El cineasta mexicano Fernando Eimbcke alcanzó reconocimiento internacional en 2004 con Temporada de patos, su primer largometraje, una película en blanco y negro que transcurre casi por completo en un departamento de Ciudad de México. Allí, dos adolescentes se preparan para pasar un domingo solos, entre videojuegos, pizza y aburrimiento, hasta que el arribo de otros personajes altera el plan. La película llegó a la Semana de la Crítica de Cannes, Toronto y muchos otros festivales, y ganó 11 premios Ariel, entre ellos los de Mejor Película y Mejor Dirección.
Más de dos décadas después, con películas como Lake Tahoe, Club Sandwich y Olmo en el camino, Eimbcke sigue explorando los vínculos humanos y las relaciones que se construyen entre personajes cuyas vidas parecen estar, de alguna manera, en suspenso. Como en una serie de variaciones, su cine vuelve una y otra vez sobre el crecimiento, la conexión y el encuentro con los otros, y sobre esos pequeños cruces capaces de alterar el rumbo de una vida.
En Moscas, su película más reciente, presentada en el Festival Internacional de Cine de Toronto, el director vuelve al blanco y negro para contar la historia de Olga (Teresita Sánchez), una mujer solitaria que vive en un multifamiliar de Ciudad de México. Por necesidad económica, decide alquilar una habitación a un hombre cuya esposa está internada en un hospital cercano. La llegada de Cristian (Bastián Escobar), el hijo del hombre, altera su rutina y da comienzo a un vínculo entre los dos.
Durante su paso por Toronto conversamos con Eimbcke sobre el proceso de creación de Moscas, su trabajo con niños y adolescentes, el creciente lugar de las mujeres detrás de cámara, el presente del cine mexicano y la importancia de apoyar la cultura.
La primera versión de Moscas había sido pensada más de veinte años atrás, poco después de Temporada de patos, pero el proyecto quedó en suspenso y el cineasta volvió a encontrarse con él casi dos décadas más tarde. “Lo que tenía era la anécdota y un poco la estructura dramática. Lo que faltaba era la estructura emocional. Y después de Temporada de Patos, creo que no estaba todavía listo para hacer esa película. Yo no decidí no hacerla, sino que era para una serie con Alejandro González Iñárritu y después esa serie ya no se hizo”, relata Eimbcke. “Y 19 años después la encontré en un archivo, por eso digo que nunca hay que tirar los guiones. En ese momento estaba trabajando con Vanesa Garnica, que es la guionista de Olmo y de Moscas, le mandé esta historia y empezamos a trabajar. Ya fue como empezar a profundizar en personajes, como estar más conscientes no de la estructura dramática sino de la estructura emocional”.
—Tus películas están atravesadas por el paso de la infancia a la adolescencia, el despertar sexual, el crecimiento. En Moscas las circunstancias también obligan al niño protagonista a crecer de golpe. ¿Por qué te interesa tanto explorar ese momento de la vida?
—Yo creo que alguna vez leí una entrevista a Hemingway, le decían: “¿Qué se necesita para ser un escritor?”. Y decía: “Una infancia difícil”. Yo creo que todos tenemos infancias difíciles, todos, no hay quien se libre. Creo que es imposible que vivamos aislados del dolor. Vanesa y yo nos conocemos desde que teníamos 14 años más o menos y compartimos mucho dolor en relación con nuestras familias, entonces creo que a mí siempre me gusta ir a ese momento y explorarlo. Eso no quiere decir que no me interesen los personajes adultos, pero creo que cuando trabajas con personajes adolescentes o niños está mucho más a flor de piel. Los adultos lo ocultamos más.
—En Moscas regresas al blanco y negro por primera vez desde Temporada de patos. ¿Por qué?
—A mí me gusta mucho el blanco y negro. Pero yo creo que en las películas no es lo que a uno le gusta sino lo que la película necesita. Hablé con María Seco, la fotógrafa, y le dije: “María, ¿qué piensas del blanco y negro?”, y me dijo: “Sí, creo que sí es pertinente porque el blanco y negro representa muy bien algo muy importante de la infancia, como una esencia de la infancia que es la inocencia. El blanco y negro resalta formas geométricas, contraste, resalta mucho más el brillo de una mirada, la sonrisa, ciertas texturas que el color no te va a dar”. María y yo veíamos mucho fotografías de esta fotógrafa mexicana, Graciela Iturbide. Sus fotografías de niños son muy potentes, creo que ella captaba eso, entonces nos guiamos mucho por eso.
—Es la primera vez que trabajas con Teresita Sánchez. ¿Cómo llegaste a ella y cómo fue construir el personaje de Olga?
—Yo a Teresita la conocí en una película de Nicolás Pereda y me fascinó. Después pasó el tiempo, yo creo que también por eso esta película tenía que esperar, tenía que esperar a Teresita. Después la vi en La camarista de Lila Avilés, el personaje de Minitoy, y ya, me enamoré de ella. Y en esa reescritura de guión ya estaba Teresita en nuestra cabeza. Vanesa y yo trabajamos en una biografía y una vez que la terminamos citamos a Teresita en los multifamiliares donde se filmó la película, en la Ciudad de México. Leímos la historia del personaje de Olga, o sea de todo relacionado con su conflicto y con el espacio, planteamos que ella había nacido ahí, había crecido ahí, había tenido su hijo ahí, todo. Me acuerdo cuando terminamos, estaba Teresita llorando porque contábamos la historia de su hijo, de su pérdida y Teresita es una persona muy sensible, es muy inteligente y es muy generosa.
—¿Cómo ves el momento que está viviendo el cine mexicano? ¿Qué condiciones hicieron posible esta presencia tan fuerte y sostenida?
—Yo creo que en cada década se habla de un boom del cine mexicano y ya llevamos bastantes décadas. Me acuerdo cuando hicimos Temporada de patos hace 20 años se producían ocho películas mexicanas. Ahora se producen arriba de 100. Ha sido una política acertada. Ahorita lo que a mí me da mucha emoción es que ahora esta nueva década está dominada, no estamos ahí todavía pero ahí vamos, por mujeres. Ahorita puedes hablar de cineastas muy potentes con una visión y una filmografía muy sólida: Lila Avilés, Tatiana Huezo, Elisa Miller, María José Cuevas. Hay que considerar que la cinematografía, el hacer cine, en México y creo que en muchos otros países, pues es tremendamente machista. Antes era ver a las mujeres en un set de filmación, pues era la maquillista, la vestuarista y se acabó. Ahora ya son directoras, son fotógrafas. Y eso le ha dado una enorme frescura también al cine mexicano. Creo que las políticas públicas han sido acertadas, siempre pediremos más. El cine es uno de los documentos más importantes en términos de identidad, memoria histórica. Entonces, me parece un desacierto el no hacerlo, el no invertir en eso. Además, la única manera de resarcir el tejido social que está tan roto por la cuestión económica, por la cuestión del narco, por la inseguridad, es con la cultura. No sé si sea la única, pero es una muy importante y está demostrado. No es una moda. Aquí abajo de la tierra hay siglos de cultura, hay algo muy fuerte, y es lo mismo que pasa en Latinoamérica.
Vanesa Berenstein
Encargada de Programación del Festival de Cine Latinoamericano de Toronto (LATAFF)
Investigadora en MAP Centre for Urban Health Solutions, St. Michael's Hospital, Unity Health Toronto










