Esta historia se hace contigo. Y con nosotros

Si algo ha demostrado esto que nos hemos acostumbrado a llamar pandemia y que quizás deberíamos llamar pan-incertidumbre, es que las crisis de liderazgo de las que se ha estado hablando durante mucho tiempo, eran reales.

La globalización (de la economía, del conocimiento, del destrozo ambiental, de los viajes, del turismo, de las comunicaciones) que posibilitó la emergencia y rápida diseminación de un virus, nos ha permitido, al mismo tiempo, descifrar su genoma en semanas, comprender su peligrosidad en algo menos de dos meses, y tener estadísticas en tiempo real que nos mantienen al tanto de cantidad de infectados, número de muertos o recuperados, aquí o allá y en todas partes.

Estamos hiper-comunicados (sin que podamos saber si esto es totalmente bueno o malo) a pesar de las medidas de aislamiento que hemos debido padecer (y en algunos casos disfrutar). Y seguramente sabemos más de lo que está sucediendo en este mismo momento en el mundo de lo que hubiéramos soñado jamás. Porque esta nueva situación nos ha hecho plenamente concientes de que el mundo y sus gentes nos importan. No como objetos de curiosidad, sino como partes de un ecosistema planetario del que formamos parte y del que dependemos.
Por esa razón no es extraño que quienes podemos trabajar desde nuestras casas de pronto nos encontremos con el tiempo suficiente como para detenernos a pensar en el riesgo por el que atraviesan quienes han seguido realizando sus tareas habituales (enfermeras, repartidores de pizza, conductores de ambulancias, etc.) poniendo en riesgo su salud y sus vidas, muchas veces a cambio de salarios miserables.

Por esa razón, cuando comienza a parecernos duro de sobrellevar el escaso mes y medio de distanciamiento social aquí, en Toronto, de pronto notamos que podemos ponernos en la piel de quienes en Lima (sólo por poner un ejemplo) huyen del hambre hacia las montañas circundantes, o de quienes en Nueva York (sólo por poner otro) se enferman o mueren sin acudir a un hospital por miedo a que se los descubra y se los deporte, separándolos de su familia y de lo poco que tienen.

Esta es una posibilidad maravillosa que nos ha sido dada por la pandemia, la sobreinformación y el encierro. Podemos ser más humanos. Conocernos más porque tenemos más posibilidades de reflexionar, y conocer más a los demás, porque tenemos más tiempo para pensar en ellos y en lo que les pasa.

Pero a pesar de todo lo malo y todo lo bueno que aflora en este espacio intermedio entre la vieja normalidad que hemos dejado atrás y la nueva normalidad que recién estamos comenzando a intuir, hay algo que, con algunas (muy) pocas excepciones, está fallando. Los liderazgos.

Escribió el pensador italiano Antonio Gramsci que en el claroscuro que se crea cuando un viejo mundo se apaga y el nuevo mundo aún no termina de nacer, es cuando aparecen los monstruos. Y los tenemos. Ya los teníamos, porque los monstruos no aparecen de la nada de un día para el otro, pero ahora los conocemos mejor y, lamentablemente, nos estamos acostumbrando a ellos, a su desvergüenza y a su peligrosidad.

Ya no nos alarma un presidente estadounidense que pretendía comprar una vacuna sólo para su país un día, y una semana después se preguntaba si las inyecciones de desinfectante no podrían ser la solución a sus problemas. Ya no nos escandaliza saber que el mismo Primer Ministro inglés que demoró semanas en tomar medidas contra un virus que se ha llevado a más de 20.000 de sus compatriotas, se había negado a realizar compras de material médico conjuntamente con la UE al inicio de la pandemia para mostrarse ante la opinón pública como un “brexiter” duro. Tenemos, allá en el sur, a un Bolsonaro enfrentando cualquier vistigio de razonabilidad y decencia, y a un Lenin Moreno que hace pocos meses pretendía estar en el equipo de los que invadirían Venezuela para liberarla de sus males y ahora no sabe qué hacer con los suyos.

Pero dejando de lado a los monstruos, que podemos llegar a pensar que como tantas excepcionalidades desaparecerán dejando apenas un mal recuerdo, están los que sin ser monstruos y siendo, por el contario, personas sensibles, inteligentes y razonables, confunden liderazgo con el enunciado diario (y monótono) de medidas paliativas.

Por supuesto es imprescindible que se instrumenten medidas que alivien la situación de los sectores vulnerables o de las empresas que corren el riesgo de desaparecer. Y es crítico que el sistema de salud se vea fortalecido y respetado. Eso, muchos gobernantes lo están haciendo bien y el gobierno canadiense parece estar en esa línea.

Pero dado que el mundo que viene será diferente, los liderazgos deberían incluir la capacidad de no sólo solucionar algunos de los problemas presentes, sino de plantear futuros posibles y abrir el debate sobre los desafíos que tendremos por delante.

Por ejemplo: El papel del sector público y del Estado; los límites necesarios a la concentración de la riqueza; las políticas de mitigación de la desigualdad; la importancia que deberán tener las instituciones de gobernanza internacional como la ONU y sus diferentes agencias en sustitución de los “liderazgos” de países que hasta ayer se creían con el derecho a intervenir en las vidas de toda la humanidad y hoy están siendo puestas en jaque por un virus y por su propia inoperancia; el fortalecimiento de la democracia.

Esa debería ser la preocupación central de nuestros gobiernos y mientras ellos no lo notan, lo importante es que haga carne en nosotros. Por eso, como dice el título de esta nota y como se trasluce en los materiales que estamos publicando desde el inicio de la pandemia:

Esta historia se hace contigo. Y con nosotros.

2 COMENTARIOS

  1. Se puede apreciar en los articulos puestos a disposicion de los lectores un criterio amplio de informacion; los distinos angulos que nos afectan directa o undirectamente hoy e inclusive algunas potenciales consecuencias que en el futuro inmediato podrian tener relevancia para nosotros y nuestra familia en
    la vida cotidiana

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