¿Cortan las amarras?

Como si se tratara de aquel viejo ballenero capitaneado por un enloquecido Ahab cegado por sus propias pesadillas, vagando por los mares del mundo detrás de una ballena blanca, nuestros vecinos del sur parecen decididos a no encontrar la paz.

Por: EQUIPO EDITORIAL

El tema que habíamos planeado abordar ocupa un lugar importantísimo con independencia del contexto en el que se lo trlotas armadas hasta los dientes que amenazan a Irán, guerra comercial con China, que no por eso olvida que es la segunda (¿o la primera?) potencia en ese rubro, distanciamiento cada día mayor con sus aliados de la Unión Europea, tirantez con Naciones Unidas a propósito de todo, intercambio de insultos con una Corea del Norte que sube las apuestas, intimidación y embargo al que fue hasta hace no muy poco su principal abastecedor de petróleo, el refuerzo de viejos bloqueos, escaramuzas tarifarias con sus dos ex asociados en el Nafta, negación del cambio climático, pánico y ferocidad ante caravanas de algunos cientos de desposeídos que quieren encontrar un lugar en donde limpiar pisos y cuidar jardines sin que los maten, acusaciones a Rusia pero ahora también a Australia de interfereir en sus procesos electorales…y como si todo eso fuera poco, una muralla que los separe (posiblemente para siempre), del todo lo que late y vive al sur del Río Grande.

De modo similar y dejando de lado las obvias diferencias de poderío, una Isla Británica solitaria y disminuída, seguramente sin la compañía de Irlanda y con el posible desprendimiento de Escocia, se empeña en condenarse a si misma a una deriva desnorteada y fuera de época, dándole la espalda una vez más al continente que la ha sostenido hasta ahora a pesar de sus malos modales, sus pésimos cálculos y su incomprensible soberbia de anticuario post imperial.

Australia, a su modo, parece no querer quedarse atrás en su particular narcisismo de colonia.. Su electorado, contra todos los pronósticos y después de algunas de las peores catástrofes ambientales que el mundo haya presenciado, acaba de respaldar de modo decidido el populismo negador del cambio climático y promotor de políticas xenófobas y racistas, que destratan por igual a sus nuevos inmigrantes y a sus pueblos originarios. No quedarán a la deriva porque en eso parece consistir su geografía y su historia, pero está claro que serán, en su región, un motivo de fastidio y un factor desestabilizador (por si no hubieran ya suficientes).

¿Y Canadá?

Hay momentos en que parece que Canadá dudara.

Hay momentos en que, ante la falta de comprensión que existe en las elites del país –e incluso en su prensa- respecto a los problemas que aquejan a las sociedades latinoamericanas, por ejemplo la venezolana[*], o si atendemos el modo en que alcanzan el apoyo popular proyectos políticos que parecen un calco torpe de lo peor que se perpetra al sur de la frontera, parecería que Canadá estuviera tentado de acompañar a sus asociados en la deriva hacia sí mismos, hacia las ballenas blancas y hacia el aislamiento.

Pero hay otros momentos en que algo nos dice que no. Que la convivencia de culturas y de idiomas ya embebida en la piel misma de la sociedad canadiense, el tramo de su historia reciente que más la acercan a tradiciones humanistas y progresistas, y el aporte de experiencias adquiridas de una inmigración que alimenta al país y lo sostiene, podrán impedir, en conjunto, que algunos desaprensivos convencidos de su excepcionalidad (que siempre los hay, lamentablemente) puedan cortar amarras.

Porque para eso, para salvaguardar la sensatez, las buenas decisiones y la paz, también sirve la diversidad.

[*] Volveremos a este tema en nuestra edición del 27 de junio.