El dolor y la necesidad de entender una tragedia con raíces profundas

A lo largo de estos últimos meses, hemos intentado hacer de Correo un instrumento de reflexión que abarque temáticas variadas desde ópticas diferentes y lo estamos consiguiendo.
Sin embargo y pese a que nos proponemos seguir en esa línea, la infamia ocurrida en El Paso el 10 de agosto nos ha planteado un desafío.

No se puede resumir el dolor, la indignación y la preocupación que algo así genera en la mirada puntual de un periodista en una nota de tono informativo. Es necesario, para abordar algo de tanta complejidad multiplicar los puntos de vista, sumar enfoques, buscar el auxilio de disciplinas diferentes, desde la antropología o la sociología hasta la historia o el análisis del discurso. Y no olvidar a quienes por una u otra razón atesoran una visón íntima y personal del tema y tienen la generosidad y el valor de compartirla.

Por esa razón hemos decidido dedicar más de la mitad del espacio de esta edición de Correo a lo sucedido en El Paso.

Porque aunque EEUU ya nos tiene acostumbrados a ese tipo de tragedia, pocas veces como en este caso están tan claros los vínculos entre los móviles del asesino y la retórica oficial. Pocas veces resultan tan evidentes los vínculos existentes entre esos mal llamados “lobos solitarios” y los mensajes cargados de paranoia y resentimiento que reciben desde su propio gobierno y los medios de prensa que les sirven de cámara de resonancia.

Porque el blanco exclusivo esta vez ha sido la comunidad a la que pertenecemos y eso no sólo nos interpela de modo directo, sino que nos convoca a una reflexión profunda e imprescindible: los discursos de odio, las diatribas racistas, la impotencia y la inutilidad de quienes hasta ahora se han visto a si mismos como superiores, mata. No sólo excluye y discrimina. No sólo desprecia y vulnera. Mata.

Porque si bien podemos llegar a creer que vivimos en un país diferente – y eso es cierto- Candá no es precisamente un compartimmiento estanco y ascéptico en el que el racismo y las teorías supremacistas no hayan anidado nunca. Lo han hecho en el pasado. Y son cada día más frecuentes los discursos anitinmigratorios cargados con el mismo tipo de razonamiento enfermizo que pueden desplegar quienes asesinan a familias enteras en un supermercado en el sur.

Como se nos recuerda en una de las notas de este número: We’re all in the trenches, and most of us don’t even know it.

Por eso, porque para comprender lo que sucede alrededor nuestro hay que mirar en todas las direcciones posibles es que Nora Scaron nos propone atender las masculindades y las supremacías en crisis, Juan Carlos Rocha comparte con nosotros su perplejidad y su desconfianza como mexicano que conoce el estado de Texas desde dentro, el especialista en seguridad Arie Perliger reflexiona desde The Conversation acerca del lenguaje de los terroristas de ultra derecha y su relación con la violencia que despliegan, Oakland Ross nos habla de las víctimas que caen a uno y otro lado de la frontera, y Horacio Tejera nos trae una vieja historia de inmigrantes, esclavitud y despojos que quizás sea últil para contextualizar tanta crueldad y tanta necedad.