Cuando llegamos a Canadá, ¿qué responsabilidad tenemos de conocer la historia de quienes estaban aquí antes que nosotros? Cada 30 de septiembre se conmemora el Día Nacional de la Verdad y la Reconciliación para honrar a los niños que nunca regresaron de las escuelas residenciales, a quienes sobrevivieron y a sus familias y comunidades. Esta fecha también busca que la sociedad conozca lo sucedido y comprenda sus consecuencias actuales.
Las escuelas residenciales surgieron en el siglo XIX. Eran internados para niños indígenas, donde estudiaban y vivían separados de sus familias, muchas veces lejos de sus comunidades. Formaban parte de una política del Gobierno y muchas eran administradas por iglesias. Su propósito era que los niños abandonaran su cultura original y adoptaran la dominante, cambiando su idioma, sus creencias y su manera de vivir. Muchos fueron obligados a asistir.
Las autoridades consideraban que los pueblos indígenas debían adoptar la cultura europea y cristiana. Esa política de asimilación buscaba que dejaran de existir como pueblos con identidad propia. Aunque se presentaban como escuelas, borrar esa identidad era un objetivo central del sistema.
Dentro de esos espacios, los niños podían ser castigados por hablar su propia lengua. Miles sufrieron violencia física, abuso sexual y otras formas de maltrato. Miles de niños murieron allí. Para los sobrevivientes, el daño continuó después de salir de las escuelas. Muchos tuvieron que vivir con esos traumas, cuyas consecuencias también afectaron a sus hijos y nietos. Por eso se habla de un daño que pasa de una generación a otra.
El sistema fue desapareciendo gradualmente, en un proceso marcado por la resistencia y las demandas de los pueblos indígenas y los cambios en las políticas educativas. La última escuela del sistema cerró en 1996. Por eso hablamos de una historia que muchas personas que están entre nosotros vivieron directamente.
Sin embargo, cerrar las escuelas no reparó el daño causado. Los sobrevivientes siguieron reclamando reconocimiento y justicia. Con el tiempo llegaron acuerdos de compensación, la disculpa oficial del Gobierno en 2008 y la Comisión de la Verdad y la Reconciliación.
En palabras simples, “verdad” significa reconocer lo que ocurrió y escuchar a quienes lo vivieron; “reconciliación” significa trabajar para reparar el daño y construir relaciones de respeto. No consiste simplemente en pedir que las personas olviden o perdonen, sino en acompañar el reconocimiento con cambios y acciones.
¿Por qué es importante para nosotros, como inmigrantes, conocer y entender el significado de este día?
Al llegar a Canadá, aprendemos sobre permisos, empleo e idioma. Buscamos integrarnos y establecernos en el país que nos acoge. Pero también traemos nuestra lengua, nuestras comidas, nuestras tradiciones y nuestros vínculos familiares. Todo ello nos ayuda a conservar quiénes somos, y queremos que esa identidad también sea respetada.
Deseamos que nuestros hijos aprendan inglés o francés y se integren en Canadá, pero también queremos que puedan hablar con sus abuelos, conocer sus raíces y sentirse orgullosos de su origen. Aprender a vivir en una sociedad nueva no debería exigir que sintamos vergüenza de nuestra cultura o que renunciemos a ella.
Comprender cuánto valoramos nuestra identidad y nuestras raíces puede ayudarnos a entender el daño de separar a un niño de su familia y castigarlo por hablar su propia lengua. Esto no significa que nuestras experiencias sean iguales: las dificultades de adaptación de un inmigrante no equivalen a la separación forzada y al intento de borrar una cultura que sufrieron los pueblos indígenas.
Como inmigrantes, también tenemos la responsabilidad de conocer la historia del país que nos acoge y respetar el significado de fechas como esta. Debemos escuchar los testimonios de los sobrevivientes, cuestionar los prejuicios y enseñar a nuestros hijos que las lenguas y tradiciones indígenas merecen el mismo respeto que queremos para las nuestras.
¿Qué debemos aprender de la verdad y la reconciliación?
La llegada de colonos e inmigrantes al territorio que hoy es Canadá forma parte de una historia de más de 400 años. Desde su formación como país en 1867, Canadá ya recibía inmigrantes de distintos países. Entre 1867 y 1914 llegaron millones de personas para establecerse, especialmente en el oeste. Pero no se aceptaba a todas las nacionalidades por igual: se favorecía a determinados grupos, especialmente europeos, mientras se imponían restricciones y exclusiones a otros, como las personas chinas y de ascendencia africana.
Las reformas de 1962 y 1967 eliminaron criterios explícitos de discriminación racial en la selección de inmigrantes. En 1971, Canadá adoptó oficialmente el multiculturalismo, reconociendo el valor de la diversidad cultural y la posibilidad de participar en la sociedad conservando la propia cultura.
El Día Nacional de la Verdad y la Reconciliación también nos invita a reflexionar sobre el respeto a las diferentes culturas que conviven hoy en Canadá.
Las razones por las que emigramos son variadas: buscar seguridad, escapar de la persecución o de conflictos, reunirnos con nuestra familia, estudiar, encontrar oportunidades laborales o construir un futuro mejor para nuestros hijos.
Más allá de nuestras diferencias, debemos reconocer lo que tenemos en común. Aunque tengamos distintos idiomas, religiones y costumbres, muchos compartimos el deseo de vivir con dignidad, sentirnos seguros y pertenecer a una comunidad.
El respeto a la diversidad también tiene respaldo en la Constitución. La Carta Canadiense de Derechos y Libertades protege la libertad de conciencia y religión y la igualdad ante la ley. Además, exige interpretar sus disposiciones de manera compatible con la preservación y el fortalecimiento del patrimonio multicultural de Canadá. Estos principios nos recuerdan que integrarnos no debería exigirnos renunciar a nuestras raíces y que debemos extender a los demás el respeto que deseamos para nuestras propias creencias y tradiciones.
Podemos aprender los idiomas del país, cumplir sus leyes y participar en la sociedad mientras conservamos nuestras tradiciones, creencias y vínculos con nuestro origen. Ese respeto debe ser recíproco: si queremos que respeten nuestro acento, nuestras comidas o nuestras celebraciones, debemos ofrecer el mismo respeto a quienes tienen costumbres diferentes.
También debemos cuestionar nuestros propios prejuicios: ser inmigrantes no nos hace inmunes a discriminar. Haber enfrentado dificultades o rechazo debería ayudarnos a reconocer el daño que podemos causar cuando juzgamos a otras personas por su nacionalidad, religión o pertenencia étnica. El respeto que exigimos para nosotros también debemos ofrecerlo a los demás.
En este Día Nacional de la Verdad y la Reconciliación, recordamos a los niños que nunca regresaron a casa, honramos a los sobrevivientes de las escuelas residenciales y reconocemos el daño causado a los pueblos indígenas, sus familias y comunidades. Como inmigrantes, también nos corresponde conocer esta historia, escuchar sus voces y contribuir a la reconciliación. Esa reflexión debe impulsarnos, además, a comprender y respetar las distintas culturas que conviven en Canadá. El respeto a los pueblos indígenas y a las personas de cualquier origen, religión o grupo étnico debe reflejarse en nuestras palabras y acciones. La igualdad y el rechazo a la discriminación deben caracterizar nuestra convivencia: nadie debería tener que avergonzarse de sus raíces ni renunciar a su identidad para ser aceptado.
Vilma Filici
Consultora de Inmigración certificada










