Latinos o Hispanos ¿qué nos calza mejor y por qué? (1)

Se celebra en octubre el “Mes de la herencia hispana” que, con mejor criterio, ha sido rebautizado como “Mes de la herencia hispano-latinoamericana” y es un buen momento para plantearnos la pertinencia de dos de las palabras que más se utilizan para identificarnos: hispanos y latinos.

Ante todo, cabe remarcar que esas dos palabras, que forman parte inseparable de nuestra vida diaria, son de uso común sólo en el contexto anglo-norteamericano, pero no son palabras que nos identifiquen en otros contextos y menos aún en nuestros lugares de origen.

Otro tema a considerar, aunque pueda parecer menor, es que ambos términos son el resultado no sólo de una sobresimplificación conceptual, sino que son además abreviaturas de palabras que representan realidades infinitamente más complejas y variadas. Es decir que son formas de reducir riqueza cultural, étnica, histórica y lingüística a sus mínimas expresiones.

Hispanics: una palabra con historia

Comencemos con la palabra “hispanos”, un gentilicio referido a los habitantes de Hispania, es decir la Península Ibérica en épocas del Imperio Romano. En español, a las personas nacidas en España, desde que España existe, se les denomina, obviamente, españoles. Y a quienes nacían fuera de la península, en territorio americano, se les conocía, en épocas de la dominación española, como “criollos”, un término que ha seguido en uso en muchas regiones aún después de la independencia como sinónimo de “americano”.

Paralelamente a ello, desde los comienzos de la colonización inglesa de Norteamérica, la palabra usada para mencionar a quienes habitaban desde hacía ya más de 100 años los territorios del Virreynato de Nueva España que luego pasarían a ser México, incluyendo los territorios que luego los EEUU le arrebatarían a ese país (Texas, California, New Mexico, Nevada, Utah, Arizona, Colorado, Wyoming, Oklahoma, Kansas y la parte sur de Oregón), fue “hispanics”, que incluyó desde un comienzo no sólo a los españoles sino también a los criollos, a las personas con diferentes grados de mestizaje y, en general, a quienes hablaran español como lengua de uso cotidiano.

Todas aquellas gentes, que hablaban el español como lengua común pero eran ya el producto de una intensa hibridación étnica y cultural, no sólo continuaron siendo “hispanics” después de haber sido incorporados a la población estadounidense, sino que lo siguen siendo aún en los casos de las terceras, cuartas, o quintas generaciones, e incluso cuando el español se ha perdido como lengua familiar, es decir que la palabra se desconectó de su relación con el idioma y pasó a distinguir una cultura. Una cultura (y esto no es menor) caracterizada por una mezcla racial que, en el universo cultural anglosajón, ha sido tradicionalmente motivo de censura y rechazo.

La burocracia intentando comprender lo diferente

Durante las primeras décadas del siglo XX, mientras el término “hispanics” se reservaba en los EEUU para las personas que habían nacido en el país, a los nuevos inmigrantes llegados desde el sur se los comenzó a clasificar como “mexicans”, algo que se refejó en las distintas ediciones del Censo hasta que en 1930 se “descubrió” que se estaban contabilizando como “mexicans” a todos los inmigrantes que hablaran español en EEUU, incluyendo a los provenientes de Puerto Rico (¡que había sido incorporado a la Unión, como “Estado Libre Asociado” cuarenta años antes!).

Por esa razón, subsanando un error burocrático con otro, se adoptó el viejo término “hispanic” como forma de identificar racialmente a todas las personas que hablaran español excluyendo, paradójicamente, a los españoles que, por ser europeos, siguieron estando incluidos e n la categoría “blancos.”

Tenemos aquí un tema interesante en el que no podremos entrar ahora por razones de espacio: el uso de una palabra para transformar una cultura en una raza, porque como grupo racial aparecieron los hispanics en el censo norteamericano hasta 2010, cuando fue necesario darles una nueva y extraordinaria ubicación en el mapa mental estadounidense, obsesivamente interesado en todo lo que tenga algo que ver con caracterizaciones raciales.

Para sorpresa de los funcionarios, había comenzado a hacerse evidente, sobre todo en las últimas décadas del siglo XX, algo que la gente común y corriente sabía desde siempre. Había “black hispanics”, de un color muy parecido al del resto de los “blacks”, pero visible y audiblemente hispanics, algo que se evidenciaba en el tipo de relación que mantenían con otros hispanics de diferente color. Y había white, indegenous, e incluso asian o “mixed” hispanics.
Así, a partir de 2010, el Censo de los EEUU, dividió la población de su país en dos grandes ramas, algo así como dos super-categorías: non-hispanics (256.000.000) e “hispanics” (50.000.000). Luego, cada una de esas ramas se subdivide en white, black, asian, aboriginal, mixed, etc. Una categorización de los habitantes de un país, única en todo el planeta.

¿Hispanos? ¿Con qué sentido?

Todo lo anterior vino a cuento para desentrañar el origen de una palabra que ha sido utilizada, tradicionalmente, para empañar y simplificar una realidad a la que no se le ha querido admitir las complejidades y la riqueza que atesoran. Una realidad que incluye dentro de sí el mestizaje, la interculturalidad, el sincretismo religioso, una sexualidad no cooptada por formas de puritanismo extremo, expresiones artísticas vitales y desbordantes, y el amor por un idioma que trasmite muy bien las cosas que nos importan.

Todo eso y mucho más es lo que se esconde detrás de una palabra como “hispanics”, que generaciones de inmigrantes en los EEUU y Canadá han debido adoptar simplemente porque fue la que encontraron disponible para ellos en el momento de llegar. Los estaba esperando.

Pero así como no llamamos “anglos” a todas las personas que tengan el inglés como primera lengua y en ese sentido está muy claro que no son anglos ni Eva Longoria, ni Beyoncé, ni Obama, deberíamos preguntarnos por qué deberíamos aceptar con tante facilidad la etiqueta “hispano”… A no ser, claro está, que existan razones que nos hagan sentir cómodos/as con ese término. Es decir que no nos pensemos a nosotros mismos como hispanos porque eso se nos imponga desde un “poder clasificante”, sino porque asumimos ese término, orgullosamente, como nuestro. Como parte de nuestra identidad, nuestra historia y nuestro sentirnos en el mundo.

Pero eso será motivo de la próxima nota. Porque todavía tenemos que adentrarnos en la palabra “latino”, ver su origen, ver sus derivaciones y analizar si nos gusta más o menos que la palabra “hispano”.

Porque lo importante de las palabras es que se dejan elegir y, sobre todo, permiten pensar.