El gol del terremoto, las águilas de cola blanca y la oportunidad de escucharnos

Fue un gol para la historia y ocurrió un 5 de abril de 1992 a los 11 minutos del segundo tiempo: una tarde de domingo con sol tibio y fútbol a raudales.

Fue un gol para la historia porque fue en un clásico, porque cortó una racha de 16 años en los que Gimnasia de La Plata no lograba un triunfo como visitante en cancha de Estudiantes, y porque fue la primera vez que un sismógrafo registraba el sacudón de la tierra que se produce cuando el público delirante estalla en las tribunas de un estado deportivo.

El autor de aquel gol que aún se recuerda como “el gol del terremoto” fue José Batlle Perdomo, un jugador uruguayo que había llegado al club argentino un año antes ,y que ejecutó un tiro libre desde 35 metros, sorprendiendo a Marcelo Yorno, el golero de Estudiantes, que nada pudo hacer cuando la pelota ingresó como un bólido junto al palo derecho.

Había nacido una leyenda que luego, como corresponde, fue exagerada de mil formas y que aún se sigue celebrando.

Con el paso del tiempo, sin embargo, con la aparición de sismógrafos mucho más sensibles y con espectáculos deportivos y musicales crecientemente multitudinarios y ruidosos, que los institutos encargados de dar cuenta de los movimientos telúricos registren también esa clase de eventos, se ha transformado en una rutina.

Ha sucedido recientemente en el Camp Nou, con el agónico 6º gol del Barcelona al PSG en una final de la Champions League (aunque en este caso, con un observatorio geofísico a 500 metros del estadio era imposible que aquel delirio no enloqueciera a los sismógrafos), y ha sucedido, por ejemplo, en conciertos de los Rolling Stones en América Latina.

Pero si estamos recordando esto hoy, no es sólo para ejercer nuestro derecho a la nostalgia en un momento en que el deporte como espectáculo omnipresente y omnívoro ha estado por casi dos meses ausente de nuestras vidas, sino para relacionarlo, por extraño que pueda parecer, con el avistamiento, en el sur de Inglaterra, de un águila de cola blanca, un animal que no se había dejado ver por allí desde hace la friolera de 240 años.

Un águila blanca que sobrevuela los acantilados de Dover, un territorio que durante cientos de miles de años fue suyo. Delfines que se atreven a internarse en el agua todavía no del todo pura de los canales de Venecia. Un erizo una tarde de primavera en el fondo de casa. Cabras de montaña y jabalíes en las calles de Albacete, en España. Patos silvestres aireando sus plumas despreocupadamente en la Fuente de Trevi en una Roma malherida y confinada. Zorros merodeando en las calles del centro de Bogotá, o bandadas de monos hambrientos en busca de turistas en Tailandia, son fenómenos que en estos tiempos de coronavirus nos asombran y que se deben a una multitud de causas, todas ellas ligadas a nuestra semidesaparición de los lugares que ocupamos y poluímos habitualmente.

Y uno de los factores que en general no tenemos en cuenta pero que afecta muchísimo a la vida silvestre que se aleja de nosotros siempre que le es posible, es la polución sonora. El ruido tremendo que producimos y que para zorros, cabras, delfines, águilas o patos debe ser, no sólo amenazador sino además insufrible.

Han informado en estos días los científicos que trabajan en institutos geofísicos y en estaciones de observación sísmica, que desde hace un mes el planeta se escucha de otra manera. Se lo oye mejor.

Que ahora que no existe el rumor sordo del incesante trajinar de neumáticos en cientos de miles de calles y autopistas, y ahora que no hay martillos neumáticos horadando el suelo en miles de lugares de cualquiera de nuestras ciudades en cualquier momento del día e incluso de la noche, y ahora que no explota dinamita en minas o carreteras en construcción, y ahora que en varios sitios del globo se ha experimentado un virtual y bienvenido alto al fuego entre facciones beligerantes, y ahora que no se registran los pequeños terremotos de los aplausos, los saltos y los gritos de decenas de miles de personas que sienten que un espectáculo no es suficientemente excitante si no lo amenizan con algún aullido propio, los delicados aparatos que se dedican a auscultar lo que sucede en las entrañas del planeta, lo escuchan mejor.

Que haya tenido que aparecer un nuevo virus que nos amenaza a todos de un modo que hasta ahora nadie entre nosotros había experimentado antes para que hagamos silencio por un momento o por algunas semanas, es sintomático de cierta carencia y de excesos que nos parecen, usualmente, partes inseparables de la vida. Cosas necesarias, que, bien miradas, no lo son tanto.

Ante la constatación de que hasta para divertirnos somos capaces de hacer temblar la tierra yante esta nueva comprobación de que la naturaleza misma interpreta nuestro silencio como una bendición, cabe que nos preguntemos:

¿No podría estar ocurriendo que en medio de este momentáneo silencio del confinamiento tengamos la oportunidad de escucharnos mejor a nosotros mismos?

¿No podríamos aprovechar esta circunstancial ausencia de bullicio y productividad descontrolada para entender mejor lo que sucede dentro nuestro y para bucear en las entrañas mismas de nuestro ya suficientemente ensordecido y lastimado yo?

Ojalá que así fuera, porque quizás lo merecemos.