¿Hispanos o latinos? La amputación de lo americano

¿Somos hispanos o latinos? ¿Somos hispano-latinos o somos algo cuya esencia no está bien reflejada por ninguna de ambas palabras?
Seguramente todos/as nos hemos hecho en algún momento esas preguntas, y quizás no les hemos encontrado todavía la respuesta o las respuestas adecuadas.
En estas páginas, en ediciones anteriores, hemos analizado el origen de ambas palabras y a partir de ese análisis han surgido no tanto respuestas sino (y esto es lo realmente interesante) nuevas incertidumbres.

Sabemos que las palabras no son algo así como una representación de una realidad determinada sino artefactos capaces de albergar diversos sentidos según el contexto y la intención con que son utilizados. Eso hizo necesario que en ediciones anteriores trazaramos algunos de los linajes y las trayectorias de palabras como “hispano” o “latino”.

Resumiendo lo que vimos en las notas que le dedicamos a cada palabra: ni “hispano” ni “latino” tienen, en el sentido en que se usan en el contexto norteamericano, el mismo sentido que tienen esas palabras en otros contextos. Y por supuesto, no hay “hispanos” o “latinos” que se reconozcan como tales al sur del Río Bravo. En otros contextos somos, según corresponda, centroamericanos, sudamericanos, iberoamericanos, hispanoamericanos, latinoamericanos, caribeños, chilenos, colombianos, brasileños, quechuas, guaraníes, etc. Pero no “latinos” o “hispanos”. Somos eso sólo aquí.

Viejas palabras con nuevos sentidos

“Hispano”, aquí, hoy, entre nosotros, no designa lo español o lo ligado culturalmente con la Hispania romana. Y “latino” no designa lo pertenenciente al universo lingüístico y cultural proveniente del latín.
Entre las razones que llevaron a que la palabra “hispano” se popularizara en los EEUU, una de las principales fue la dificultad de ubicar racialmente a personas originarias de la América hispana, ya que en los registros censales muchas de ellas aparecían categorizadas como blancas y eso, dada la mentalidad dominante, parecía ser una anomalía. Así, se introdujo una nueva categoría retomando la vieja palabra “hispanic” que en el sur-oeste estadounidense se había estado utilizando desde el siglo XIX, y a partir de entonces, los inmigrantes provenientes de países hispanohablantes, desde México hasta Tierra del Fuego, pasaron a integrar, todos ellos, una nueva categoría racial, no basada en el color de la piel u otras características físicas, sino en el idioma que hablaban.

También analizamos, en otra de nuestras notas, una extraña palabra acuñada a mediados del siglo XIX atendiendo a las necesidades geopolíticas del Imperio Napoléonico.

En Francia se neciesitó un término que designara una América opuesta a la América anglosajona pero que a su vez estuviera separada conceptualmente de toda referencia a lo español. Así, nacieron “América Latina” y “Latinoamérica”. Fue a partir de la popularización de esas palabras que las antiguas colonias españolas, portuguesas y francesas en el continente, pasaron a reconocerse todas como parte de un todo común, y sus habitantes comenzamos a tener una nueva forma de autopercibirnos: latinoamericanos.

Y por último, vimos el modo en que a partir de la Segunda Guerra Mundial, la cinematografía y la discografía en los Estados Unidos comenzaron a popularizar ritmos caribeños o centroamericanos como “latinos”, palabra que inmeditamente se extendió a todo lo que hasta ese momento se había caracterizado como “hispano”.


La amputación de la americaneidad

No podemos adentrarnos ahora (aunque prometemos hecerlo en otro momento) en las razones por las cuales en los Estados Unidos y también en Canadá algunas personas prefieren que se las identifique o bien como hispanos o bien como latinos, pero sí nos interesa recordar algunas de las particularidades de ambas palabras.

En primer lugar, no se trata de autoidentificaciones sino de palabras que, en el contexto norteamericano, un sector de la población aplica a otro y que luego son naturalizadas como obvias… Pero como recordábamos más arriba, a nadie en latinoamérica se le ocurriría definirse como latino o como hispano del mismo modo que a ningún africano se le ocurriría autopercibirse como “afro”.

En segundo lugar, se trata de palabras que sólo resultan cómodas para quienes por alguna razón deciden sobresimplificar realidades que no comprenden o en cuyas complejidades no desean bucear. Quienes han nacido en Asia se saben asiáticos pero ni a ellos ni a nosotros nos parecería adecuado usar esa palabra para aludir a culturas tan diversas entre sí como la judía o la ainú. Se trata de culturas que se han desarrollado en una unidad geográfica a la que llamamos Asia, pero no las unificamos denominándolas “cultura asiática” ya que eso implicaría desvalorizarlas y demostrar ignoracia al mismo tiempo.
Y en tercer lugar, hay algo muy importante que se le ha cercenado a palabras como “hispanoamericano” o “latinoamericano” para transformarlas en “hispano” o “latino”. Y se trata de algo tan evidente que muchas veces no podemos verlo: son palabras a las que se les ha amputado la americaneidad.

A través de esa amputación tanto “latino” como “hispano” invisibilizan riqueza y diversidad étnica y cultural molesta, pero al mismo tiempo retacean identidad. Y cabe sospechar que no ha sido fruto del azar que sea precisamente en los EEUU, en donde es tradición que las personas se vean a si mismas como “americanas”, en donde la amputación de “americanos” nos haya transformado en algo tan simple y tan fácilmente estereotipable como “hispanos” o “latinos”. Lo que ha quedado parece no tener contexto, parece no tener raíces ni historia, parece no tener geografía propia.
Son palabras desapoderadas y desempoderantes.

¿Y entonces?

Ambas palabras forman ya parte del paisaje conceptual en el que vivimos y nos movemos. Y aunque sería ideal que pudiéramos reivindicar nuestro derecho a vernos a nosotros mismos -y a ser nombrados- como latinoamericanos (o como hispanoamericanos o iberoamericanos en determinadas circunstancias), lo cierto es que si existen personas a quienes lo “hispano” o lo “latino” les va, están en su derecho.

Sin embargo, sí sería importante que tanto quienes se sientan cómodos con esas palabras, como quienes no, pudiéramos encontrar la forma de ir vaciándolas de la carga de simplificación, homogeneización, estereotipos y prejuicios con las que se las ha cargado, para que toda la riqueza étnica y cultural de nuestras realidades, se abran camino y quepan en ellas.

En una próxima nota intentaremos adentrarnos en una complejidad adicional que quien haya llegado hasta aquí habrá percibido… Para no entorpecer la lectura, hemos utilizado el masculino genérico, común en nuestra lengua pero que invisibiliza a las mujeres y a todas aquellas personas que no se ajustan a las pautas de heteronormatividad. Y no solamente deberíamos evitarlo en tanto sea posible, sino que ya están en uso soluciones tentativas como latin@s, latinx o latines… La pregunta que deberemos hacernos entonces es ¿cual podría ser la mejor forma de abordar estas delicadas cuestiones?