

Cierto, no es mi casa, pero siempre la he sentido como un espacio de remanso, un refugio en el que puedo detener mi camino, por alocado que sea, para simplemente sonreír y volver a conectarme con mis raíces, con los míos. Después de tres años estoy de regreso en mi país, en mi México, en mi pequeña ciudad con corazón de pueblo, con mi familia. Estoy de vacaciones y soy feliz.

Tania Farias

Integrante del Certificado de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Toronto