15 de junio – El maltrato institucional a las personas de edad ya es inocultable.

Si usted ha comenzado a leer esta nota, préstele atención a las siguientes cifras y téngalas en cuenta en éstos días cuando escuche hablar del Día Internacional de Toma de Conciencia sobre el Maltrato a las Personas de Edad, que se celebra en todo el mundo cada 15 de junio.
En la década de los ‘90, la provincia de Ontario contribuía con una suma de $ 7 para la alimentación de las personas de edad que vivían en “Long Term Homes”. Hoy, esa contribución es de $ 8.30.
No hacen falta muchas explicaciones. Asumamos que $ 7 era un monto adecuado 25 años atrás (y quizás lo fuera). Realicemos el cálculo de a cuánto debería ascender el costo de la alimentación de una persona de edad institucionalizada hoy, y el resultado es $ 13.
Dicho de otro modo: cada adulto/a mayor que debido a su edad o como consecuencia de problemas de salud física o mental ha perdido parcial o totalmente su autonomía y se ve en la necesidad de vivir en una residencia, le sumará a sus males una alimentación insuficiente, por lo que su vulnerabilidad y sus sufrimientos se verán acrecentados con cada día que pase.
Y para tener una adecuada dimensión del problema, tengamos en cuenta que debido al envejecimiento poblacional, las personas que enfrentan la posibilidad de que eso les suceda, son cada día más.
Las cifras anteriores forman parte del trabajo After COVID-19’s tragic toll, Canada must improve quality of life in long-term care homes, firmado por los doctores Bob James y Joel Lexchin, especialistas en el tema desde hace más de 3 décadas y publicado en The Conversation hace pocos días.
En el mismo trabajo y en muchísimos otros del mismo tenor, se mencionan otras carencias notorias en este tipo de instituciones, tanto públicas como privadas:

  • insuficiente higiene personal de quienes no pueden valerse por sí mismos,
  • deficiente limpieza de las ropas de cama,
  • habitaciones en las que se alojan más personas que las previstas,
  • baja estimulación física y mental y excesiva quietud y sedentarismo,
  • pocas actividades de recreación o ejercicios que, además, suelen estar a cargo de personas que no están debidamente capacitadas y reciben retribuciones que no les permiten trabajar en un sólo lugar,
  • insuficiente cantidad de personal médico y de enfermería.
    Todo lo anterior, que ha sido durante años un secreto a voces, se puso en evidencia durante la pandemia que estamos atravesando. Todos fuimos testigos de escenas de horror, con personas a las que no les llegaba la poca asistencia que antes se les daba, e incluso cadáveres abandonados a su suerte durante días.
    Abuso, maltrato y negligencia: un complejo set de injusticias naturalizadas.
    Quien esto escribe tuvo la oportunidad de trabajar la temática del abuso hacia las personas de edad hace algunos años y se encontró con una situación extraña.
    En primer lugar, existía y aún existe un desconocimiento generalizado de qué situaciones constituyen abuso (en español es más apropiado referirnos a “abuso, maltrato y/o negligencia”. El abanico de situaciones es amplio y en ocasiones se las ha naturalizado tanto que es imposible visualizarlas.
    En segundo lugar, existía y aún existe una enorme confusión acerca de cómo, una vez detectados, deben ser investigados y denunciados los casos de abuso y las razones (muchísimas) que pueden llevar a un adulto mayor que padece abuso, maltrato o negligencia, en especial cuando se trata de una mujer, a no querer realizar la denuncia de la situación que padece.
    En tercer lugar existía y aún existe una amplia incomprensión de las razones que pueden llevar a una persona a transformarse (con o sin conciencia de ello) en un maltratador.
    Pero, y esto es particularmente importante, existía y aún existe un manto de silencio oprobioso en dos de las tipologías más importante del abuso, el maltrato y la negligencia que pueden sufrir las personas de edad. Y estas tipologías son el Maltrato Institucional y el Encarnizamiento Terapéutico.
    Las personas mayores y las instituciones
    Es profundamente injusto (y la palabra adecuada podría ser “pusilánime”) pretender que las situaciones de abuso se limitan a las que puedan provenir de una persona (que frecuentemente es aquella que está a cargo de los cuidados) y desatender aquellas originadas en las instituciones (servicios de salud, servicios de seguridad social, residencias, etc). Eso se debe a que enfrentar y denunciar a una enfermera que está a cargo de 10 personas con Alzheimer durante 10 horas al día, o a una hija que ya no sabe qué hacer para trabajar y al mismo tiempo cuidar a sus hijos y a su madre, es más sencillo que enfrentar y denunciar a una institución que cuenta con medios y capacidad (abogados, prensa u otras instituciones) para defenderse.
    Pero como se dice habitualmente, de esos polvos vienen estos lodos y el panorama de desolación y desamparoa que quedó al desnudo entre marzo y mayo en las Long Term Homes de la provincia de Ontario no puede dejarnos indiferentes.