¿El futuro será diferente a lo que era?

El futuro siempre es diferente a como lo hemos imaginado, es decir a “como era” antes de que haya comenzado a suceder. Y en el futuro próximo eso amenaza ser más cierto que nunca.

La experiencia que estamos atravesando no tiene antecedentes en los cuales nos podamos apoyar para entender cabalmente qué está sucediendo y mal podríamos entonces preveer, con algún grado de certeza, cómo será el mundo con el que nos encontremos una vez que la incertidumbre haya pasado.

Pese a eso, por supuesto, a todos nos interesa imaginar futuros posibles y seguramente cada uno de nosotros trata de colocarse en una situación que conoce para extrapolar su experiencia y definir cual será el mejor camino a tomar.

Podemos tomar, a modo de ejemplo, una nota recientemente publicada por la revista McLean’s. Su autor es Sergio Marchi, ex parlamentario por la circunscripción de York West durante 15 años, ex miembro del gabinete de Jean Chrétien (como Ministro de Ciudadanía en Inmigración y Ministro de Comercio Internacional) y ex Embajador ante la Organización Mundial del Comercio, de la que llegó a serPresidente. En su nota, titulada Is the U.S. empire in Jeopardy?, Marchi constata:

The U.S. has been an able leader of the free world for a long time, but it’s now looking tired and uncertain. Their politics is a mess, and their global leadership is in serious jeopardy. And that was before the coronavirus pandemic. If Trump is re-elected, there’s little hope for renewal, which has been a longstanding hallmark of American society. Indeed, with another four years under his rule, their political system would likely reach unthinkable new lows. Conversely, with a Democrat in the White House, can the situation be salvaged?

It’s therefore not an exaggeration, to ask if the U.S. empire is in jeopardy. It is entirely possible, if we look to history. The past is littered with empires that have come and gone. Reigns that seemed invincible were no more and futures were forever changed.

While predictions are for fools, I believe it would be prudent for the Canadian government to weigh the continued decline of the U.S. as a real option, and what this would mean for our national and global interests. Blaming Trump alone would be too simple. The gradual and unmistakable political, economic and social erosion started well before his administration.

En su nota, interesantísima y bien razonada, como corresponde a un ex-diplomático, Marchi analiza varios aspectos de la vida política interna, las relaciones internacionales y la economía de los EEUU, y llega a una conclusión fría y tajante:

America’s continued decline would represent a giant tectonic shift in the current world order. It will create huge and dangerous voids, that will require our urgent attention, just as other geo-political earthquakes did, including the implosion of the Soviet Union, the fall of the Berlin Wall, the expansion of NATO, the extension of the European community, the rise of China, 9-11, the 2008 financial crisis, Brexit, and now a global pandemic. More than any other nation, our close friendship and geographical proximity makes Canada particularly vulnerable.

If the old American way is salvaged, fine. We would continue to benefit from our long-standing relationship, and so would they. If not, we must make our strategic calculations, without being caught by surprise and without being restricted by sentimentality. To do nothing, and simply assume no change, would be an irresponsible risk to our continued political and economic prosperity as a nation.

Hemos tomado el razonamiento de este experimentado político canadiense como punto de partida de una serie de notas que nos proponemos publicar acerca del “futuro post-COVID-19”, no porque coincidamos con su planteo, sino por sus insuficiencias.Porque tenemos el convencimiento de que merecemos y estamos obligados a más. Más amplitud, más capacidad para imaginar, más generosidad, y más vuelo.

Lo que estará en juego en el futuro de cada uno de nosotros (como personas, como miembros de nuestras comunidades, como ciudadanos del país, como co-responsables de la construcción del futuro que vendrá), es infinitamente más trascendente y apasionante que los cálculos, válidos y razonables pero tan poco elegantes, acerca de la conveniencia de tomar distancia de un socio recién cuando su torpeza lo torna improductivo.

Estamos frente a un mundo que, a partir de la tragedia, el resquebrajamiento y el colapso de paradigmas que parecían inamovibles, ya no será igual. Y la historia nos enseña que de una pandemia (la Peste Negra del siglo XIV, la llegada de los virus del viejo continente a América en el Siglo XVI o la Spanish Flu de 1918) siempre se ha salido con transformaciones sociales muy, muy profundas. Pero no sabemos si ese futuro que hoy ya se está construyendo alrededor nuestro será mejor o peor que el que habíamos imaginado. Y tendremos que trabajar denodadamente para que sea mejor, porque la opción de que nada cambie no nos ha sido dada.

Desde febrero y hasta este número, hemos tratado de publicar materiales que nos ayudaran a entender y enfrentar mejor la pandemia que nos ha tocado vivir. Han sido enfoques que nos llegan desde las ciencias médicas, desde la filosofía, desde el ambientalismo o desde la historia. A partir de nuestra próxima edición, los y las invitamos a que pensemos, desde perspectivas y experiencias diversas, los futuros que en el futuro nos esperan. Porque afortunadamente, mientras “lo que va a suceder” no se transforma en “lo que ya ha sucedido”, nuestra capacidad de mejorarlo y el optimismo son posibles.


(Y por supuesto, dicho sea entreparéntesis, Canadá debería replantearse el tipo de relación que ha mantenido tradicionalmente con los EEUU, pero no porque el imperio se haya debilitado sino porque los imperios son y han sido siempre, en especial cuando son fuertes, geopolíticamente peligrosos y éticamente cuestionables. No son nunca una buena compañía.)