Hacia la “nueva normalidad”: desde la sed de besos hasta el “síndrome de la cabaña”

En ediciones anteriores hemos repasado algunos de los riesgos que suponen, para la salud mental, el confinamiento y las medidas de alejamiento físico que se han debido implementar en la casi totalidad de los países afectados.

La depresión y sus diferentes variantes se pueden ver agudizadas por el confinamiento, en especial entre aquellas personas que deben atravesar este período en soledad.

También se pueden agudizar conductas de riesgo como las adicciones y, en el caso de las mujeres y niñas, aumenta la vulnerabilidad a las situaciones de abuso, lo que a su vez repercute en la estabilidad psíquica de las afectadas y en su posibilidad de buscar ayuda.

Sin embargo, tras el tiempo transcurrido y ante los anuncios de que en varios países se iniciarán etapas tendientes a que se recupere la normalidad en algunas actividades, cabe comenzar a tener en cuenta dos situaciones que se van poniendo en evidencia y que, aunque son absolutamente normales, es necesario aprender a manejar adecuadamente.
Una de ellas es la necesidad de recuperar los abrazos, las expresiones físicas de afecto y la contigüidad que, en especial en nuestra cultura, forman parte de un modo de ser al que, con razón, no estaremos dispuestos a renunciar.

A esta situación, que llamaremos “Sed de besos”, aunque por supuesto no sólo tiene que ver con los besos sino con toda la esfera afectiva que tan necesaria nos resulta, volveremos en nuestra próxima edición.

Hoy en cambio nos referiremos a lo que se conoce como Síndrome de la Cabaña.

Qué es el Síndrome de la Cabaña

Es posible que muchas de las personas para las que el estado de alarma y las medidas de confinamiento fueron un golpe difícil de asimilar y que por consiguiente experimentaron en el primer momento niveles intensos de ansiedad, puedan experimentar ahora ese conjunto de sensaciones que se han comenzado a denominar “síndrome de la cabaña”, caracterizadas por un deseo que no se puede explicar bien de permanecer en casa y un temor indeterminado a salir fuera.
La imagen de la cabaña, en este caso, es el hogar o el espacio que a lo largo de estos dos últimos meses nos ha servido de refugio y que, a pesar de que puede haber resultado incómodo o haber adolecido de una serie de carencias importantes, nos ha mantenido a salvo de un riesgo que se encontraba en el exterior: un invisible pero real.

La situación en síntesis, que se cruza con otro de los problemas que hemos tenido en éste último tiempo (el exceso de información no siempre confiable y no siempre coherente), es: fuera hay y seguirá habiendo un riesgo. En las cosas que toque. En el aire que respire. En el medio de transporte que deberé abordar. En las personas con las que me cruce o con las que tenga que interactuar. Aquí dentro no me ha sucedido nada de eso que le ha pasado fuera a tanta gente y entonces ¿cómo salir?

Es importante remarcar que no se trata de un trastorno psicológico, por lo que no hay definición oficial sobre ello. Más bien hablamos de una consecuencia conocida, o incluso podría verse como “natural”, al hecho de pasar tanto tiempo confinados.

Es una consecuencia lógico de los mecanismos de adaptación que tenemos como especie y que son precisamente los que nos ayudan a sobrevivir a los cambios. Al inicio de las medidas de confinamiento debimos adaptarnos a una nueva forma de experimentar el medio que nos rodea (tele-trabajo, tele- entretenimiento, tele-compras, interacción con una, dos o muy pocas personas de nuestro entorno más íntimo.

Así, quien experimenta el “síndrome de la cabaña” podrá sentir ahora ansiedad, evitación e irritabilidad por el mero hecho de pensar en salir a la calle o retomar la vida y las relaciones que tenía antes del confinamiento.

Por supuesto, las personas que han pasado el confinamiento solas, tienen más posibilidades de desarrollar el “síndrome de la cabaña”.

El acostumbramiento a no tener ningún contacto físico o cercano con otros persona puede haber creado una forma de rechazo a lo que durante este último tiempo ha sido excepcional. Además, no podemos olvidar que la epidemia no está superada por lo que el riesgo de contagio es real, pero el síndrome de la cabaña” no tiene que ver con el miedo a los riesgos reales, sino con la inseguridad ante las situaciones sociales que nos han sifdo habituales siempre.

Qué hacer si experimentamos ese tipo de sensación

En primer lugar, deberemos tener claro que las salidas deben ser graduales, de manera de poder ir regulando lo que en ellas nos sucede y que cada una de ellas debe tener un objetivo claro y determinado, es decir que no deberían ser salidas en las que nos propongamos hacer varias cosas en un período corto de tiempo.

Para ello nos ayudará que las “aperturas” serán graduales y en ese caso no deberemos desaprovechar las primeras oportunidades de salir y hacer ejercicio o simplemente tomar sol.

Si asociamos la salida al exterior, que nos agobia, con una consecuencia placentera (dentro de las posibilidades existentes) resultará más fácil que nos atraiga repetir la experiencia en los d’ias subsiguientes. Serán esas salidas las que oficiarán como “trampolín” que nos ayudará a dar el paso a la etapa posterior.
Lo segundo a tener en cuenta para aliviar los síntomas del “síndrome de la cabaña” es respetar y seguir los protocolos de seguridad estipulados.

Frente al miedo al contagio estas pautas de distanciamiento social, lavado de manos y uso de mascarilla (entre otras) nos puede proporcionar la sensación de seguridad que necesitaremos para aislar los temores racionales de los irracionales y de ese modo superar éstos últimos.

En estos momentos, más que nunca, es importante escucharnos y atender a nuestras necesidades para que podamos salir adelante de la manera más respetuosa con nosotros mismos y con los demás.

La situación es excepcional y no hay una única manera correcta de enfrentarla. Si sientes que te genera malestar la idea de salir al exterior es importante buscar ayuda. Esa ayuda puede ser, desde una consejería, hasta la compañía de alguien en quien confíes.

Dejarnos acompañar es un acto de generosidad con nosotros mismos.

Lois es una conocida reportera que fue capaz de desempeñar tareas típicamente masculinas en una época en la que las mujeres aún estaban limitadas a la esfera doméstica y totalmente apartadas de la esfera pública. Y si bien se trata obviamente de un pseudónimo utilizado por alguien que no desea ser reconocido/a, en Correo estamos orgullosos de sus colaboraciones.