La necesidad de reformas serias y de un gobierno de consenso

Las elecciones 2019 han dejado algunas enseñanzas que tanto elegidos como electores deberíamos utilizar como material de reflexión en el futuro. Muchas de esas enseñanzas coinciden con preocupaciones que hemos expresado a través de estas páginas a lo largo de los últimos meses, pero los resultados del 21 de octubre nos aportan una perspectiva más actualizada y un enfoque más preciso.

Un nuevo descenso de la participación

Comencemos por la más obvia, aunque debido a su propia obviedad no es fácilmente perceptible. El porcentaje de votantes, que descendió consistentemente a lo largo de 6 décadas, y que había tenido un repunte alentador en las elecciones de 2015, volvió a descender.

De alrededor de 27 millones de personas habilitadas para votar, sólo lo hicieron menos de 18 millones, un 66% del total. La tercera parte del padrón, cerca de 10 millones de personas, no pensó que su participación en la instancia más importante para la salud democrática del país tuviera sentido.

El descenso no ha llevado el turnout a las cifras de 2011, pero demuestra con claridad que las campañas publicitarias enfocadas en lograr mayores niveles de participación a través de apelaciones del estilo de “Tu voto vale, tu voto decide” o “It’s our vote” (la elegida este año, aún más vacía de contenido que las anteriores) aran en el mar. Y aran en el mar porque, en primer lugar, ubican el problema en donde no necesariamente está y, en segundo lugar, enmascaran algunas de las principales razones que contribuyen a la desafectación de millones de personas respecto al voto como herramienta de participación efectiva.

Donde no está y dónde está el problema

El problema no está o al menos no está exclusivamente en la conciencia de las personas que no votan. Es posible que una persona sea conciente de la importancia de hacer oir su voz y aún así piense que si lo hace no será escuchada o no será tenida en cuenta.

Las campañas que trasladan la responsabilidad del bajo turnout a la ciudadanía enmascaran por acción u omisión algo que todos sabemos bien y sobre lo que vale la pena insistir, sobre todo en el tiempo por venir. El sistema electoral canadiense no solamente produce distorsiones muy importantes entre el porcentaje de votos y el porcentaje de escaños parlamentarios obtenidos por cada partido sino que, al no concederles ninguna representación, transforma en desechables a la mayor parte de las voluntades expresadas.

En el caso de las elecciones de 2019 todavía no existen números precisos, pero no han de ser muy diferentes a los de las elecciones de 2015, que mostraron que más de 9.000.000 de votos (más del 50% del total) habían obtenido un resultado nulo en términos de representación. Cuando las personas no pueden estar seguras de que su voluntad importe, es muy fácil que decidan no votar. La reforma electoral largamente pospuesta se hace, a cada nueva elección, más necesaria.

Un mapa alarmante

Una de las imágenes impactantes de la noche electoral fue el mapa del país coloreado en función de los asientos parlamentarios obtenidos por cada partido, que reproducimos en Resultados que marcan los caminos a seguir.


Ese mapa es alarmante porque parece mostrar una sociedad dividida tajantemente entre prioridades y enfoques diferentes y en ocasiones antagónicos. Alguien que no supiera que se trata de la simple representación gráfica de resultados electorales podría pensar que se trata de países diferentes. Y es alarmante porque en algún sentido (al menos en el que tiene que ver con la representación parlamentaria pura y dura) es absolutamente real.

Hay provincias, como Alberta y Saskatchewan que no tendrán representación liberal como si los simpatizantes de ese partido hubieran desaparecido súbitamente. Hay provincias, como Ontario o Quebec, en las que se distinguen amplias zonas en las que habrá representación de un único partido. Y en una ciudad como Toronto, que dice enorgullecerse de su diversidad y pluralidad, no estarán representados los electores de tres partidos como si la diversidad y la pluralidad dejaran de existir cuando de política se trata.

Tanta es la -aparente- división que el mapa y el sistema electoral nos muestran, que el grupo de Facebook VoteWexit (partidarios de la secesión de las provincias del Oeste), que mostraba sólo 2000 miembros el día lunes 21, contaba ya con 150.000 el martes 22 a mediodía. La separación de las provincias del oeste del resto del país, por supuesto, es un absurdo en el que no vale la pena pensar seriamente, pero también parecía absurda la salida del Reino Unido de la Unión Europea hasta que el Brexit se transformó en una desastrosa y hasta ahora inmanejable realidad. Como decía aquel pequeño príncipe de Saint-Exupéry, los baobabs comienzan por ser pequeños.

Un mapa semi-real

Obviamente, el mapa que muestra los resultados electorales, por preocupante que sea, no es más que la expresión gráfica de un sistema electoral que distorsiona la relación entre representados y representantes y por lo tanto el mapa mismo es una distorsión del Canadá real. Canadá no es eso, sino algo mucho más rico y complejo, que merece ser tratado con más respeto por su gente y más consideración por su futuro.

En el Canadá real, es cada día más evidente que el sistema FPTP no se adecúa a una sociedad moderna, culturalmente diversa, y educada. Y en el Canadá que nos muestran los resultados del 21 de octubre, el partido triunfador y el futuro Primer Ministro deberán buscar, si no gobernar en coalición con otros partidos (algo que parece serles psicológicamente inasumible al menos por ahora), sí los acuerdos necesarios como para que la realidad no se los lleve por delante.

Instituciones que enorgullecen al país, como el sistema de salud o el sistema de pensiones fueron el fruto de gobiernos en minoría en los que el Partido Liberal debió acordar políticas con quienes estaban a su izquierda.
En este país en el que consistentemente, elección a elección, entre el 60 y el 65 % de las voluntades se vuelca hacia opciones no-conservadoras, la búsqueda de acuerdos de gobierno y la posibilidad de reformar de una buena vez el sistema electoral serán, más que una posibilidad entre otras, necesidades de Estado.

Afortundamente, desde el discurso del Primer Ministro la noche en que se conocieron los resultados electorales a lo que han sido sus declaraciones posteriores, parece haber habido un proceso de reconocimiento de que su segundo período de gobierno deberá transitar caminos diferentes a los del primero. Con menos sobreactuación cool y con más noción de que el poder es una responsabilidad efímera.

La duración media de los gobiernos en minoría en Canadá es de 2 años y la posibilidad de que el de Justin Trudeau supere ese lapso dependerá de su capacidad para buscar y lograr consensos.