Hecatombes*, anomalías y sorpresas en una ciudad canadiense

Canadá busca comprender las causas de la hecatombe provocada por el Covid-19 en Montréal, titulaba Le Monde el 10 de mayo.

Dos días después, el corresponsal de The Guardian en Canadá, Tracey Lindeman se preguntaba, en un extenso artículo, por las razones que han llevado a que, con cerca de 1000 fallecidos por millón de habitantes, Montréal ocupe el séptimo lugar entre la ciudades de mundo en las que el peligro de contraer y morir por coronavirus es mayor.

Mientras la prensa extranjera recogía esa realidad, el Primer Ministro Justin Trudeau, que es además representante de uno de los distritos de la ciudad y debería conocerla bien, se ha manifestado sorprendido por algo que, ha dicho, nadie esperaba.

Por su parte Francois Legault, el premier de la provicia, ha manifestado que la situación está fuera de control y ha responsabilizado por la tragedia a las sociedad en general.

El Globe and Mail no se ha quedado atrás y califica lo que sucede en Montréal como una “anomalía trágica”, destacando que se trata de una ciudad que, paradójicamente, cuenta con un sistema de salud moderno y en la que las personas han respetado de forma ejemplar las medidas de alejamiento físico recomendadas por las autoridades sanitarias.

La pregunta que deberíamos hacernos entonces no es cómo es que tantas personas están muriendo en Montréal sino quiénes son las personas que mueren. Porque como veremos enseguida, cuando se analiza quiénes son las personas que mueren, quedan al desnudo situaciones que no deberían sorprendernos.Se trata de situaciones conocidas, cuyos causas están claras y cuyos resultados son previsibles.

La inmensa mayoría de las personas infectadas por Covid-19 ya experimentaban situaciones de inquidad, pobreza y discriminación sistémicas, que si bien el virus ha desnudado y expuesto a la vista de todos, eran bien conocidas.

¿Quiés son las víctimas de la anomalía?

En primer lugar, se trata de personas “viejas” y por viejas, abandonadas o descuidadas, víctimas de negligencia y/o de abuso institucional.
Como destaca la nota de The Guardian:

“A horrific exposé in the Montreal Gazette revealed that a local nursing home had concealed the deaths of 31 seniors. Many of them seemed to have died after most staff abandoned the facility. Some of the seniors found alive hadn’t had water, food or a diaper change in days.
Provincial data shows about 82% of the dead lived in seniors’ residences – most of them public. Of the total 2,003 dead in Montreal, 74% of them were over 80; 97% of them were over 60.”

En segundo lugar, se trata de personas pobres y/o inmigrantes.
Muchas de eses personas viven en condiciones precarias o de hacinamiento lo que hace muy difícil que puedan seguir las indicaciones que los protegerían del contagio. Pero existen otras circunstancias que hacen que esas personas sean más vulnerables en estos momentos de pandemia. Son esenciales.

Muchas de ellas, realizan tareas de cuidados precisamente en las residencias de adultos mayores, mientras que otras trabajan en estrecho contacto con el público, ya sea en las grandes tiendas de comestibles o en el transporte público. Y es precisamente su esencialidad en un momento como el que vivimos y el poco valor que normalmente se les da, lo que ahora las coloca en una situación de peligro mucho mayor a la que corre el resto de las personas.

En realidad, si en lugar de asombrarnos hipócritamente por una aparente anomalía “inexplicable” (¿cómo algo tan terrible puede estar pasando en un país como Canadá?) extendemos la mirada para ver lo que pasa en la mayor parte de las grandes ciudades del mundo desarrollado que han sido golpeadas por el virus (Nueva York, Londres, París, Madrid, Milán, Berlín, Estocolmo, etc.) veremos un panorama similar.

El envejecimiento poblacional, un fenómeno conocido y estudiado desde hace décadas, ha sido sistemáticamente desatendido -aquí y allá- por administraciones de distinto signo político, que sólo se han preocupado por el impacto económico que puede tener en los sistemas de seguridad social, pero no han llevado adelante políticas públicas que aseguren que el aumento en la expectativa de vida se vea acompañado por las condiciones de dignidad que toda persona merece.

Las residencias para personas que han perdido su autonomía no forman parte de un sistema de salud integrado y de responsabilidad pública, sino que se ha permitido y alentado que sean un negocio en el que se lucra con el dolor de personas que, muchas veces, ni siquiera están en condiciones de entender qué les pasa o comprender por qué se las trata tan mal. Personas que no se quejan y que, si lo hacen, no son atendidas.
Y tampoco se cuida ni se protege a las personas que las cuidan, porque no se le da a la vida el valor que la vida tiene.

Y un día llega un virus que nadie esperaba y todos nos sentimos sorprendidos…


(*) Hecatombe, la palabra utilizada por Le Monde para categorizar la situación de Montréal, era el sacrificio de 100 bueyes que los antiguos griegos realizaban para aplacar a los dioses en ocasiones en las que se vivía un mal terrible cuyo origen no podían comprender. Hoy, en muchas de nuestras sociedades, se vive una hecatombe de personas inocentes sin que estemos tratando de aplacar a ningún dios.

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