Como en casa

Después de una mañana bastante calurosa, el sol se había ocultado detrás de las nubes. Mi pequeño me pidió que camináramos hasta el punto de encuentro en lugar de tomar el bus como lo tenía planeado. Habíamos salido con anticipación y según había visto en el mapa, la distancia era corta, así que emprendimos el camino jugando por la calle y conversando sobre lo que encontrábamos en nuestro pasaje por esa animada avenida del sur de la ciudad.

Llegamos faltando unos cinco minutos para la hora de la cita y con paciencia, esperamos su llegada bajo la sombra de un árbol, pues el sol volvía a hacer apariciones intermitentes.

La última vez que nos habíamos visto, éramos unas jovencitas llenas de sueños e ideales. Ambas visitábamos la ciudad donde años atrás habíamos forjado nuestra amistad.

En esa noche calurosa de invierno, tuvimos poco tiempo para ponernos al día y compartir las experiencias pues en un lapso de dos años nuestras vidas habían dado un giro de ciento ochenta grados. Mi amiga había cambiado su vida de soltera en una pequeña y tranquila ciudad costera por la vida de casada en una megalópolis de más de veinte millones de habitantes. Por mi parte, yo había dejado familia, amigos, trabajo y estabilidad para perseguir mis sueños al otro lado del Atlántico y después de dos años de exilio voluntario regresaba por primera vez a mi tierra. Aquella ocasión, nuestro encuentro fue emotivo y por el espacio de unas horas volví a reencontrar a la amiga con quien había compartido algunos de los momentos más bellos de mi juventud. Al despedirnos pecamos de ingenuas y nos juramos volver a reunirnos muy pronto.

Bajo la sombra del árbol, mi pequeño me contaba bromas para hacer, a su manera, más ameno el tiempo de espera. De pronto, un autobús se detuvo y segundos después allí estaba mi amiga caminando hacia mí con los brazos abiertos y una sonrisa genuina. Después de dieciocho años sin vernos nos reencontramos en medio del tráfico citadino. Nuestro abrazo fue largo, intenso y cálido. Fue como abrir una puerta y sentir que había llegado a casa.

Mi amiga venía acompañada de su marido, a quien yo había conocido vagamente aquella noche, tantos años atrás; y de su hijo adolescente, al que por supuesto jamás había tenido la ocasión de encontrar. Por supuesto, mi amiga tampoco conocía a mi hijo. Tan solo lo había visto por fotografías. Como si tan solo hubieran pasado algunos días desde la última vez en que nos habíamos visto, la conversación fluyó como si se tratara de un río siguiendo su cauce. Incluso, su marido parecía haber sido de la banda de amigos de aquel entonces, pues en unos cuantos minutos ya platicábamos con soltura y espontaneidad, además de que él se dio a la tarea de integrar a mi pequeño a la conversación, el cual desesperaba de estar sentado por tanto tiempo.

Durante las horas que pasamos juntas, rememoramos tantos momentos felices y al mismo tiempo creamos nuevos recuerdos. Cuando llegó la hora de la despedida, la ingenuidad nos ganó de nuevo al prometernos el volver a vernos pronto. No obstante, en lo más profundo de mi corazón sé que no importa cuánto tiempo pase antes de que nos volvamos a encontrar (espero que sea muy corto), cuando ese momento llegue será como si el tiempo se hubiera detenido y encontraré en ella a la amiga que tanto extraño. Al final de cuentas, una buena amistad siempre será como regresar a casa.

Tania Farias

Integrante del Certificado de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Toronto