Xenofobia, racismo y desigualdad en un continente vulnerable

Iniciamos con esta entrega una serie de notas sobre el tema Racismo y Desigualdad en América.


Si deseáramos poner ejemplos de comunicación caótica y desinformación planificada, podríamos tomar, aisladamente y sin relacionarlas entre sí, las explicaciones que altas figuras de los gobiernos latinoamericanos y/o una parte muy importante de la prensa encuentran para explicar acontecimientos recientes en sus respectivos países, que incluyen protestas generalizadas, respuestas inusualmente violentas por parte del Estado y violaciones de derechos constitucionales básicos.
Sin embargo, si en lugar de tratar de analizar esas explicaciones aisladamente, siguiéramos aquellos puntos que les son comunes, veríamos que el pa- norama que surge es completamente diferente.

Las explicaciones brindadas por Lenin Moreno y su vicepresidente Otto Sonnenholzer durante los primeros días de la insurrección en Ecuador en contra de las políticas acordadas por su gobierno con el Fondo Monetario Internacional, las recientes palabras de Sebastián Piñera de Chile cuando debió enfrentarse a un grupo de estudiantes secundarios que protestaban por el alza de precios del metro de Santiago, los desangelados discursos de campaña del argentino Mauricio Macri en el último mes,y lo que explicaba su Ministra del Interior, Patricia Bullrich en ocasión de haber descubierto hace dos años y medio una “guerrilla mapuche en el sur de la Argentina”, tienen un hilo conductor. Y lo tiene el énfasis con el que el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, denuncia violaciones de los Derechos Humanos en unos países mientras las disculpa en otros, o el cambio de discurso y sobre todo de actitud de los gobiernos de Colombia, Chile, Ecuador y Perú para con los inmigrantes y refugiados venezolanos antes y después de su llegada.
En cada uno de esos casos y en otros que no podemos enumerar ahora, apenas surgen los primeros esbozos de un problema social no previsto, se denuncia la acción de un enemigo externo. En primer lugar, no hay descontento legítimo en las calles sino que hay un enemigo. Y al haber un enemigo hay un virtual estado de guerra. Se los ha detectado y algunos ya han sido detenidos. Se ha secuestrado documentación que revela su financiamiento. Se trata (según los casos) de infiltrados venezolanos, cubanos, de las FARC e incluso de Hezbolá. Responden al Foro de San Pablo. Actúan en las sombras y se ha comprobado que utilizan en sus molotovs un combustible desconocido de fabricación china o lanzas peligrosísimas. Cuando el denunciante tiene alguna inclinación por la poesía (es el caso de Almagro), puede mencionar una “brisa bolivariana”. Cuando es un poco más impresionable (como fue el caso del canciller argentino Jorge Faurie refiriéndose a lo sucedido en Chile en estos días) denuncia un “huracán chavista” que trata de sustituir las democracias liberales por dictaduras populistas.

Cuando “eso” que amenaza destruirnos es demasiado masivo, no puede ser atribuido a conjuras externas, y para colmo triunfa ampliamante en elecciones inobjetables, como en el caso argentino, son la indiada, los choriplaneros, los negros. Fueron hace décadas, cuando los racistas eran cultos, “el aluvión zoológico”. Hoy, para una derecha venida a menos y con menos vuelo literario, son simplemente “esos turros que votaron a la yegua”, como puede oírse no sólo en la calle, sino también en la radio.

Cuando ni siquiera protestan sino que sólo están ahí, con sus diásporas a cuestas, tratando de vender algo en la calle u ofreciéndose para trabajar o tener sexo por lo que les den, son esos haitianos o venezolanos o dominicanas que “vie-nen a aprovecharse de lo que es nuestro y a robar y a enfermarnos”, como repiten día a día en las redes miles de latinoamericanos como si cada uno de ellos fuera una pequeña reproducción hispana de lo peor de Trump.

Y si no se trata de gente que protesta por lo que no tiene sino de personas que tratan de defender derechos recientemente adquiridos, como es el caso de las casi 10.000 mujeres indígenas bolivianas que marchaban con sus hijos el miércoles 6 de noviembre en Cochabamba en defensa del que consideran su gobierno, son cholas sucias, indias de mierda, y se las puede dispersar atropellándolas con motos, golpeándolas con bates de béisbol o gaseándolas con bazookas de construcción casera. Y hasta es posible secuestrar a una alcaldesa durante horas, y someterla a vejámenes físicos y psicológicos tales como cortarle el pelo, pintarla de rojo o hacerla jurar que se irá de su propio país.

Después, en algún momento, todo pasa, se transforma y se olvida y se perdona.

Es el momento en que el mismo presidente que anunciaba una guerra, pide disculpas y promete “una agenda de reformas que los chilenos merecen”. Es el momento en que la ministra que estaba alarmada por la “guerrilla mapuche financiada por Hezbolá” anuncia que se dedicará a la actividad privada porque ya no se la quiere en el gobierno.


Es el momento en que Lenin Moreno libera a los terroristas venezolanos porque eran taxistas, y se sienta a dialogar con “los hermanos indígenas” sin aclarar qué está dispuesto a ceder en el diálogo. Y será el momento en que quienes lideran la oposición boliviana, ya producido el Golpe de Estado en contra de un presidente indígena que posibilitó un período de estabilidad y crecimiento inédito en el país, se presentarán ante el mundo como hombres blancos confiables y capaces de generar un buen clima de negocios.

Todo pasa y todo queda como recordaba Antonio Machado. Pasará la insurrección en Chile y en algún momento habrá cambios que amortigüen la desigualdad enquistada en sus instituiciones. Pasó la era de los CEO’s en Argentina y el nuevo gobierno verá si puede rearmar un país endeudado hasta la asfixia. Pasará el mal momento de Bolivia como han pasado otros. Mientras, gobernarán los que ahora azuzaron motoqueros de clase media en contra de mujeres campesinas en nombre de Jehová. Y pasarán Bolsonaro y sus delirios de capitán incendiario y generador de desigualdad algún día, como nos lo augura la reciente liberación de Lula.

Pero cualquiera sea el resultado de los procesos políticos en esos países y en otros de la región que atraviesan situaciones de conflicto, lo triste y lo peligroso, lo que queda y no pasa, es que desde el propio gobierno en algunos casos, o desde la sociedad y la prensa en otros, se han despertado y desatado una vez más el racismo y el temor o el odio hacia los “otros”. El racismo y la xenofobia no retroceden una vez que los ánimos se calman y los gases lacrimógenos se disipan, sino que siguen permeando transversalmente todo. Y en el continente más desigual del planeta, la emergencia de esos sentimientos representa un riesgo enorme. Ya sabemos el lodazal de miseria en el que nos hunden.

Porque la xenofobia y el racismo son dos motores de la desigualdad que se pretende corregir. Dos elementos que lastran e inmovilizan cualquier intento de construcción comunitaria sana. Dos demonios latentes, que nunca se han ido y están siempre dispuestos a ensuciar cada rincón de nuestras almas.

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