El pecado de ser el otro – El oprobio de Little Rock – Bob Dylan y Nicolás Guillén

El pecado de ser el otro que otros se niegan a aceptar

La indignación generada en las redes sociales cuando Amy Cooper llamó a la policía de Nueva York, simulando llanto y desesperación y acusando a un hombre negro de estar molestándola (ver nota de página 6), es comprensible a la luz de lo que la historia reciente de los EEUU nos enseña.
Hay siempre hombres dispuestos a matar a los más débiles para disimular su propia cobardía. Y son peligrosos.

Recordemos, si no, a Emmet Louis Till, linchado a los 14 años, en 1955, por haber silbado al paso de una joven blanca.

Cuando en 1962, casi 7 años después de la tortura y el linchamineto de Emmet en Mississippi Bob Dylan (el hoy laureado con el Premio Nobel de Literatura) estrenó, en la emisora de radio WGS su “The Ballad of Emmett Till”, las líneas telefónicas colapsaron ante las 8.394 llamadas de personas indignadas por lo que estaban escuchando. Y el crítico y broacaster Sthephen J. Whitfield catalogó a aquella canción como “malvada y repugnante”.

El oprobio de Little Rock visto desde un largo lagarto verde

Desde aquel “largo lagarto verde con ojos de piedra y agua”, como definía a su isla, observó el cubano Nicolás Guillén los sucesos del Little Rock, Arkansas, en 1957. Con el mismo asombro dolorido e indignado con el que había presenciado, dos años antes, el linchamiento de Emmet Till en Mississippi.

Así, en 1958 puso su indignación en palabras desde una negritud que si se reconocía también discriminada (porque vaya si existía y existe discriminación en nuestra América) comprendía la enorme diferencia que existía entre una sociedad como la suya (como las nuestras) y el apartheid fundamentalista, ciego y brutal que ese 1957, se negaba a aceptar que los niños o adolescentes negros fueran a las mismas escuelas que los niños blancos en el convencimiento de que la coexistencia de razas en los bancos escolares equivalía a comunismo y era contrario a los mandatos de Dios.

A eso llegaban por entonces en la meca del mundo.

La Suprema Corte de los EEUU había dispuesto que los chicos negros fueran admitidos en escuelas que hasta ese momento estaban reservadas para blancos y eso desató la ira de los segregacionistas que en septiembre de 1957 apoyados por el Gobernador Orval Faubus y la Guardia Nacional bloquearon el acceso a las escuelas para impedir el ingreso de los indeseables.
Elizabeth Eckford, una de las 9 estudiantes secundarias que lo intentaron narró después:

They moved closer and closer. … Somebody started yelling. …
I tried to see a friendly face somewhere in the crowd—someone who maybe could help. I looked into the face of an old woman and it seemed a kind face, but when I looked at her again, she spat on me.

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