Culpable hasta que se demuestre lo contrario

Cuando Ronna entró a su apartamento, un frío le recorrió la espalda. La sala estaba en completo desorden. El sofá mostraba su relleno como si lo hubiesen destripado. Los cojines tirados debajo de la mesa, el jarrón volteado, el agua derramada sobre la alfombra y las flores esparcidas por doquier. Lo primero que pensó fue “ladrones”. Con cautela recorrió los espacios de la casa. Fue detallando como la cama estaba revuelta, las cosas sobre las mesas de noche tiradas en el suelo. El baño igual. Lo más grave fue la cocina: los gabinetes abiertos y su contenido en el piso. La nevera mostraba la comida fuera de ella. Las cortinas estaban tiradas en el suelo.

En su mente, Ronna evaluaba la posibilidad de que Billy, su ex, con quien había terminado pocas semanas atrás, podría haber copiado la llave antes de que ella le exigiera su devolución. Al empezar a recoger tratando de salvar algo, notó que el envase de cartón de la crema de leche mostraba mordidas. Cuando giró la vista vio a Clementina, la gata, con la cara embadurnada de crema y motas de algodón adheridas a su cuerpo que la contemplaba con ternura.

Glennys Katiusca Alchoufi
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Integrante del Certificado de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Toronto