Por: LATIN@S EN TORONTO

A partir de 1982, con la ya casi mítica Declaración de Toronto, la sociedad civil de distintos países, las agencias de salud de diferentes gobiernos y los organismos internacionales, comenzaron a dar la alarma acerca de situaciones que hasta ese momento habían permanecido ocultas y de las que sólo se hablaba bajando la voz: el abuso, los malos tratos y le negligencia respecto a las personas de edad. Sin embargo, pasaron varias décadas antes de que se comenzara a poner en evidencia otro factor aún más doloroso: la feminización del abuso.

El drama invisible
 
En el abuso y el maltrato a las personas de edad confluyen y se  interrelacionan una serie de variables que complejizan el fenómeno: la desvalorización social de quienes dejan de ser percibidos como sujetos productivos y por lo tanto dejan de ser considerados como sujetos de derechos, los cambios en las estructuras familiares -que dificultan y vuelven muchas veces insostenible la permanencia de los adultos mayores en el seno de la familia-, la fragilización de la salud a medida que avanza la edad, la no existencia de servicios de cuidados que liberen a las familias y en especial a las mujeres del peso de los mismos, y obviamente, el género: de cada tres personas de edad que sufren abuso o maltrato, dos son mujeres.

Inequidad de género, roles y malos tratos

Una buena forma de ver la complejidad del problema del abuso y el maltrato puede ser detenernos en las razones por las cuales el número de mujeres maltratadas en la vejez duplica el de los hombres y ver el modo en que la feminización de la pobreza y la feminización del envejecimiento confluyen en lo que se ha comenzado a llamar feminización del maltrato.

Las mujeres reciben por su trabajo, aún en las sociedades más igualitarias, y la nuestra está muy lejos de serlo, menos que los hombres por las mismas tareas. Pero además, el hecho de ser ellas las personas encargadas del trabajo reproductivo y de cuidados en el seno de la familia (tareas por las cuales no reciben compensación económica alguna), limita en gran medida el tiempo que pueden dedicarle a los trabajos remunerados a lo largo de sus vidas.
Ambos factores determinan que en la vejez, las pensiones a las que se han hecho acreedoras las mujeres sean sensiblemente inferiores a las de los hombres y eso conlleva una mayor posibilidad de padecer pobreza, una precarización más acentuada en temas como la vivienda y el sustento diario, y una consiguiente mayor dependencia respecto a otros miembros de la familia.

A eso se suma que no es infrecuente que la mujer que ha dedicado una parte importante de su esfuerzo vital al cuidado de sus hijos, casi con naturalidad, sea destinada en la vejez al cuidado de sus nietos. Esa situación puede ser asumida voluntariamente y con amor pero detrás de misma existen en ocasiones manipulación y abuso, y de ese modo algunas mujeres continúan pagando en la vejez, con su trabajo, la posibilidad de sentir que cuentan con una familia o de tener, al menos, un lugar en donde estar.

Feminización de la pobreza y del envejecimiento.

Las mujeres, en las sociedades desarrolladas, disfrutan de una mayor esperanza de vida, lo que determina que a edades más avanzadas es mayor la diferencia entre el número de hombres y el número de mujeres.

La mayor longevidad de las mujeres tiene contrapartidas, en especial en lo que tiene que ver con la mayor fragilización y la mayor cronificación de algunas patologías, lo que se manifiesta en una mayor posibilidad de caer en situaciones de dependencia en la ancianidad, cuando no de abandono.

Ambas feminizaciones, la de la pobreza y la del envejecimiento, dan como resultado que las mujeres enfrenten con mayor frecuencia situaciones de pobreza que las vuelven dependientes, que estén solas, o que hayan sido relegadas a ámbitos residenciales donde, en no pocas ocasiones, reciben tratamientos insuficientes cuando no malos tratos o negligencia.
El tema se agrava en muchos casos en los que las mujeres, previamente, han sido víctimas de violencia por parte de sus parejas y esa situación se ha normalizado en el seno familiar. Los abusadores, justo es recordarlo, suelen ser varone de la propia familia, y con frecuencia, los hijos.

Aquí vale la pena hacer un alto y cuestionarnos ¿por qué razón las personas más frágiles son las que corren más peligro de ser maltratadas?

LATIN@S EN TORONTO

Las imágenes que acompañan esta nota pertenecen al Calendario 2014:

Tus derechos – Nuestros derechos.

Tapa: Mario y Beatriz Rossini mostrando su fotografía de casamiento.

Pág. 8 Carlos Vicente mostrando su libreta de enrolamiento

Pág. 9 Ana Rivero nos muestra a su hermana desparecida en Argentina en 1978.

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