Los países del Caribe, en su conjunto, han registrado un bajo crecimiento económico en la última década, con un aumento promedio anual del PIB de 1,4%.

La ralentización del crecimiento se explica por la disminución de la demanda externa e interna y el deterioro de los términos de intercambio que generó la crisis económica global de 2009, la desaceleración del turismo y el impacto de fenómenos naturales extremos, ocurridos en los últimos años.

A este escenario se agrega, desde el inicio de 2020, la pandemia de la COVID-19, de inéditas consecuencias mundiales.

En principio se estimó una disminución del turismo entre 60% y 70%, entre abril y diciembre, y la pérdida de más de un millón de puestos de trabajo debido a la pandemia. Según datos estimados de la OMT, en América Latina y el Caribe se han perdido 4,7 millones de empleos relacionados con el turismo, de más de cien millones en el mundo. Al finalizar 2020, la OIT confirmó que se perdieron millones de empleos y en esta cifra no se incluyen muchas labores informales vinculadas con las actividades turísticas.

Juan Rojas – Unsplash

Durante décadas, con pocas excepciones, las pequeñas economías caribeñas se han basado en sus ventajas naturales de sol, arena, mar, las poblaciones de acogida y, más que todo, en su relativa proximidad y conectividad con los principales mercados de viajes y turismo: Europa, los Estados Unidos y Canadá, que han mostrado, en general, las mayores tasas de contagios y fallecimientos por la COVID-19 y que estarán sujetos a factores pospandemia que determinarán el largo camino hacia la recuperación turística, en el escenario de una nueva realidad.

La subregión caribeña es la más dependiente del turismo a nivel mundial, y es esta actividad la que más contribuye a su crecimiento económico y a la generación de empleo.

Antes de la llegada de la pandemia, la subregión ya se encontraba en un bajo nivel de crecimiento y un proceso de cuestionamiento de los modelos económicos y sociales aplicados, debido a que, pese a una ligera disminución de los índices de pobreza, permanecían altos respecto a la desigualdad y vulnerabilidad social.

En este contexto, la pandemia de la COVID-19 irrumpe en una región debilitada y un elevado endeudamiento externo, lo que tiene implicaciones profundas en su futuro desarrollo económico y social.