LA VIDA COMO FIESTA

HORACIO TEJERA*

 

Explosión de visibilidad

 

Los Juegos Panamericanos, por sobre su obvia significación deportiva tienen una importancia desde el punto de vista cultural que es necesario destacar.

 

Durante varios meses, antes, durante y después de las competencias, la palabra “América”, ha estado, está y estará en el vocabulario de los medios y en la boca del público en su sentido verdadero. Y será aplicado, como corresponde, a todos.

 

Así, América no estará designando a un país (como sabemos que suele suceder en el habla coloquial y en la prensa anglosajona) y “americanos” o “americanas” seremos, como corresponde, todas y todos, independientemente del lugar de América en el que estén nuestros orígenes y sin que importe el lenguaje en que nos expresemos.

 

Y esto no es menor, porque así como las mujeres, en los albores del feminismo, descubrieron y nos enseñaron que “lo que no se nombra no existe” y que para visibilizar a las mujeres y sus problemas el primer paso era incluirlas en el lenguaje, la visibilización de un colectivo y los temas que le importan, especialmente cuando ese colectivo es minoritario, comienza por el reconocimiento de su identidad en el terreno de las palabras.

 

A esta “explosión de visibilización” a la que las competencias deportivas dan lugar, se suma el sinnúmero de actividades artísticas y culturales a las que los Juegos dan marco:

exposiciones artísticas, conciertos de música popular, muestras artesanales, degustaciones gastronómicas, o el simple paso por las calles de gentes de diferentes procedencias, colores, cabellos, modos de hablar y de vestirse, formas de saludar o de sonreír, pero que se reconocen a sí mismas en una identidad que las hermana.

 

Y la importancia de esa presencia tampoco es menor, porque pone de manifiesto lo que íntimamente sabemos pero muchas veces nos cuesta transmitir. Los latinoamericanos tenemos muchos problemas para resolver, por supuesto, pero al mismo tiempo podemos mostrar el mayor grado de diversidad cultural, étnica, religiosa y lingüística imaginable y por sobre todo, la capacidad de transformar toda esa diversidad no en una fuente de conflictos interminables sino en motivos para sabernos y sentirnos iguales, y para vivir, cada vez que podemos, como si la vida fuera en verdad una fiesta.