Quiebra hídrica global

    El mundo atraviesa una “quiebra hídrica global”, según la conclusión central de un informe reciente de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU), que advierte que la humanidad ha sobrepasado un punto crítico en el uso del agua dulce.

   La demanda humana, señala el estudio, ha agotado de forma irreversible los ahorros acuíferos del planeta y está secando los pozos del futuro, para comprometer el acceso al vital líquido, la seguridad alimentaria, la estabilidad económica y la paz social.

   De acuerdo con el texto, por primera vez en la historia, el consumo global de agua supera de manera sistemática la capacidad natural de renovación de ríos, lagos y acuíferos.

    HISTORIA

    A lo largo de décadas, los países han vivido de un “capital hídrico” acumulado durante miles de años, especialmente en aguas subterráneas; pero eso se está agotando, recalcaron diversas voces.

   Lo que antes funcionaba como un colchón frente a sequías y crisis climáticas, expusieron, hoy se encuentra al límite o directamente colapsado.

   Escasez visible de agua potable no es la única manifestación de la llamada quiebra hídrica, la cual, apunta la UNU, representa un proceso silencioso y acumulativo, impulsado por la sobreexplotación de acuíferos, el uso intensivo del agua en la agricultura y la industria, el crecimiento urbano desordenado y el impacto creciente del cambio climático.

    A diferencia de otras crisis ambientales, esta no admite soluciones rápidas, pues cuando un acuífero se agota o se saliniza su recuperación puede tardar siglos, si es que ocurre.

   PREOCUPACIÓN

   Uno de los datos más preocupantes del referido informe es que gran parte del agua que actualmente sostiene la producción de alimentos no es renovable en escalas de tiempo humanas.

   La agricultura consume alrededor del 70 por ciento del agua dulce extraída en el mundo, y una proporción creciente proviene de acuíferos fósiles.

   En regiones primordiales para la seguridad alimentaria global, como el sur de Asia, el norte de China, el Medio Oriente o partes de América Latina, el descenso de los niveles freáticos resulta tan acelerado que se habla de un “pico del agua”, similar al concepto de pico petrolero.

    La crisis hídrica, subraya el informe, es un problema ambiental, y también político y social.

     Sin dudas, la falta de agua profundiza desigualdades, afecta de manera desproporcionada a comunidades pobres y rurales, y aumenta las tensiones entre países y regiones que comparten cuencas hidrográficas.

   Como resulta evidente, en muchas ciudades del mundo, los cortes de agua, la privatización del servicio y el aumento de tarifas son señales tempranas de un sistema que no puede sostener la demanda.

   Además, el documento de la UNU cuestiona el modelo de gestión dominante, basado en la idea de que el agua es un recurso inagotable si se cuenta con suficiente infraestructura.

   Represas, trasvases y pozos profundos han permitido sostener el crecimiento económico durante décadas, pero al costo de ocultar los límites físicos del sistema.

    “Hemos estado gastando más agua de la que el planeta puede reponer, como si no hubiera consecuencias”, sostiene el informe, que compara tal lógica con una economía que vive permanentemente a crédito.

   CAMBIO CLIMÀTICO

   Por otro lado, el cambio climático agrava aún más este panorama, y el aumento de las temperaturas incrementa la evaporación, altera los patrones de lluvia y vuelve más frecuentes e intensas las sequías.

   Al mismo tiempo, las lluvias extremas y las inundaciones no compensan la pérdida de agua utilizable, porque gran parte se pierde por escorrentía o contaminación.

   El resultado es una mayor variabilidad hídrica, que dificulta la planificación y aumenta la vulnerabilidad de millones de personas.

   SOLUCIÓN

   Frente a este escenario, la UNU sugiere un cambio profundo en la forma en que las sociedades valoran y utilizan el recurso de marras e insta a abandonar la visión del agua como un insumo barato y abundante.

   Así, se hace necesario reformar políticas agrícolas, reducir el desperdicio, proteger ecosistemas que regulan el ciclo del agua y garantizar el acceso equitativo.

   Continuar por el camino actual significa hipotecar el futuro, cuando la quiebra hídrica global no es un riesgo lejano y el margen de maniobra se reduce rápidamente.

José Oscar Fuentes
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