Nueva normalidad y viejos olvidos

Si hubiera entre los o las lectoras de este número de Correo alguien que tuviera deseos de conmoverse hasta las lágrimas con un texto en el que se desnuda el alma de su autora, le recomendamos “Carta abierta a mi padre encerrado con demencia: No te he abandonado, papá”, de le escritora y periodista Ximena Hinzpeter, publicado el 29 de abril en la revista digital chilena.The Clinc.

“Se llama Carlos, pero no lo recuerda. Vive en el último piso de un asilo y no sé cómo explicarle que no lo he abandonado, que no puedo visitarlo porque estamos en pandemia”,

nos cuenta Ximena Hinzpeter y a continuación comienza esa carta imaginaria que le dirige a un hombre que ya no sabe cómo se llama y que ya no la conoce:

La próxima vez que pueda entrar al piso quinto, si es que la hay quizá tú consigues irte antes de que la pandemia termine- seguramente no te vas a parar de la cama. Es muy probable, en un buen escenario, que hayas pasado a integrar el conjunto de los postrados que las cuidadoras, cuando les alcanza el tiempo, levantan con grúa para llevar al comedor a recibir cucharadas de sopa verdeamarilla.”

El texto nos presenta una situación en la que se cruzan dos tragedias simultáneas: la del alzheimer, ya tremenda de por sí, y la de la soledad a la que la pandemia ha condenado a cientos de miles de adultos mayores que viven solos o que están internados en lo que en Canadá conocemos como long-term care homes.

Desde el comienzo de su carta, la autora nos coloca, sin piedad, ante la realidad de la demencia y el confinamiento (interior y exterior) que sufren quienes la padecen:

No se sabe cuánta conciencia tienes hoy a mano, papá. La ciencia no lo sabe a ciencia cierta y no hay modo de averiguarlo con certeza. Los cuidadores se contradicen, los médicos no tienen claridad. El día que llegamos aquí, por ejemplo, al abrirse la puerta del ascensor del piso quinto y cruzar su dintel los dos bien tomados del brazo, dos moribundas células de tu cerebro también se dieron la mano como nosotros, hicieron la luz por un instante y me dijiste al oído: de aquí no se sale.

Pero aunque la realidad de fondo sea la de la demencia y sus misterios, existe otra, que nos es más próxima y que todos estamos padeciendo; la nueva realidad en la que el aislamiento es una medida profiláctica indispensable.

Se acabó el tiempo, lo consumimos en un acuerdo envenenado.

¿Cómo te explico que no te abandoné, que es pandemia?

Esta vez yo falté a la cita, esta vez tú te quedaste esperando, sin entender, navegando encerrado en un Arca de Noé sin mañana.

El envejecimiento como obligación y como ¿castigo?

Hemos comenzado este editorial con el texto de Ximena Hinzpete porque nos presenta una situación irresoluble. Un callejón sin salida. Un crimen sin culpables. Y son precisamente ese tipo de situaciones en las que se está entre la espada y la pared las que nos obligan a reflexionar en profundidad y sin la comodidad de las dilaciones; sin el atajo tranquilizador de pensar que el problema no nos atañe o que la solución no nos compete.

Cuando nos enteramos de que el sector mayoritario de las 25.000 personas fallecidas en España estaban internadas en residencias para ancianos,o que cerca de la mitad de todas las muertes ocasionadas por la Covid-19 en Canadá cuando se había cumplido el primer mes de confinamiento, eran personas que ya estaban aisladas en long-term homes, la magnitud del problema se nos escabulle en la enormidad de las cifras. Pero cuando podemos casi tocar la realidad de una sóla de esas personas, como sucede con la “Carta abierta a mi padre…” el drama se comprende mejor.

Porque es natural que si las características propias del virus provocan que las personas mayores sean las más vulnerables, eso se traduzca en un mayor número de fallecimientos en esa franja de edad. Eso es inevitable.

Y es natural que mientras no exista una vacuna o una cura para la Covid-19 y las medidas de distanciamiento social sean la herramienta de protección más eficaz, ese distanciamiento nos abarque a todos. Eso también es inevitable.

Pero lo que ha resultado ser una verdadera injusticia es que precisamente en los lugares en donde las personas más vulnerables están (se nos dice) cuidadas, y donde además no tienen la más mínima posibilidad de eludir el aislamiento, sea en donde tienen más posibilidades de morir. Y morir en las peores condiciones: solas y como si se las hubiera abandonado.

Ha pasado en Argentina, Uruguay o Chile; pasa en el Reino Unido, en España y en Italia; pasa aquí, entre nosotros. Y como dice el periodista David Climenhaga en Rabble:

“(…) the prime minister’s remarks said this was due to “unexpected outbreaks” in long-term care. But if you’ve been paying attention to the galloping privatization in long-term care -a phenomenon that has also impacted the way things are done in not-for-profit and even public facilities – there’s nothing unexpected about it at all.”

This is not complicated to figure out. Scrimping on medical equipment needed by residents and caregivers, cutting corners on safety, chronic understaffing, low wages and job insecurity for staff are all part of the formula for big profits in the long-term-care “industry.” They are also part of the conditions that have made so many seniors’ homes more vulnerable than they should be to a galloping infection.

The only surprise has been the timing of the global coronavirus pandemic. Creeping privatization of seniors’ care has been encouraged by neoliberal governments throughout Canada for decades.

This is not just a tragedy, it’s a story with a significant political side.

Esa será una de las mil cosas que tendríamos que tratar de cambiar en la post-pandemia. El alargamiento artificial de la vida más allá de lo que resulta digno sumado al confinamiento de las personas que han perdido su autonomía en lugares que se han transformado en una “industria”, inhumana y redituable como pocas, da como resultado esto. Es un viejo olvido de los viejos que en algún momento debería finalizar y ese momento es: cuanto antes.

Esas son las cosas que se deben tener en cuenta cuando se vota y deberemos recordarlo la próxima vez.

El 15 de junio se celebra el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y el Maltrato a las personas de edad, y esta vez deberemos hacer énfasis en dos de la formas de maltrato que muchas veces pasan desapercibidas: la negligencia y el maltrato institucional.

nota estará disponible el día 4 de mayo