¿Qué estrategia? Los preocupantes “side effects” del tacticismo electoral

En nuestro número anterior vimos algunas de las características del sistema electoral canadiense que podrían ser factores que inciden en la baja participación electoral. Así, analizamos el modo en que el sistema First Past The Post, por un lado, permite que el partido triunfante alcance una mayoría parlamentaria mayor al porcentaje del voto popular que ha obtenido (en detrimento, por lo general, de los partidos ubicados en el tercer y cuarto lugar) y vimos que un alto porcentaje de la ciudadanía que ha votado, queda sin representación real.
Vimos además que el propio sistema, al favorecer la formación de gobiernos mayoritarios, conduce a que no sean frecuentes la alianzas interpartidarias, lo que a su vez moldea una cultura política en la que, a nivel partidario, existe mayor confrontación que acuerdos programáticos, por lo que la ciudadanía compensa esa falta de compromisos entre partidos a través del mecanismo conocido como “voto estratégico”, es decir trasladando votos desde los terceros o cuartos partidos hacia los que están ubicados en primer y segundo lugar en las encuestas.
Esa opción, casi inevitable y que parece racional cuando, como es frecuente, una parte de la ciudadanía está decidida a impedir el triunfo de un partido determinado, implica varios riesgos de largo plazo que también podrían estar influyendo en la baja asistencia a las urnas.
Veamos, con la brevedad exigida en una nota periodística cuáles son esos riesgos.
El primero y más obvio, por supuesto, es un convencimiento generalizado en los votantes:: para decidir el voto importa menos qué plataforma y qué políticas impulsa el partido al que se votará que la plataforma o la política del partido que se rechaza. Esto, que parece obvio y natural, no es algo que debamos descartar como factor desmovilizante, ya que la capacidad de los partidos políticos para encolumnar a sus adherentes en pos de de una propuesta o una idea, está en la base de toda democracia que se respete a sí misma. No es lo mismo votar a favor de algo que se supone que es mejor, que hacerlo para evitar algo que se ha identificado como lo peor.
Pero además, y esto es particularmente cierto para el caso canadiense, esa falta de entusiasmo y de adscripción a una propuesta, genera identificaciones partidarias débiles y circunstanciales, una situación que finalmente determina efectos colaterales inevitables.

Los “side effects” de las opciones tácticas

Los porcentajes del llamado “voto estratégico” son diferentes en cada elección, porque la potencia del voto estratégico depende de la urgencia que una parte de la ciudadanía sienta por cambiar su voto buscando revertir un resultado que teme, pero se calcula que en Canadá, alrededor de un 15-20% de los votantes se mueve en un abanico que va desde el partido Liberal en el centro, hacia los dos partidos que están ubicados, en el imaginario social, a su izquierda (el NDP a la izquierda en temas de políticas económicas y el Partido Verde en temas de política ambiental).
Esos votantes, que pueden votar a uno de los dos partidos minoritarios cuando el partido Liberal lidera con comodidad las encuestas previas a una elección, pero que votarán por el Partido Liberal si es el partido Conservador el que aparece en la delantera, están entre los sectores del electorado más jóvenes, el segmento más lábil en términos de compromiso partidario. Lo contrario ocurre en el Partido Conservador, que tiene un electorado mayor en términos de edad. Como vimos en la primera de esta serie de notas, los adultos mayores asisten a las urnas en un porcentaje sensiblemente mayor al de los jóvenes, su adscripción partidaria es más fuerte, y por lo tanto al tiempo que la sociedad envejece, los sectores conservadores se forrtalecen electoralmente.

La opción de “voto estratégico”, que en realidad debería ser denominada “voto táctico” ya que no implica proyecciones de largo plazo sino que se reduce a decisiones instrumentales que pueden cambiar de una elección a la siguiente, es tan válida y racional como cualquier otra, pero provoca, sin que los votantes lo busquen, el congelamiento de un sistema idealmente pluripartidista en un bipartidismo de facto, lo que a su vez, al reducir el abanico de opciones de las que dispone el votante, facilita su desconformidad, su desencanto y su desafectación respecto al sistema

Porque además, como veíamos en la nota anterior, el partido al que se trasladan los “votos estratégicos”, no tiene forma de contabilizarlos como “votos prestados” a los que hay que cuidar teniendo en consideración sus preferencias reales. El votante estratégico, en realidad, ha votado por lo que no quiere, pero no ha expresado una voluntad clara de lo que sí querría. Son votantes cuya propia estrategia (y podríamos decir su propia juventud) contribuye a invisibilizarlos y a desarticularlos.
Por eso la pregunta del título. Como ha dicho Kevin Page, presidente del Institute of Fiscal Studies and Democracy y ex Parlamentary Budget Officer:

“Democracies are in pressure across the world. Canada is not inmune. I believe the best antidotes are institutional renewal and efforts by citizens to find coalitions that go beyond traditional party lines.

Para eso, para que no sean los ciudadanos quienes deban corregir la incapacidad de sus partidos para alcanzar acuerdos, quizás Canadá deba en el futuro próximo plantearse la reforma de su sistema electoral. De ello tratará nuestra próxima nota.