2019 – El año en que vivimos sin frivolidad (3)

Jacinda Ardern: la empatía y el abrazo

Cuando una figura pública, en un momento de extrema turbación social, sabiendo que lo que de ella se espera son apenas demostraciones de solidaridad y pesadumbre, dice algo tan inhabitual y rotundo como «They are us», nos está dejando una profunda enseñanza de humanidad.

Jacinda Ardern, la Primera Ministra laborista de Nueva Zelanda, ya se había hecho notar por la propuestas progresistas que la habían llevado al gobierno de su país, por haber quedado embarazada siendo Jefa de Estado, y por haberle dado de mamar a su pequeña hija de tres meses en la Sala de Conferencias de Naciones Unidas.

Sin embargo, su llegada a los principales titulares de la prensa mundial se produjo en mayo de 2019, cuando un “white supremacist” atacó a quienes asistían a un oficio religioso en una mezquita, asesinando a 50 personas (casi todas ellas inmigrantes) e hiriendo a varias decenas más.

They are us, dijo Jacinda para condenar aquello y trataremos ahora de exprimir esas tres palabras para hacerlas nuestras.
Decir que “ellos” son “nosotros” implica mucho más que expresar pena o solidaridad por algo que otros han sufrido. Sin desconocer el valor inmenso que la solidaridad tiene, vale tomar en consideración que sólo nos solidarizamos con quienes no son un “nosotros”; nos solidarizamos con quienes sufren algo que nosotros no estamos sufriendo. La solidaridad misma supone una barrera que nos separa -y quizás simbólicamente nos protege- de lo que estamos condenando.

El They are us de Ardern, en cambio, entraña una radical inversión del sentido y no puede extrañarnos que esas palabras hayan sido dichas por una mujer. Una mujer que, en un sólo acto, empatiza, abraza, y quiebra la realidad normalizada. Re-descubre y re-conoce una realidad nueva en la que quienes son habitualmente considerados como “otros” (los inmigrantes, los que creen en otra deidad y tienen otro color) forman parte de un “nosotros” ampliado más rico y más fuerte.

Aquellas palabras fueron el llamado a un cambio sustancial de posicionamiento, que deja atrás el multiculturalismo -por insuficiente- y afirma una nueva y más integradora interculturalidad. Y ese llamado nos llegó no desde una posición de poder (aunque ella detentara uno no menor), sino desde un espacio esencialmente femenino que visibilizó, admitió y desnudó la vulnerabilidad que nos une frente a las ideologías de la exclusión, el racismo, el desprecio y el odio.