La cabecera de la mesa

Desde la primera vez que visité la casa de mis suegros y compartí con ellos una comida, mi lugar en la mesa siempre había sido el mismo: justo a la derecha de la cabecera. Conservé ese lugar para cada reunión por quince años hasta nuestra última visita en que mi hijo, cuyo lugar era entre su papá y yo, alcanzó una edad y un tamaño en que tal distribución se volvió incómoda por la falta de espacio. Sin pensarlo me acomodé en la cabecera la cual nunca estaba ocupada.

Los platillos comenzaron a llegar a la mesa. Al buscar alcanzar los alimentos que se encontraban en medio de ella me di cuenta de que casi todo me quedaba demasiado lejos a menos de que recostara mi torso entero sobre la mesa, no los alcanzaría.

Con frustración comenté que ese era el peor lugar. Entonces mi suegra respondió mientras me pasaba un trozo de pan “es por eso por lo que el que está en la cabecera es servido todo el tiempo”.

Para mí, la cabecera siempre había sido un espacio que determinaba la jerarquía: el lugar en que el jefe de la familia se sienta, sin nadie a sus costados, velando por el bienestar de la familia. Le pregunté a mi suegro si él nunca se sentaba en la cabecera. Me respondió que solo un par de veces cuando había invitados y su lugar de costumbre tenía que ser asignado a uno de ellos. Toda su respuesta me la dio, al mismo tiempo que se levantaba para ir a cortar el pollo que yacía listo en la cocina.

No fue sino hasta ese momento en que por primera vez fui consciente de que la cabecera es ante todo el lugar al que todos los demás deben servir, como a un rey, casi. Miré a mi suegro regresar con el pollo y ofrecerme la primera pieza, mientras recordaba a mi papá y muchos adultos que crucé en mi niñez sentados en la cabecera esperando a ser servidos. Allí comprendí que la cabecera no había sido otra cosa más que un verdadero símbolo del patriarcado en mi pueblo, en mi país y sin duda en muchos otros países.