Donde caen los misiles

Donde caen los misiles pueden pasar dos tipos de cosas.

Puede haber estruendo, destrucción, pavor, cuerpos mutilados, vidas truncadas y sobre todo, miedo y noticias que van y vienen mostrando los detalles más morbosos y espeluznantes del desastre.

O puede haber circunspección, silencio informativo, mensajes irracionales vía twitter que dicen que está todo bien, daños inciertos barridos bajo la alfombra de una prensa tímida, y presidentes que no teniendo ninguna grosería para decir esa noche, se van a dormir para aparecer, al otro día, mejor afeitados, más calmados… e igualmente amenazantes.

El Editorial que ocupaba esta página hasta hace algunos minutos, estaba destinado a reflexionar, junto a quienes nos leen, acerca del papel de la prensa en la década que acaba de finalizar y a preguntarnos por el rol que podría jugar en la década que se inicia.  Su título: Mirar más allá; aprender de los demás, pretendía resumir algo que pensamos que el periodismo debe conservar a toda costa: la disposición a tratar de ver lo que está más allá de lo evidente, y la apertura para que las experiencias de los demás puedan ser parte de nuestra “caja de herramientas” para afrontar la vida.

Y si hemos decidido guardarlo para algún momento más propicio y referirnos en estas líneas a la situación que se vive en Irak, no es porque pensemos que podemos aportar algo nuevo a lo que se irá conociendo a lo largo de las próximas horas. Somos un quincenario y sabemos que nuestra actividad periodística no puede estar orientada a “dar noticias” sino a proveer elementos que permitan analizarlas y procesarlas.

En ese sentido, poco de lo que podamos decir hoy acerca de los ataques de Irán a bases aéreas de los Estados Unidos en Irak en represalia por el asesinato del General Qassem Suleimani puede agregar algo. Si repasamos las notas aparecidas en la prensa internacional desde que el 3 de enero un cada día más errático e imprevisble Donald Trump dio la autorización y la orden para matar a un personaje  reverenciado por millones de personas en Oriente Medio, podremos ver que entre las hipótesis que manejaban los especialistas en el tema, ninguna anunciaba lo que realmente sucedió. Mal podríamos entonces pretender aportar desde aquí algo diferente. Cuando se ponen en juego intereses económicos y financieros, la voracidad de los complejos industriales-militares, la geopolítica entre imperios que se desmenuzan e imperios que se expanden, conflictos religiosos y culturales, las emociones y los sentimientos de personas y de pueblos, los caprichos de personas incapaces pero con poder y, como si todo lo anterior fuera poco, el azar, todo lo que pueda suceder es impredecible.

Si como se ha anunciado, se supendieran las agresiones, pero éstas quedaran programadas para cuando resulten convenientes, el mal no será menor.

Lo que deberíamos estar en condiciones de recordar siempre, es que la Paz no puede ser una posibilidad entre varias, sino un mandato. Y que si alguna utilidad tiene lo que hacemos desde acá -o lo que cada uno de nosotros/as hace en sus distintas esferas de actuación-, esa utilidad se podría resumir en tres palabras: defender la vida.

Donde caen los misiles solo queda muerte, dolor, fracaso, amargura e inhumanidad. Y eso no es algo que nos podamos permitir.


Por todas, por todos, construyamos paz

Todavía es incierta la relación que pueda existir entre el conflicto bélico entre Irán y los Estados Unidos y la caída del Boeing 737 ucraniano a su salida del aeropuerto de Tehrán, que dejó el saldo de 176 personas muertas, entre ellas 63 canadienses.


El hecho ocurrió simultáneamente al ataque que Irán estaba desarrollando sobre bases aéreas estadounidenses y un razonamiento básico indica que la coincidencia en el tiempo y el espacio de dos hechos poco frecuentes es poco probable. No son frecuentes ni los ataques iraníes a bases norteamericanas ni las caídas de aviones y que ambas cosas sucedan al mismo tiempo y en el mismo lugar permite sospechar que ambos hechos estén relacionados de algún modo, aunque aún no hay indicios ciertos en ese sentido.

Por ahora, lo que sí los une es el dolor.

Poniéndonos en la piel de las víctimas del accidente, podemos imaginar el alivio que habrán sentido en el momento de abordar el avión que los alejaba de una zona de conflicto inminente, y la tranquilidad que sus familiares habrán experimentado al saber que ya estaban sanos y salvos.
La fatalidad no permitió que vieran cumplidos sus deseos, pero el dolor que eso nos causa puede y debe hacernos mirar un poco más allá: son millones las personas que deberán permanecer allí donde los misiles caen y quizás sigan cayendo en el futuro.

Por las y los fallecidos en el accidente, por quienes los lloran, por quienes están condenados a padecer los estragos y las injusticias de la guerra sin tener un lugar al que huir, construyamos Paz.