¿Te sientes capaz de leer el siguiente párrafo? Encontrarás una sorpresa al comenzar la lectura. Tu cerebro te advertirá, con razón, que hay un problema, pero casi sin que puedas advertirlo él mismo (tu cerebro) lo resolverá. Así, seguramente podrás llegar al final del párrafo habiendo comprendido perfectamente lo que en él se dice.

“Sgeún un eutsdio de una urinvedisad inelgsa, no imrtpoa el odern en el que las ltears etasn ersciats, la úicna csoa iptormnate es que la pmrirea y la útimla ltera etésn etcsrias en la psioción cocrrtea. El rsteo peduen etsar taotlmntee mal y aún pordás lerelo sin plobreams. Etso es pquore no lemeos cada ltera inviddiualmetne . Praa nusetro cebrero cada paalbra es un tdoo.”

Que cuando leemos no lo hacemos siguiendo una a una las letras sino que captamos las palabras como un todo que podemos comprender incluso cuando sus unidades no están en el orden correcto es algo que muchos hemos experimentado antes en diferentes circunstancias…

Por esa razón desde principios del siglo XX se enseña a leer a los niños evitando que deletreen. Cuando a los niñis se les enseña a leer deletreando, finalmente lo hacen, pero se retrasa su aprendizaje.

De todas formas, recordar que eso sucede así es útil para resaltar el mecanismo a través del cual sucede: anticipamos las palabras que seguirán de acuerdo al contexto de lo que estamos leyendo y a nuestra experiencia.

Y en el caso del texto anterior en el que las palabras están mal escritas, nuestro cerebro, una vez que ha descubierto el problema, toma decisiones rápidamente. Anula aquello que le parece mal y decide qué debe entender independientemente de lo que vea.

Esto sugiere una pregunta en la que vale que nos detengamos: ¿eso ocurre solamente con lo que uno lee o también sucede con otro tipo de información que recibimos?

Cada día sabemos más acerca de los mecanismos a través de los cuales analizamos e incorporamos la información que nos llega y las nuevas investigaciones confirman que en el mundo que nos rodea, no hay tanto“hechos” como interpretaciones; y que en el proceso de interpretar cada uno de nosotros introduce su propia experiencia, sus creencias, sus temores, sus esperanzas y sus paranoias.

De esa forma, cuando recibimos información con nuestras alertas bajas, estamos dispuestos a aceptar aquello que nuestro cerebro encuentra parecido a lo que ya creemos y a rechazar todo lo que no se adecua a nuestras convicciones.

Pero como si esa capacidad de atrincherar y abroquelar nuestro propio entendimiento no nos resultara suficiente, somos capaces de dar un paso más.

Podemos “leer” la información como hemos leído el párrafo que suscitó esta reflexión. Desestimando todo aquello que nos molesta y entendiendo sólo aquello que deseamos entender.

Como advertíamos algunas ediciones atrás, en eso precisamente radica el poder de las nuevas técnicas de manipulación y desinformación a través de las redes. Y con esas técnicas se elaboran las campañas dirigidas a exacerbar los temores y los estereotipos que nos aíslan de los otros mientras creemos estar comunicándonos con ellos.

Es por eso que en Correo aspiramos a ser leídos críticamente. A que se pase por el tamiz de la duda cada una de nuestras palabras y se acepte aquello en lo que hemos sido convincentes.

Y a que ustedes se comuniquen con nosotros (a editor@correo.ca) cuando crean que algo de lo que hacemos debe hacerse mejor.

Como nos recordaba en la edición anterior la bibliotecaria y activista comunitaria Verónica Ramírez, es necesario desarrollar esa capacidad desde la niñez, pero se trata de una capacidad que debemos y podemos fortalecer a cualquier edad. Hoy mismo.