22 niños viajando entre la crueldad y el humanismo extremo

El 30 de noviembre de 1803 zarpaba del puerto de La Coruña, el velero María Pita y se inicaba así una travesía de más de 7 años alucinante, heroica y cruel.

A bordo, viajaban sólo 37 personas: La tripulación mínima imprescindible, el cirujano de la corte de Carlos IV, Francisco Balmis, cuatro médicos asistentes, tres enfermeras, Isabel Zendal -hasta entonces rectora de un orfanato-, y 22 niños huérfanos de entre 3 y 9 años a los que debían mantener vivos porque transportaban en sus bracitos algo inapreciable: el virus de la viruela.

Junto a los niños, que debían ser inoculados y re-inoculados con el virus de la viruela vacuna cada 9 días, la extraña expedición llevaba también 2.000 ejemplares de un manual con instrucciones para establecer juntas de vacunación en las ciudades que el buque visitara, de modo de garantizar la conservación del fluido y la vacunación de las generaciones futuras.

Aquella expedición, denominada oficialmente Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, había sido decidida y financiada por la corona española y fue la primera misión humanitaria de medicina preventiva de la historia. Pero viajemos un poco hacia atrás para entenderla mejor…

Una hija de Carlos IV, la infanta María Teresa, había fallecido víctima de la viruela en 1794, a los 3 años de edad, y su muerte había sensibilizado al monarca respecto al tema, aunque también es cierto que por aquellos años toda Europa sufría una epidemia de viruela particularmente mortífera y preocupaba mucho que se pudiera extender hacia las colonias.

Desde hacía mucho tiempo se sabía que las ordeñadoras de ganado lechero contraían ocasionalmente una variedad benigna de la viruela conocida como “viruela de las vacas” y que tras esa infección parecían ser inmunes a la viruela humana. En 1796 un médico rural inglés, Edward Jenner, había tomado muestras de las pústulas de una de aquellas mujeres para luego inocularlas en James Philips, un niño de 8 años, hijo de su jardinero. El pequeño mostró síntomas de la enfermedad pero leves, y no murió. Y lo mismo ocurrió con otros 23 niños en los que se ensayó el mismo procedimiento. Pero además se demostró que el pus de la viruela bovina podía inocularse de persona a persona, lo que evitaba la utilización de ganado en el proceso, dato no menor si se tiene en cuenta que los animales eran valiosos pero los niños pobres no.

Aquella novedad se difundió rápidamente por Europa y muy pronto se comenzó a planificar en España una expedición que llevase la vacuna a las colonias. El principal obstáculo, que parecía insalvable, era que no había ningún método para que la vacuna resistiese un viaje tan largo y fue al cirujano Balmis a quien se le ocurrió la solución: llevar en el viaje a cierto número de niños, e ir pasando cada nueve o diez días la vacuna de uno a otro mediante inyecciones con el fluido de las pústulas.
Entre aquellos niños se encontraba el propio hijo de Isabel Zendán, Benito Vélez, de nueve años y el resto contaba con entre 3 y 8, incluyendo a un pequeño cuyo nombre no se recuerda ya que murió en el viaje.

Las normas de la expedición indicaban el cuidado que aquellos niños debían recibir.

[…] Serán bien tratados, mantenidos y educados, hasta que tengan ocupación o destino con que vivir, conforme a su clase…

Cada uno de ellos recibió un hatillo que contenía dos pares de zapatos, seis camisas, un sombrero, tres pantalones con sus respectivas chaquetas de lienzo y otro pantalón de paño para los días fríos. Para el aseo personal: tres pañuelos para el cuello, otros tres para la nariz y un peine; y para comer: un vaso, un plato y un juego completo de cubiertos.​

La misión y sus muchos destinos

La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna consiguió llevar su tesoro de niños esclavizados y vida hasta las islas Canarias, y a los territorios de las actuales Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, América Central y México (incluyendo California, Nuevo México, Arizona y Texas), para luego llegar hasta las Filipinas y China.

Hoy somos concientes de hasta qué punto la ciencia y la política han experimentado sobre el cuerpo de los niños, las mujeres, los pobres y los diferentes en muchísimas oportunidades, y aquella expedición fue quizás un hito difícil de superar. Pero aún así, admira repasar su recorrido.

Ya en América la expedición se dividió en varias ramas, reclutó nuevos niños en México, vacunaron a través de selvas, cordilleras y desiertos durante más de 7 años (el segundo cirujano de la expedición José Salvany y Lleopart murió en Cochabamba, en 1810) y una vez en Filipinas, enterados de que la vacuna aún no había llegado a China pidieron autorización en Manila y se trasladaron a Macao, desde donde vacunaron en varias ciudades hasta alcanzar la provincia de Cantón.

Desconocemos el destino de muchos de aquellos 22 pequeños que iban quedando en diferentes pueblos a media que eran reemplazados por otros. Isabel y su hijo se afincaron en Puebla cuando la expedición vacunadora se dirigía, en 1806, hacia San Francisco y San Diego. Allí vacunaron a la población indígena, atravesando con su misión de humanismo extremo, sus mulas, sus niños, y sus fluidos salvadores, el mismo territorio donde hoy, increíblemente, se construye un muro.


Material preparado para el proyecto Cuéntame – Bridging gaps with intercultural and intergenerational dialogue