Nosotros te creemos

Hasta hace pocos días teníamos previsto presentar en este espacio uno de los temas que más preocupan a quienes se dedican a la comunicación en nuestro idioma, el uso de lo que se ha dado en llamar, desde hace casi tres décadas “lenguaje inclusivo”.  Sin embargo, algo sucedió… y deberemos retomarlo en nuestra próxima edición

Por: EQUIPO EDITORIAL

El tema que habíamos planeado abordar ocupa un lugar importantísimo con independencia del contexto en el que se lo trate, ya que tanto en España como en América Latina o en el universo hispano-angloamericano, aparecen continuamente nuevas razones y nuevas necesidades para adaptar nuestra lengua a una sociedad en cambio y en transformación continua e incesante.

Por supuesto, y con esto queríamos comenzar, la adopción o no, por parte de quienes escribimos en Correo, de algunos de los cambios que se están procesando en el uso del español desde hace muchos años, no puede depender de decisiones unilaterales del equipo de redacción, sino que debe responder a las preferencias de cada colaboradora y cada colaborador.

El caso paradigmático y quizás el que menos dificultades ofrece es el del masculino genérico, cuyo uso todavía es frecuente pero que, como norma, se encuentra en franca retirada. Lo que se discute hoy no es tanto su conveniencia, sino las estrategias para evitarlo sin que escribir se transforme en una búsqueda torturante de la corrección, y leer sea un padecimento.

Pero existen otros temas, como el uso de formas neutras no-binarias que permitan dar cuenta de la diversidad sexual, en los que las coincidencias y los acuerdos no son fáciles ni obvios. Aunque seguramente sean posibles.

Sin embargo…

Sin embargo ese tema, complejo, lleno de sorpresas y excitante, con el que habíamos pensado iniciar un debate rico e incluso divertido con ustedes, debió por esta vez dejar paso a otro, doloroso, absurdo, entristecedor.

Un tema que nos encantaría eludir. Que nos gustaría considerar ajeno. Pero al que estamos obligados a, con la debida calma, acercarnos… porque lamentablemente ya estuvo cerca nuestro.

Ahora es diferente

Si algo nos han enseñado las mujeres del #metoo, las del yotecreo, las del #nunca más, las del #mirácómonosponemos, las mujeres valientes que han comenzado en todo el mundo a atreverse a exigir que se las escuche y se les crea, es que la tendencia tan humana a disculpar y a “comprender”, sólo puede servir como coartada para que la barbarie se normalice.

Para que el impulso desagradable de apropiarse de un cuerpo ajeno sin consentimiento, se siga disfrazando de exitación y deseo en lugar de presentarse como lo que es: rapacidad y abuso de poder.

Dudamos mucho sobre si escribir esto o no y finalmente decidimos hacerlo tratando de no hacer leña del árbol caído porque eso no ayudaría a nadie, pero sin silenciar algo que simplemente no debió suceder.

El silencio es, en este sentido, sólo patriarcado de buenos modales. Algunos/as somos personas grandes a las que ya nada nos asusta demasiado, pero alrededor nuestro hay también chicas y chicos jóvenes que recién empiezan a vivir, y en su nombre quisimos expresar esto. Para que ellas, las chicas jóvenes, confirmen que, si les sucede que alguien las somete a un contacto sexual sin su permiso, pueden decirlo. Que les creeremos y no nos encogeremos de hombros ante lo que les haya sucedido. Para que ellos, los chicos jóvenes, confirmen que ser varón no es excusa y que cuando no hay un sí, hay claramente un no que debe ser oído, comprendido, y respetado